Los escándalos de las hermanas Mitford, las 'Kardashian' del siglo XX
Eran excéntricas, atractivas y rompedoras. Inventaron modas, fueron a la cárcel por nazis, se codearon con Hitler y con Churchill (de quien eran sobrinas), escribieron libros de éxito y reinaron en la alta sociedad. Las recordamos cuando se cumplen 30 años de la muerte de Jessica, 'la Mitford comunista'.
Jessica se había fugado con un sobrino de Churchill a combatir en el bando republicano en España. La familia movió sus hilos y sacó del ... país a la pareja de jovencitos. Los padres de Jessica Mitford, lord y lady Redesdale, estaban acostumbrados a las 'travesuras' de sus hijas...
Excéntricas, atrevidas, guapas, elegantes, rompedoras, famosas, ricas, rebeldes e influyentes, las hermanas Mitford son una de las sagas más glamurosas y paradójicas de la aristocracia británica. Nancy fue escritora de éxito, elegante, chic e incisiva cronista de la clase alta inglesa. Unity, una nazi convencida, enamorada de Hitler: cuando estalló la guerra se pegó un tiro en la sien, que no la mató, y el führer en persona se encargó de que su familia se reuniera con ella en Suiza. Diana, dueña de una belleza explosiva, también de ideología extrema, se casó primero con el dueño de las cervezas Guinness y después con Oswald Mosley, el líder de los fascistas británicos. Jessica, comunista, activista en favor de los derechos de los negros en Estados Unidos y simpatizante de los republicanos en la Guerra Civil española. Deborah, duquesa de Devonshire, patricia, elegante y rica, la dueña de una de las casas más espectaculares de Europa, el castillo de Chatsworth, el Versalles inglés.
Hay otra hermana, Pamela, que también fue excéntrica (era una Mitford), pero no se enredó en política, se convirtió en una auténtica dama rural británica rodeada de perros y caballos. Y había también un chico, Tom, pero murió durante la Segunda Guerra Mundial.
Las Mitford eran tan imprevisibles y diferentes que su madre, lady Redesdale, guardaba entre sus papeles pertenencias tan disímiles como un opúsculo acusatorio contra su yerno comunista, la invitación a la coronación de Jorge VI o un pase de la cárcel de Holloway para visitar a Diana cuando estuvo presa por nazi.
Las Mitford se entregaron de manera apasionada a sus ideales, se codearon con las élites del momento. Somerset Maugham, Evelyn Waugh, Wallis Simpson, el matrimonio Goebbels, Kathleen Kennedy, sus tíos Churchill y Bertrand Russell, el modisto Pierre Cardin, la actriz Jeanne Moreau... fueron algunas de las personas de su entorno. Tuvieron, además, un toque entre chic y loco, un punto especial de excentricidad aristocrática, que aprendieron desde niñas.
Eran nietas de lord Redesdale, un noble de rancio abolengo que fue un experto conocedor de China y Japón. Tradujo varios textos orientales y escribió los Cuentos de Japón, que tanto admiraron Robert Louis Stevenson y Dante Gabriel Rossetti.
Diana y su marido, el líder de los fascistas británicos, estuvieron encarcelados varios años. Unity se enamoró de Hitler, coqueteó con él y se pegó un tiro en la sien
El abuelo materno era menos noble, pero más rico. Thomas Gibson Bowles fue el fundador de las revistas Vanity Fair y The Lady, y diputado del partido conservador. Los padres de las Mitford fueron David, un hombre de vocación militar y temperamento explosivo al que le tocó vivir el ocaso del esplendor económico de los de su casta, y Sidney, un bellezón a quien rondó en la pubertad Lewis Carroll.
Los Redesdale educaron a las chicas en casa, con institutrices (ninguna consiguió una titulación oficial), y a Tom, el único varón, en Eton. Era más importante hablar francés, montar a caballo y tocar el piano para lograr la meta fijada para ellas: casarse con un buen partido, a ser posible con rentas y título. Solo Deborah, la pequeña, logró el objetivo.
La educación de las Mitford fue británicamente rigurosa –era pecado, por ejemplo, leer una novela antes de comer– y británicamente peculiar: tenían un zoo dentro de casa y, cuando se mudaron a una mansión en el campo, iban tranquilamente a la misa dominical acompañados de su cabra doméstica. Las chicas se criaron sin compañeras de colegio, así que desarrollaron una manera original de entretenerse: inventaron un lenguaje particular, el bouledidge, para comunicarse entre ellas. Idearon términos que luego Nancy expandió en sus textos periodísticos y novelísticos.
Sus comentarios incisivos hicieron de Nancy una estrella en la entonces incipiente prensa femenina, en la que escribió artículos sobre las costumbres, gustos y sombras de la aristocracia.
No fueron al colegio, pero no se puede decir que no hicieran carrera: Diana, Nancy, Jessica y Deborah han publicado libros de éxito. La temperamental ideología de Unity, Jessica y Diana fue alimento periodístico habitual. Eran diferentes entre sí y diferentes del resto. Sus vidas, por separado y en conjunto, son una novela entretenida y divertida digna de Evelyn Waugh, el mentor literario e íntimo amigo de Nancy. Son vidas propias también de una novela de Nancy, como Trifulca a la vista.
Diana, la fascista guapa
Se casó muy joven con Bryan Guinness, heredero de la industria cervecera, aunque tuvo que vencer las reticencias de lady Resdedale, a quien el chico le parecía «demasiado rico».
Tuvo dos hijos, amuebló una casa preciosa y reinó en las fiestas más in. Pero en 1933 Diana abandonó a su marido por Oswald Mosley, el líder de los fascistas británicos. Se casaron en Alemania, en casa del matrimonio Goebbels, con Hitler como uno de los cinco invitados.
Durante tres años y medio, los Mosley fueron internados en prisión preventiva en Inglaterra por sus simpatías nazis. Al principio, la situación de Diana en la prisión de Holloway fue muy dura, luego su tío Winston Churchill abrió la mano y les permitieron compartir celda y ciertas comodidades, algo que sublevó a Jessica (la Mitford comunista), que vivía en Estados Unidos y fue a protestar ante Eleanor Roosevelt.
Jessica fue una articulista prestigiosa. Escribió libros de denuncia social, embriones del periodismo moderno de investigación. Y Woody Allen le dedicó un papel en 'Sueños de un seductor'
Diana vivió en un mundo refinado y nunca se desdijo de sus simpatías nazis –aunque sí las maquilló–. Cuando se mudó a París, se hizo muy amiga de Wallis Simpson. En sus memorias, Loved ones, aparecen celebridades de su época como Lytton Strachey, Dora Carrington y el hombre de su vida, el fascista Oswald Mosley. Diana y Oswald son los padres de Max Mosley, el que fuera presidente de la Federación Internacional de Automovilismo, que en 2008 protagonizó un escándalo cuando News of the World difundió un vídeo en el que aparecía disfrutando de una orgía sexual con parafernalia nazi.
Unity, loca por Hitler
Le pusieron Valkiria de segundo nombre porque su abuelo era íntimo amigo de Eva Wagner, la hija del compositor. A Unity el exceso y la provocación le atrajeron toda su vida: se burlaba de todo y tenía una tendencia irrefrenable a lo exagerado. Protagonizó sonoras salidas de tono como acudir a un baile de gala con su rata amaestrada cómodamente instalada en el hombro.
Por Hitler sintió una adulación histérica, rayana en la locura. Se instaló en Múnich en 1939 para conocerlo. Llenó su piso (confiscado a una familia judía) de banderas nazis y retratos de su adorado líder, y rondó durante semanas la Osteria Bavaria, donde Hitler acudía a comer, hasta que consiguió su propósito: ser admitida en el restringido grupo de elegidos que se trataban en persona con el líder nazi.
Al poco de estallar la guerra entre Gran Bretaña y Alemania, el 3 de septiembre de 1939, se pegó un tiro en la sien. No murió, pero le quedaron graves secuelas cerebrales de por vida. Se convirtió en una niña grande colérica, caprichosa y difícil. Falleció en 1948.
Pamela, la dama rural
Cuando la familia tomó el té con Hitler en Alemania en 1939, la campechana Pam se quedó tan fresca. Hitler le pareció un tipo vulgar, «un campesino vestido de caqui».
A Pam no le interesaba la política, prefería los perros, caballos y gallinas. Vivió con desahogo en su mansión de Rignell con una buena pensión de su marido, Derek Jackson, un hombre dado –cómo no– a los aspavientos y la desmesura: era muy rico, su padre era el fundador del periódico News of the World. Pam se divorció y se dedicó a la protección de los animales. Suena convencional, pero no lo fue. Era una Mitford: se casó vestida de negro riguroso y fue abiertamente atea y bisexual.
Jessica, la comunista peleona
Con 19 años se fugó con Esmond Romilly, un sobrino revolucionario de Winston Churchill y primo suyo. La familia logró sacar a los jovenzuelos de España, en plena Guerra Civil, con la intervención directa de Anthony Eden, ministro de Asuntos Exteriores.
Los tórtolos revolucionarios se casaron estando Jessica embarazada. Su hija, Constancia, nació en 1941 y se llamó así en honor de la española Constancia de la Mora. Esmond y Jessica se marcharon a Estados Unidos. Él desapareció en la guerra durante un ataque aéreo a Hamburgo.
Jessica se quedó sola, con un bebé, sin dinero, en un apartamento de un barrio obrero de San Francisco. Pero salió adelante. Se casó con Bob Treuhaft, un abogado defensor de los desfavorecidos. Se embarcó en mil batallas, denuncias y protestas. Fue una militante comunista entusiasta y extravagante: jamás trató a sus hijos como niños y, cuando la vida la golpeó duro (su hijo Nicholas murió atropellado a los 10 años), se comportó con la frialdad y serenidad de una aristócrata enseñada a no mostrar su dolor.
Además de su autobiografía (Hons and rebels), escribió varios libros de denuncia, como The american way of death, que fueron embriones del periodismo moderno de investigación. Jessica llegó a ser una articulista y conferenciante prestigiosa y bien pagada. También tuvo una leve experiencia como actriz. Woody Allen escribió un papel para ella en Sueños de un seductor: hacía de sí misma. Luego, en el montaje, su parte se cortó. Pero obtuvo con creces sus galones como celebrity: fue amiga de Doris Lessing; una jovencita Hillary Rodham se interesó en militar en algunas de sus protestas sociales; y la escritora J. K. Rowling ha confesado que llamó Jessica a su hija en honor de esta Mitford peleona y comprometida. Jessica murió en 1996, hace 30 años.
Nancy, la novelista mundana
De siempre le gustaron los duelos verbales ingeniosos, los juegos mentales, las conversaciones con bromas y chispa y las críticas incisivas. En esas artes fue una campeona. Su apariencia, sin embargo, era la de una mujer frívola: era muy elegante, fiel a Hubert de Givenchy y Dior cuando vivió en París. Nancy Mitford era muy divertida si estaba de buen humor y muy hiriente cuando le afloraban las malas pulgas.
Gozó del éxito social y profesional, sus libros la convirtieron en una escritora célebre y rica. Pero fue desgraciada en el amor. Estuvo casada con el caradura Peter Rodd, un vividor inútil, y estuvo enamorada perdidamente de Gaston Pawlesky, un francés sofisticado, culto y donjuán que era hombre de confianza del general De Gaulle. Vivieron un romance durante años, pero él siempre fue esquivo y ella disimuló su dolor tras una máscara de frivolidad.
Nancy hizo unos retratos divertidos y agudos del mundo de la aristocracia: en sus novelas (A la caza del amor, Amor en clima frío, No se lo digas a Alfred) y en sus crónicas periodísticas; una de ellas, publicada en The Encounter, se convirtió en un manual de modales de la clase alta y pasó al formato libro con el título de Nobleza obliga.
De joven fue muy rebelde. Se hizo amiga de los Bright Young People, una tropa de jóvenes de clase media, rebeldes, ocurrentes, creativos, muchos de ellos homosexuales. Pero en la madurez se sintió muy atraída por lo tradicional y el refinamiento. Vivió muchos años en Francia, donde disfrutó de suntuosos castillos al lado de un grupo de ancianas princesas y condesas. A Francia la llevó su amor por Gaston Palewski, el político, dandi y libertino que la hechizó e hizo sufrir con sus constantes devaneos con otras mujeres.
Deborah era cuñada de Kathleen Kennedy y duquesa de Devonshire. Pamela, bisexual y atea, se retiró al campo. Diana fue novelista de éxito, Evelyn Waugh fue su mentor
Murió en 1973 con su anhelada Medalla de Caballero de la Legión de Honor, que no cejó hasta conseguir que se la otorgaran, prendida en el pecho por su adorado Pawleski. También recibió la Gran Cruz del Imperio británico. A su lecho acudieron sus hermanas (Jessica y Unity llevaban 36 años sin tratarse). Con Deborah pasó una tarde muy agradable –contó Nancy en una carta– porque «estuvimos riéndonos a carcajadas hablando sobre mi testamento».
Antes de morir, le confesó a su gran amigo Harold Acton: «Lo que más siento es no haber participado en una batalla».
Deborah, la perfecta duquesa
Se casó en 1941 con lord Andrew Cavendish, segundo hijo del undécimo duque de Devonshire. Ingresó así en una de las familias más ricas, poderosas y nobles de Gran Bretaña. Lord Andrew heredó el ducado de Devonshire cuando William, su hermano mayor, murió en la Segunda Guerra Mundial. William se había casado con Kathleen Kennedy, hermana del que luego fuera presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy. Los Kennedy se opusieron con toda su energía a ese enlace y no fueron a la boda porque el novio no era católico.
Deborah se convirtió a los 30 años en la señora de una de las mansiones más espectaculares del mundo, el castillo de Chatsworth. Pero estaba casi en ruinas.
Con astucia y miras de futuro, Deborah lo restauró convirtiéndolo en una empresa que se autofinancia. Lo pueden visitar los turistas, se celebran eventos...
También ella ha escrito libros: sus memorias, tituladas ¡Esperadme! (su grito habitual de hermana pequeña), y volúmenes ilustrados sobre Chatsworth, sus jardines, su repostería...
Por supuesto, Deborah se ha movido en el Gotha social y cultural de su tiempo: entre sus buenos amigos estaba Lucien Freud. Es la abuela de la top model Stella Tennant.
Ella fue la última en morir, en 2014. A su funeral acudieron la crème de la crème y los príncipes de Gales.