Algo que contar
Descender de una chabola
«En Madrid se desciende de la chabola como el hombre desciende del mono».
Andrés Trapiello
Lo mejor de Madrid es lo que tiene de cualquier otro sitio. Comparada con otras ciudades (Sevilla o Barcelona, sin ir más lejos), lo más ... llamativo de su carácter es su falta de carácter. «El mundo es un Bilbao más grande», dijo Unamuno, y eso cabría afirmarlo de Madrid también. Con su secreto (no hay ciudad sin el suyo), que está a la vista de todos. Lo ha dicho uno alguna vez a propósito de esta ciudad maravillosa: la suerte de la fea, la guapa la desea.
En Madrid tienen lugar muchos actos, conciertos, eventos, desfiles, conferencias. A unos llegamos y a otros no. De algunos se entera uno transcurridos los años. Cuántos lugares singulares (tal taberna, tal cine, tal mítico comercio) han desaparecido sin haber llegado nosotros a conocerlos por nuestra pereza o desidia. Y lo mismo diríamos de libros, cuadros y tantas otras cosas.
Afortunadamente a algunas de ellas llega uno por los pelos. Así ha ocurrido con la exposición Madrid en construcción, 1940-1985.
También podría hacerse una parecida en todas las ciudades de España, porque desde que existen fotografías y tarjetas postales no es difícil documentar los cambios. La expo era de fotos. Y en blanco y negro, claro: la memoria da mejor en blanco y negro que en color.
No sé por qué los comisarios pusieron como cierre el año 1985, pero es fácil imaginar por qué eligieron 1940: fue el primero en paz después de los tres de la Guerra Civil. La palabra 'paz' ha de emplearse aquí, no obstante, con toda clase de reservas, porque aún había en esa fecha casi trescientos mil republicanos en las cárceles. Tan cierto como que también había millones de españoles (todos los del bando que la ganó y la mitad del que la había perdido) que estaban celebrando aún que la guerra se hubiera terminado.
Si Madrid se parece tanto a tantas ciudades, hay algo que la hace única, especial: fue la que más sufrió la devastación de los bombardeos de los sublevados y la vesania de la Revolución, puestos de acuerdo hunos y otros en acabar con ella. Esto exigió luego, a partir de 1940, una reconstrucción de proporciones colosales: barriadas enteras que había que desescombrar, demoliciones sin cuento, cráteres que colmatar, calles que adoquinar, monumentos que reconstruir...
La exposición se centraba casi exclusivamente en la arquitectura y el urbanismo.
Estaba concurridísima, casi no se podía ver. La gente reconocía entusiasmada los vestigios y comparaba los antes y después. Como la mayor parte era de pequeño formato, las fotos invitaban a acercarse para apreciar los detalles.
Y esto sucedió frente a uno de esos que Walter Benjamin llamó «documentos de barbarie». En la foto se veía, en primer plano, un mar de chabolas miserables y Madrid al fondo. Casi cien mil personas vivían en ellas en 1940, llegadas a la ciudad de todos los rincones de España, unas para ponerse a salvo de la represión en el anonimato, y todas huyendo de una miseria aún mayor.
Miraban esa foto en silencio un hombre de ochenta años o más y una chica de unos veinte. Sus cabezas estaban casi juntas. El viejo no pudo reprimir la sorpresa: «¡Anda, en una de esas vivieron mis padres!». Pensé que serían abuelo y nieta. Pero no. La cara del hombre se iluminó de emoción. No hubo en su espontaneidad queja, amargura ni resentimiento. Sólo reconocimiento y asombro, o eso me pareció. La chica, abrumada por la revelación, se despidió precipitada, dulce, tímidamente.
Y a uno, que va buscando las novelas de la vida, le habría gustado preguntarle algo a aquel anciano. ¿Pero cómo se preguntan las cosas que más importan?
Cada cual siguió viendo la expo por su cuenta, como la mayoría allí. La gente estaba disfrutando con lo que veía, admirada de venir de tanta ruina.
El pasado que a algunos había hecho tan desdichados, parecía, de pronto, hacer felices a los demás, conocieran o no la causa: el estar recordándolo juntos sin distinción de clases sociales, bandos o edad, y dando por hecho que en Madrid se desciende de la corrala o de la chabola como el hombre desciende del mono. Su secreto. El de Madrid y el nuestro. A la vista de todos.