La nueva era del campo
La nueva era del campo
La rueda, el arado, el tractor… ¿Siguiente revolución? Los robots. El campo tiene fama de mirar al pasado; en realidad, siempre ha sido una punta de lanza del progreso. Los agricultores son pioneros en el uso de drones, edición genética… Hay tanta tecnología en un bol de ensalada como en un rover que explore Marte.
La Unión Europea promueve la adopción de la agricultura de precisión, que conlleva la instalación de millones de sensores en los campos. Esta nueva era está impulsada, sobre todo, por soluciones basadas en la inteligencia artificial (IA).
Se espera que los robots agrícolas contribuyan a reducir el consumo de agua y optimizar recursos. Los agricultores se van a enfrentar a una avalancha de información nunca vista. El gran reto es que les sirva para tomar decisiones que significan, con frecuencia, la diferencia entre una cosecha buena o ruinosa.
Se calcula que el gasto mundial en robots agrícolas va a superar los doce mil millones de dólares en 2026, el triple que en 2020. Estas máquinas no son la panacea, pero los expertos creen que pueden ayudar a resolver problemas acuciantes. Uno es que muchas explotaciones están cerrando porque los costes aumentan y los ingresos se reducen. El campo tiene un problema de escasez de mano de obra en momentos puntuales, como la recolección. Pero también languidece por la falta de relevo generacional. En España, el 62 por ciento de los agricultores y ganaderos se jubilará antes de 2030.
La inversión en un tractor es uno de esos costes que endeudan al agricultor de por vida. Los tradicionales, que llegan a pesar treinta toneladas, compactan y erosionan el suelo. Los nuevos tractores modulares, autónomos y mucho más ligeros, utilizan la tecnología de los vehículos que se mueven por la superficie lunar y marciana y preservan el acolchado del terreno. Según la Agencia de Naciones Unidas para la Alimentación (FAO), el suelo se ha deteriorado tanto durante el último siglo debido al laboreo mecánico y al uso de productos químicos que la degradación afectará al 90 por ciento de los campos en 2050.
Es cierto que en los últimos setenta años los rendimientos de los cultivos en Europa y Estados Unidos se han triplicado, pero la potencia de los tractores se ha multiplicado por cuatro y el peso típico de una cosechadora ha aumentado casi diez veces. A medida que las máquinas son más grandes, también se vuelven más caras y consumen más diésel.
Desde la invasión de Ucrania (una potencia cerealista), la seguridad alimentaria está en juego. Una lección es la importancia de proteger los graneros del mundo. Las nuevas previsiones apuntan a que la población mundial tocará techo en 2065 y luego irá disminuyendo por la baja natalidad. Es difícil aumentar las tierras cultivables, así que hasta esa fecha habrá que aumentar un 60 por ciento el rendimiento de los campos actuales para alimentar a diez mil millones de bocas.
Una de las estrategias es la agricultura vertical, que implica que las ciudades también produzcan alimentos. En el centro urbano de Róterdam (Holanda) se aprovechan edificios antiguos en desuso para cultivar en tres o más alturas: un techo de paneles solares, uno o varios huertos hidropónicos (sin suelo) y una piscifactoría en la planta baja que alimenta de agua y nitratos (los excrementos de los peces) a las hortalizas que se venden en los supermercados locales.
Además, robots voladores ya recolectan manzanas. Son drones dotados de un brazo mecánico que les permite agarrar la fruta, y de tecnología lídar (pulsos de láser) para esquivar las ramas. La empresa israelí que los fabrica señala que el 10 por ciento de las frutas de todo el mundo se queda sin recoger por falta de jornaleros, el consumo anual de la Unión Europea.
En los invernaderos de Finlandia se utilizan abejas robóticas (enjambres de drones), una alternativa a la polinización tradicional, amenazada por la escasez mundial de abejas melíferas y abejorros, esenciales en el 75 por ciento de los cultivos destinados a la alimentación. En cuanto a los bichos 'malos', se esparcen feromonas sexuales sintéticas para confundir a los machos y evitar que se encuentren con las hembras. Y las trampas adhesivas ahora llevan incorporadas una cámara que toma fotos a intervalos y las sube a la nube para que la IA reconozca qué moscas, arañas o gusanos han sido capturados.
«El cambio climático está cambiando las reglas del juego», resume Anika Molesworth, científica especializada en agricultura sostenible. «Necesitamos adaptarnos a los nuevos patrones de lluvia y sequía; distribución de plagas y eventos climáticos extremos. Y la IA es una herramienta para lograrlo», añade la experta. Igual que hay superbacterias resistentes a los antibióticos, también hay malas hierbas inmunes a los fitosanitarios.
Una solución es 'electrocutarlas'. «El mundo necesita desesperadamente una alternativa a los agroquímicos», afirma Andrew Diprose, director general de Rootwave, que ha desarrollado un robot que elimina las malezas aplicando microcorrientes que destruyen las raíces.
La tecnología es bipolar y puede llevarnos a la utopía o al desastre. «El monitoreo de cultivos requiere entornos muy controlados, eso nos llevará a monocultivos y a la aplicación de más herbicidas y fungicidas para garantizar la uniformidad», advierte el especialista norteamericano Patrick Baur.
Más optimista es Thomas Daum, economista de la Universidad de Hohenheim (Alemania): «Los robots gobernados por el aprendizaje automático podrían funcionar mejor en sistemas biodiversos, porque pueden imitar el pensamiento flexible que los humanos usan para evaluar su entorno y tomar decisiones. Será difícil alcanzar un equilibrio entre la sostenibilidad y la creciente demanda de alimentos. Pero nos va la vida en ello».