El drama de la ballena Timmy... y el 'infierno' de los millonarios que intentaron salvarla
Un cetáceo enfermo varó en la costa de Alemania y desató un drama nacional. Los científicos aconsejaron la eutanasia, pero la presión pública llevó a las autoridades a autorizar un intento de rescate financiado por dos ricos con complejo de dios. Esta es la historia de un fracaso lleno de errores y buenas intenciones.
Walter Gunz, uno de los hombres más ricos de Alemania, espera en la parada de autobús a orillas del lago Tegernsee, en Baviera. A su ... lado está Bakki, su galgo, un animal silencioso. Luego camina hacia su Lancia oxidado, mete la marcha y conduce hasta llegar a su casa de madera con vistas a la montaña.
Durante el trayecto en coche, Gunz habla de LSD, de dinero y de muerte. También menciona que una vez rescató una lombriz. Es el cofundador de la empresa MediaMarkt y el creador de uno de los eslóganes publicitarios más famosos de Europa: «Yo no soy tonto».
Durante años, no se había sabido nada de Walter Gunz. Pero entonces apareció la ballena y el hombre de MediaMarkt quiso ayudar. «Si puedes viajar a la Luna, ¿por qué no puedes salvar a una ballena?», dijo el millonario.
El primer varamiento de la ballena jorobada se produjo el 3 de marzo en un banco de arena en Timmendorfer Strand, en la costa báltica alemana. Inspirados por el lugar, los medios empezaron a llamarla «Timmy».
Los primeros equipos de rescate, autorizados por el gobierno del estado federado de Mecklenburg-Vorpommern, consiguieron devolverla a flote, pero una y otra vez acababa atascada en aguas poco profundas.
El cetáceo encalló hasta cuatro veces en un mes. Fue esta prolongación de su drama lo que convirtió a Timmy en el centro de atención de millones de alemanes durante semanas.
A mediados de abril, con la ballena definitivamente encallada en la isla de Poel se suspendieron las operaciones de rescate por parte de las autoridades y se habló, incluso, de la posibilidad de aplicar una eutanasia.
El público germano, sin embargo, no estaba listo para dejar ir a Timmy y se enfureció con los expertos. El gobierno local reculó, en parte, ante las críticas y permitió al menos que prosiguiera un plan de rescate amateur, financiado por dos millonarios.
Gunz, uno de los magnates interesados en ayudar, quería liberar al animal y parecía que la mitad de Alemania anhelaba lo mismo. Por esas fechas, la empresaria berlinesa Karin Walter-Mommert también se sumó entonces a la causa.
El cofundador de MediaMarkt es un hombre que habla con perros, pájaros, lombrices, mariposas... «Fue la maldición de una buena acción», dice ahora Gunz sobre la operación de rescate. Le da vueltas al asunto día y noche.
Durante la conversación que tenemos con él, Gunz se disculpa explicando que tiene que rescatar una araña saltarina del lavabo. La lleva con cuidado en un vaso al jardín.
De niño, cuenta, solía estar enfermo. Su madre lo llevó a un curandero y dice que desde entonces cree mucho más en el misticismo que en los médicos. Tampoco confía en los expertos acerca de la ballena. Él los llama «los hombres grises».
Gunz habla despacio, con voz errática, con los ojos cerrados y, de repente, con claridad. Cita a Goethe, Rumi, Ibn Arabi y Francisco de Asís. Habla de devoción. «Quien nunca duda tiene una fe infantil», dice. Incluso el incidente con la ballena le hizo dudar de su fe. Rezó mucho, cuenta Gunz, pero sus oraciones no fueron escuchadas. La ballena, según Gunz, está ahora en el paraíso de las ballenas.
Cuando oyó hablar del drama de Timmy, Gunz quiso ayudar. Por amor, dice. Pero lo que comenzó como una buena acción degeneró en un caos donde las buenas acciones pierden su inocencia.
Medios de comunicación, autoridades, expertos, políticos, grupos de Telegram, curiosos... todos opinaban. Todos juzgaban. Todos tenían una predicción. Gunz habla de trámites interminables, de burocracia, de enormes cantidades de tiempo y energía desperdiciadas. Recibió cinco mil mensajes en tres semanas.
«Fue un infierno», admite. La avalancha lo abrumó. Hace dos semanas, Gunz sufrió un accidente de coche y todavía se está recuperando. El millonario nunca llegó a ver a la ballena. Explica que no puede volar por culpa de su perro. Así que siguió las operaciones desde su teléfono.
Una de sus iniciativas fue llamar al gurú peruano Sergio Bambarén, autor del superventas El delfín, habitual conferenciante de charlas motivacionales y residente en Tenerife. Al poco de llegar, Bambarén vadeó el lodo con un tubo de esnórquel hasta quedar ante la ballena, sumergió la cabeza y comenzó a cantarle. Asegura que en una ocasión permaneció tres horas junto a Timmy, con una temperatura de cinco grados bajo cero por la noche.
Este ingeniero químico, que dejó su carrera tras un ataque de pánico, se define como un hombre de mar y es uno de los colaboradores más singulares de la operación de rescate de Timmy.
Durante semanas, la atención mediática sobre el cetáceo atrajo a personas que difícilmente se hubieran conocido en otras circunstancias: influencers y rescatadores de animales, tiktokers y esoteristas, activistas... Todos parecían ver en la ballena lo que era importante para cada uno.
Bambarén siente que tuvo una conexión profunda con Timmy. «Ella supo desde el principio que estábamos intentando ayudarla –explica–, sabía que no estaba sola. Y quería vivir».
Los medios alemanes lo han apodado «el susurrador de ballenas». Dice que ha recibido mensajes de Polonia, Rusia y Lituania de gente que le ha dado las gracias. Es una de esas personas que no creen en las coincidencias. De hecho, hace comillas con los dedos cada vez que pronuncia la palabra: «¡Coincidencias!».
Bambarén cuenta que cuando el inmenso mamífero yacía en las marismas de la isla alemana de Poel le cantaba canciones tristes y alegres. «No te preocupes, todo va a estar bien», le susurraba.
Otra protagonista clave en el intento de rescate frustrado de la ballena Timmy es Karin Walter-Mommert. Tiene 85 años y es una mujer de acción. Ella y su esposo dirigen dos criaderos de caballos en Schleswig-Holstein y Brandeburgo. Karin ha ganado más de 200 carreras y afirma estar orgullosa de no haber usado jamás una fusta. Forbes estima la fortuna familiar en unos 1500 millones de euros.
Karin Walter-Mommert oyó hablar de la ballena a través de la transmisión en vivo de News5. La historia la conmovió profundamente: un animal a la deriva, una criatura que necesitaba ayuda.
El mar Báltico es un hábitat difícil para las ballenas jorobadas, sobre todo porque sus aguas no son tan saladas como las del océano Atlántico, y la baja salinidad afecta a su flotabilidad y va dañando su piel
La relación entre Gunz y Walter-Mommert sigue siendo enigmática. Nunca se conocieron. Se enviaban mensajes de voz y tomaban decisiones a distancia. En algún momento, Karine asumió la dirección operativa. Gunz parece incluso haberse sentido aliviado por ello.
Karin solicitó ayuda de todo el mundo, trajo a un experto de Hawái, coordinó la logística y encargó planes de rescate. Las consideraciones económicas –los medios alemanes hablan de un coste superior a 1,5 millones de euros– eran secundarias. A finales de abril, todo estaba listo para iniciar la operación de rescate en Timmendorfer Strand.
El plan de Walter-Mommert era trasladar al animal hasta Stavanger (suroeste de Noruega) –unas 450 millas náuticas (833 km)–, pensando en que allí le resultaría más fácil reunirse con sus congéneres, ya fueran camino del Ártico o del Atlántico.
El operativo estaba formado por tres barcos con sus capitanes y tripulaciones, las veterinarias Kirsten Tönnies y Anne Herrschaft, además de Jeffrey Foster, conocido por la reintroducción de la orca Keiko de la película Liberad a Willy.
Con un arnés hecho con mangueras de bomberos, a modo de cinchas anchas y flexibles, los rescatistas arrastraron al debilitado animal de unas 12 toneladas de peso y más de 12 metros de largo al interior de una barcaza capaz de inundarse parcialmente, para subir o bajar la carga, y remolcarla desde el Báltico hasta mar abierto.
«Se notaba que la ballena estaba angustiada», escribió Jeffrey Foster más tarde.
Mientras tanto, los dos multimillonarios daban indicaciones por el móvil, uno en Berlín, el otro en Tegernsee, pero en la escena del salvamento no había nadie identificado como «jefe del rescate». Todos estaban abrumados. Todos hablaban a la vez. Se daban instrucciones, pero se ignoraban.
«Había muchísima gente, pero nadie tenía un plan, nadie estaba al mando –señala Kirsten Tönnies–. Y fue así hasta el final».
En la mañana del 2 de mayo, de repente, con la expedición a mitad de camino de su objetivo en Noruega, Walter-Mommert recibió la noticia de que Timmy había sido liberada frente a la costa de Skagen, en el extremo norte de Dinamarca. La millonaria criadora de caballos estaba en su casa cuando recibió un mensaje por WhatsApp informándola de que el animal ya no estaba en el barco. Intentó comunicarse con el capitán de la barcaza, en vano. Estaba furiosa. Tenía preguntas. ¿Quién dio la orden de liberarla? ¿Dónde estaban los veterinarios?
Bambarén fue uno de los testigos de la liberación de Timmy. Asegura que cuando fue finalmente liberado, el animal nadó de regreso hacia la embarcación donde se hallaba. Bandadas de gaviotas sobrevolaban la zona y, entonces, Timmy volvió a lanzar chorros de agua al aire. Bambarén lo filmó. «Era como si quisiera decir: '¡Gracias, adiós!'».
Durante los dos días siguientes no hubo señales de Timmy. Luego, un rastreador adherido a su cuerpo empezó a transmitir datos que mostraban que había realizado varias inmersiones profundas, incluida una a casi 150 metros. Recorrió 240 kilómetros en los cinco días siguientes. Al séptimo día, el rastreador enmudeció.
El cadáver de Timmy apareció diez días después, el 14 de mayo, frente a la costa de la isla danesa de Anholt, en la zona del estrecho de Kattegat, entre Dinamarca y Suecia. Es decir, había sido arrastrada por la corriente de vuelta hacia el Báltico.
El cuerpo mostraba descomposición avanzada, lo que indica que llevaba varios días muerta. La causa probable fue agotamiento extremo combinado con el grave deterioro físico derivado de haber pasado casi dos meses varada.
Cuando la ballena murió, a Bambarén le costó creer durante un tiempo que se tratara de Timmy. Todavía está furioso. Sentimiento similar al que se extendió por buena parte de Alemania, donde la noticia fue recibida como una demoledora tragedia nacional y el debate público se pobló de preguntas.
¿Se utilizó el barco adecuado? ¿Estaba preparada la tripulación? ¿Era ingenuo el plan? ¿Habría sobrevivido? ¿Fue liberada demasiado pronto, demasiado tarde, en el lugar equivocado?
Gunz dice que nadie sabe responder a esas preguntas. A él lo mantuvieron al margen de la parte operativa, pero afirma que lo volvería a hacer, que no se arrepiente de nada.
Un abogado de la compañía naviera propietaria de la barcaza afirma que la ubicación y las circunstancias del éxodo fueron determinadas por la iniciativa privada; que no hubo ninguna acción no autorizada ni secreta por parte de la tripulación y que sus clientes sabían desde el principio que transportar a Timmy hasta el mar del Norte era algo impensable, ya que la barcaza en cuestión no estaba certificada para navegar por esas aguas abiertas.
Walter Gunz afirma a su vez que si la barcaza no era apta para navegar, su propietaria no debería haber aceptado el encargo. Walter-Mommert, por su parte, enfatiza que siempre tuvo claro que haría todo lo posible por salvar a la ballena. «Ojalá nadie nos hubiera arrebatado el control el 2 de mayo».
¿Quién es el responsable de la muerte de Timmy? Esa es la pregunta que ahora está en juego. Y es muy probable que termine en los tribunales.
En la playa de Anholt, donde todavía reposa Timmy y donde le fue realizada la autopsia, un grupo de operarios se esmera en desmantelar el cadáver de la ballena jorobada mientras unos niños corren por la orilla preguntando a los investigadores: «¿Ya le han sacado el cerebro?».
Por primera vez en meses, la locura parece haber terminado. Ya nadie discute sobre quién está al mando. Nadie cuenta seguidores ni donaciones. El cetáceo muerto es, de repente, lo que siempre fue: un animal. Un cuerpo que puede usarse para explicar cómo funciona un corazón, cómo vive una ballena jorobada y por qué muere.
Y es que esta historia trata sobre una ballena, sí, pero en especial trata sobre personas. Personas de las que se podría decir: la ballena los tragó, los puso a prueba y los escupió.
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© Der Spiegel