Los inesperados líderes de la rebelión contra la inteligencia artificial
Las protestas contra la construcción de gigantescos centros de datos en Estados Unidos son una rebelión contra la misma inteligencia artificial y sus consecuencias. Y unen a progresistas y conservadores. Incluso a votantes de Trump.
A los pocos meses de la construcción de un macrocentro de datos a 300 metros de su casa, en casa de Beverly y Jeff Morris ... dejó de salir agua por los grifos. El lavavajillas, la lavadora y el inodoro también dejaron de funcionar. Su hogar está en el condado de Newton (Georgia), donde en 2018 Meta (matriz de Facebook, WhatsApp e Instagram) levantó uno de sus data centers, los edificios donde se alojan los servidores que almacenan y procesan toda la información de Internet, las redes sociales y la inteligencia artificial.
Al investigar por qué la presión del agua se había reducido a un hilo, los Morris descubrieron una acumulación de sedimentos en sus tuberías, que los expertos atribuyeron al bombeo intensivo de agua subterránea hacia la instalación tecnológica. Durante años presentaron quejas al conglomerado de Mark Zuckerberg, e incluso recibieron visitas de los responsables de Meta, sin que nadie asumiese su responsabilidad. Los Morris tampoco querían embarcarse en una guerra contra la poderosa empresa tecnológica: habían llegado a Newton en 2016 tras jubilarse para disfrutar de «un rincón rural, tranquilo, rodeado de árboles y paz» y Meta había invertido en el condado millones de dólares, lo que convertía cualquier oposición en 'impopular'.
Pero en julio del año pasado The New York Times contó la historia de los desesperados Morris, porque ya entonces comenzaban a hacerse públicos los problemas relacionados con la construcción de los centros de datos. Y ha ido a más. Lo que parecía una batalla perdida contra los gigantes tecnológicos ha cambiado: ya no son solo unos pocos vecinos incómodos los que se rebelan. Y lo hacen en territorios políticamente diversos: de repente, los votantes de Donald Trump y los demócratas tienen un enemigo común.
Los centros de datos ocasionan problemas por su desproporcionado consumo energético, y a los habitantes de las zonas donde se instalan les preocupa lo obvio: que sus facturas de electricidad se vuelvan inasequibles por el aumento brutal de la demanda de esas moles y que sus pozos se sequen porque, en la era de la inteligencia artificial, el agua se ha vuelto tan importante como la electricidad. Las instalaciones bombean cantidades enormes de agua a las tuberías que recorren los edificios para enfriar los equipos de computación que hay en su interior.
Pero los centros de datos, además, son un símbolo, representan todo lo que aterra a la gente de la inteligencia artificial: la amenaza del desempleo a gran escala, la absoluta violación de la privacidad individual, la incontrolada manipulación de los menores, la difusión interesada de violencias sexuales de todo tipo... incluso el desafío existencial como seres humanos.
«La única cosa que crece a un ritmo más rápido que la IA es el rechazo a la IA. Prácticamente la mitad de los votantes americanos considera que es negativa»
Resulta que todos esos temas son muy preocupantes para los estadounidenses, al margen de la división partidista. Y concentran sus protestas en los centros de datos porque son más tangibles que el software de inteligencia artificial: alguien que se opone a la industria podría no ser capaz de evitar que Anthropic construya Claude, pero puede detener la construcción del edificio que lo hace posible presionando a las autoridades de su ciudad, explica The New York Times.
Un síntoma claro del malestar creciente contra la IA es que es lo único en que Steve Bannon, el ultraderechista que fuera jefe de estrategia de Trump, y Bernie Sanders, el senador demócrata más progresista, están de acuerdo. Ambos piensan que la IA es un desastre para la clase trabajadora. Primero, porque va a condenar al paro a muchos profesionales y, segundo, porque el supuesto empleo que esos centros de datos generarían en los lugares donde se ubican no es real: los hangares gigantescos con máquinas en su interior son gestionados, en su gran mayoría, por las propias máquinas. Apenas hay empleados humanos, y los que hay no suelen ser locales, sino expertos tecnológicos nómadas; los trabajadores locales apenas ocupan un centenar de puestos de seguridad y conserjería.
Mucho más que abucheos
Las ceremonias de graduación de este año en Estados Unidos se han hecho virales no por el lanzamiento de miles de birretes al aire, sino por los sonoros abucheos que han protagonizado los estudiantes ante cualquiera que osase mencionar la inteligencia artificial en sus discursos. Eric Schmidt, ex-CEO de Google y entusiasta profeta de la IA, se llevó la más sonada pitada en la Universidad de Arizona. Schmidt intentó aplacar a los estudiantes. «Sé lo que muchos de ustedes sienten. Los escucho. Hay miedo». No funcionó. Los silbidos continuaron.
Aunque Trump apoya radicalmente a los tecnócratas que desarrollan la IA y ha dinamitado cualquier posible control legal, la realidad puede acabar condicionando incluso las elecciones de medio mandato en noviembre. «La única cosa que crece a un ritmo más rápido que la IA es el rechazo a la IA. Prácticamente la mitad de los votantes americanos considera que es negativa», escribía The Wall Street Journal.
Las encuestas son claras. Según un reciente sondeo de Gallup, siete de cada diez estadounidenses se oponen a la construcción de centros de datos en sus comunidades. Lo que impide, por ahora, que se sigan levantando nuevos centros de datos por todo el país. En Utah se acaba de aprobar, pese a la oposición popular, un plan para crear en Box Elder uno de los centros de datos más grandes del mundo, un proyecto que abarca un área de más del doble del tamaño de Manhattan. Gastará más energía que todo lo que el estado de Utah consume actualmente, y absorberá una cantidad significativa de agua en una zona que sufre sequía severa.
Pero es difícil combatir contra las grandes tecnológicas porque el poder de sus billonarios dueños les permite saltarse casi cualquier ley y asegurarse la connivencia de muchos políticos locales. Elon Musk, por ejemplo, eligió Boxtown, en Memphis, para construir su Colossus, un 'colosal' centro de datos para su xAI. Pero con el fin de esquivar las protestas, el centro se construyó tan rápido que la mayoría de residentes (e incluso muchos de sus representantes electos) ignoraban lo que estaba sucediendo hasta que el proyecto estuvo en marcha.
Los malos de la película
Kassi Solberg, granjera de 43 años y madre de seis hijos, ni sabía lo que era un centro de datos hasta el 4 de enero de este año, cuando, en la página de Facebook del colegio de su hija de 8 años, otra madre convocó una reunión para hablar sobre «los centros de datos de IA que se van a construir aquí mismo».
Solberg no tardó en averiguar lo que aquello podía implicar para Broadview, un pueblo de140 habitantes a donde ella, su familia y sus animales habían llegado desde Idaho en noviembre, buscando la soledad y la libertad de Montana. Apenas unos meses después de su llegada descubría que en ese territorio la empresa de infraestructuras Quantica iba a construir un gigantesco centro de datos que ocupará 5100 acres. Traducido: 3800 campos de fútbol.
Cuando empezó a preguntar en su ayuntamiento, el alcalde y sus seguidores le dijeron que no había nada que ella pudiese hacer para evitarlo..., pero no midieron al rival: van camino de crear a la próxima Erin Brockovich, el personaje real que inspiró la película protagonizada por Julia Roberts sobre cómo una mujer sin aparente preparación, pero con carácter, destapó un grave escándalo de contaminación del agua y logró que la empresa responsable pagase una multimillonaria indemnización a los vecinos afectados.
Kassi Solberg no se ha amilanado ante las intimidaciones y ya empiezan a llamarla la Brockovich de la IA. «Cuentan con que seamos campesinos tontos y que retrocedamos –decía en mayo a The New York Times–, pero no vamos a hacerlo». El periódico lo resumía así: «Es posible que los Kassi Solberg del país no tengan el poder financiero y político o el arsenal legal necesarios para vencer a los proyectos de las empresas más poderosas del mundo. Pero tienen una lealtad feroz a su forma de vida y a su tierra».
Kassi Solberg, que vive en Yellowstone, podría ser la Erin Brockovich de la IA. «Cuentan con que seamos campesinos tontos y que retrocedamos», dice, «pero no vamos a retroceder»
Yellowstone, en este caso, es la palabra clave. Es el título de la serie de Taylor Sheridan que ha arrasado en medio mundo y fascina a los seguidores de Trump: volver a los valores americanos de toda la vida, a la conquista del oeste montando a caballo con un arma en la mano... El pueblo de Broadview pertenece al condado de Yellowstone y no hay serie de Sheridan en la que Quantica Infrastructures y las big tech que financian sus centros no sean el malo de la película y Solberg, su heroína.
En territorios más progresistas, como Monterrey (California), ya se ha votado a favor de una prohibición permanente a la construcción de data centers... con un 86 por ciento de los votos. Otras 67 ciudades han votado para que al menos haya aplazamientos. Pero es en territorios como Yellowstone donde la oposición a las grandes tecnológicas y, por extensión, a Trump podría marcar la diferencia. ¿Expresarán los votantes su malestar en las urnas?
Silicon Valley está despertando resentimiento y los expertos que lo notan han comenzado a estudiar tácticas sobre cómo vender mejor la IA. Hay debates sobre si sería efectivo diseñar los edificios con un aspecto más amable y no como búnkeres compactos sin una triste ventana. Pero también han empezado a hacer un esfuerzo para cambiar la narrativa en torno a la pérdida de empleo que generaría la IA. En 2023, poco después de lanzar ChatGPT, Sam Altman afirmó sin pudor: «Los trabajos van a desaparecer, y listo». Ahora dice que se equivocó y está contento de haberse equivocado sobre el 'apocalipsis laboral'. Pero si la industria tecnológica cree que con un simple cambio en el mensaje sofocará la reacción, parece que infravaloran el problema. Y es que no solo los valores de Montana están en juego, sino sus propiedades y, en consecuencia, su subsistencia.
Los Morris, que empezaron a tener sus problemas de suministro de agua con el centro de datos de Meta en 2018, han intentado vender su casa. Y no han podido. «El agente inmobiliario nos dijo: 'Solo hay alguien que podría estar interesado en comprar este terreno… y es Meta'».