Vivieron hace cientos o miles de años, pero, con las técnicas forenses de reconstrucción facial, sus rostros nos observan. Y resultan sorprendentemente familiares.
Han dejado de ser simples y anónimas calaveras. Ahora tienen rostro. Para obrar la 'magia', los arqueólogos de la Universidad escocesa de Aberdeen se han aliado con un antropólogo craneofacial, el australiano Chris Rynn.
El trabajo empieza por realizar una reconstrucción tridimensional del cráneo en formato digital. A partir de esta imagen, Rynn utiliza un método forense de aproximación facial para reconstruir, capa por capa, el rostro que una vez tuvo esa calavera. «Empiezo con los tejidos blandos y la musculatura, esculpida individualmente para cada cráneo», explica.
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1. ANÁLISIS DE LOS HUESOS: Primero se datan por radiocarbono y se realiza un análisis del ADN. Luego, gracias a la tomografía computarizada por rayos X, son capaces de reconstruir digitalmente los restos, aunque los cráneos no estén completos.
2. A MANO Y A MÁQUINA. Después arranca el proceso de recreación de tejidos y músculos. «Los músculos se esculpen en cera y después se escanean. Me muevo entre la escultura tradicional y la digital», explica el antropólogo forense Chris Rynn.
3. INMERSIÓN EN EL LUGAR. El ADN revela datos como el color del pelo y los ojos, y permite una aproximación a los rasgos que podía lucir la persona en vida. También la observación de la gente actual de la zona. «Las raíces históricas siguen presentes en esas caras», explica Rynn.
Y con los datos arrojados por el análisis de ADN, isótopos y radiocarbono reconstruye digitalmente el resto del rostro: ojos, nariz, boca… De este modo se ha recreado una serie de avatares de restos óseos encontrados en la localidad escocesa de Perth, que se exponen a partir del 30 de marzo en el museo de la localidad.
Entre ellos, un joven asesinado en esta ciudad en la Edad Media o una mujer de la Edad de Bronce que vivió hace cuatro mil años y que, dadas las lesiones presentes en su columna vertebral, debió de padecer intensos dolores de espalda.
También un guerrero celta que trabajó en la agricultura. De ellos nos separan cientos de años, pero sus rostros se parecen mucho a los actuales. «Ponles ropa moderna y nadie se inmutará si los ve por la calle», concluye el bioarqueólogo Marc Oxenham.
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