Por Martín Berasategui
Jueves, 12 de octubre 2017, 08:00
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Sólo había estrenado una película y ya era un mito. Murió en un accidente de automóvil.
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El primer ministro británico Winston Churchill, ... de 91 años, entró en coma justo después de esta frase. Murió nueve días después.
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Una nefritis acabó con su vida en dos años. En ese periodo escribió 800 poemas hallados tras su muerte.
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No es una frase para pasar a la posteridad, pero fue la respuesta de John F. Kennedy, a la pregunta de la esposa del gobernador de Texas, que lo acompañaba en el coche oficial: «Señor presidente, no podrá decir que Dallas no lo quiere...».
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El escritor inglés, autor de Un mundo feliz, quiso terminar 'a lo grande' y le pidió a su mujer dos dosis de LSD
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El erudito santanderino murió rodeado de su familia... y de sus 40.000 libros.
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Levantó el teléfono, llamó a su madre, Juana, y justo después murió. Tenía 41 años y un cáncer de pulmón.
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Lewis Carroll, el autor de Alicia... lo vio venir y pidió que lo recostasen para descansar en paz. Murió de una neumonía.
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Una cornada de Islero mató a Manolete el 29 de agosto de 1947. Era el segundo miura que lidiaba esa tarde en la plaza de Linares y, al entrar a matar, lo empitonó en una pierna. Su último recuerdo fue para doña Angustias, su madre, a la que estaba tan unido que evitaba hacer nada que pudiera molestarla. Incluso morir corneado...
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Murió en su coche, alcanzado por 47 balas. Mientras agonizaba, le pidió a un periodista que inventase algo original.
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¿Quién querría morir solo pudiendo hacerlo junto a Lauren Bacall? El más duro sabía bien lo que se hacía.
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El Duce, capturado al final de la guerra, fue fusilado con su amante Clara Petacci. Temía que un fallo le hiciese sufrir.
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Un infarto lo fulminó en un rodaje nada más pronunciar esta frase. Fue enterrado con su característica capa negra.
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Murió estrangulada al enredarse su fular en la rueda del Bugatti donde viajaba. Lo dijo justo antes de subir al coche.
Debe de ser difícil decir algo original, ocurrente o divertido cuando un señor con una guadaña en la mano ronda tu puerta. Pero hay quienes, incluso en el último trance, lo logran.
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Por Martín Berasategui
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