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¿Cuándo 'cazafortunas' se volvió un elogio?

¿Cuándo 'cazafortunas' se volvió un elogio?

'Casarse bien' o 'hacia arriba' son solo dos eufemismos de un concepto sociológico —la hipergamia— que ha dejado de ser tabú. En las redes, en las series... Las nuevas 'cazafortunas' (de siempre) se enorgullecen de su riqueza y compiten entre ellas. ¿Fue alguna vez ciego el amor romántico?

«Es una verdad universalmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa». Lo escribió Jane Austen en 1813 al comienzo de Orgullo y prejuicio, una frase que puede oler a naftalina y, sin embargo, no ha perdido cierta vigencia.

En la época de Jane Austen, el matrimonio era una alianza forjada en el pragmatismo, no en el amor. La mujer no podía heredar ni tener propiedades; tampoco tomar decisiones sin el permiso del padre o el marido. Y mucho menos tener voz y voto en la vida pública. 'Casarse bien' (ese eufemismo) no era un capricho, sino la única salida prevista para una dama. Algunas, las menos, se revelaban contra este destino, razón por la que Emily Dickinson nunca salió de su casa y Jane Austen rechazó la propuesta que le habría dado seguridad económica. Elegir la soltería y la literatura (y, por lo tanto, la precariedad) siempre fue la excepción. Lo normal era buscar marido como quien busca empleo.

Con la Revolución Industrial las cosas comenzaron a cambiar. Las mujeres (algunas) empezaron a acceder a la educación, al trabajo, a cierta independencia económica. Y justo entonces apareció en el lenguaje popular un término despectivo: 'cazafortunas' (en inglés gold digger). La palabra se popularizó en 1919 gracias a una obra de teatro llamada The gold diggers, sobre coristas que perseguían a hombres ricos, y desde entonces reaparece cíclicamente cada vez que la economía se tambalea. «La figura de la cazafortunas surge en momentos de tensión sobre el matrimonio o el género, siempre ligada a la precariedad económica», explica Brian Donovan, sociólogo de la Universidad de Kansas. «Durante la Gran Depresión, cuando la gente debería haber estado cabreada con banqueros y especuladores, a quien preferían ridiculizar los cómics era al personaje de Blondie, la mujer codiciosa. Lo que demuestra que es un estereotipo que surge para desviar culpas».

Georgina Rodríguez conquistó a las audiencias en su 'docurreality' sobre su lujosa vida junto con Cristiano Ronaldo.
Georgina Rodríguez conquistó a las audiencias en su 'docurreality' sobre su lujosa vida junto con Cristiano Ronaldo.

Más de un siglo después, el concepto de 'cazafortunas' no solo no ha muerto, sino que ha resurgido. Uno de los videojuegos más conocidos en la actualidad en China comenzó llamándose La venganza contra las cazafortunas. El protagonista de la trama es un repartidor que se enamora de una streamer. Ella lo seduce, lo deja sin ahorros y luego desaparece. Con el corazón roto, 'la víctima' se reinventa como un exitoso hombre de negocios que busca vengarse de mujeres como ella. El eslogan del videojuego: «Son las cazafortunas quienes mataron al amor», dividió a la opinión pública entre entusiastas jugadores –sobre todo incels (célibes involuntarios) y hombres que se quejan de ser 'cajeros ambulantes' en sus relaciones románticas– y quienes tildaban al videojuego de misógino. Tras la polémica se cambió el nombre al más neutro: Simulador antifraude emocional.

El espectáculo de las 'Real Housewives'

Sin embargo, cada vez hay más personas que no consideran 'cazafortunas' un insulto y han optado por adueñarse de la etiqueta para transformar la crítica en una ironía a su favor. Mujeres (u hombres) que, en lugar de ocultar la búsqueda de estabilidad financiera (o directamente de una mina de oro) a través del matrimonio, exhiben sin complejos su relación con personas acaudaladas en las redes o en televisión, llegando a transformar el estigma en una especie de marca personal con un subtexto claro: «Mírame, soy absurdamente rica».

Lauren Sanchez, orgullosa esposa de Jeff Bezos, el cuarto hombre más rico del mundo, durante uno de los actos de su boda en Venecia.
Lauren Sanchez, orgullosa esposa de Jeff Bezos, el cuarto hombre más rico del mundo, durante uno de los actos de su boda en Venecia.

Abundan los productos audiovisuales que exaltan el modo de vida de mujeres que se han casado con parejas mucho más ricas, garantizándose opulentos escenarios de amor y lujo... O, al menos, de mucho mármol, oro y jamón ibérico. El docurreality sobre la pareja del jugador de fútbol Cristiano Ronaldo, Soy Georgina, se convirtió en el programa más visto en Netflix en varios países. Y lo que en él se mostraba es la vida soñada de una chica española de origen humilde que se ha convertido en una celebrity internacional gracias a su relación sentimental. Un hecho que ni oculta ni maquilla ante las cámaras.

La cazafortunas «es un demonio popular conveniente», dice el experto. «Cuando la desigualdad se dispara, es más fácil señalar a unas pocas mujeres que se casan con millonarios que enfrentarse a los problemas de fondo»

El lujo tampoco es en absoluto silencioso en The real housewives, una exitosa franquicia de reality shows norteamericana que se centra en las lujosas y dramáticas vidas de mujeres adineradas de diversas ciudades. Estrenada en 2006, se ha acabado convirtiendo en un fenómeno de la cultura pop al combinar escapismo, lujo y conflictos interpersonales llenos de frases icónicas dignas de convertirse en memes. Es decir, es Dinastía, Dallas y Los ricos también lloran, pero «de verdad».

El mito de la hipergamia

Existe un concepto técnico (es decir, sociológico) que define lo que supuestamente hace la cazafortunas al conquistar a un hombre con más recursos económicos: se llama 'hipergamia', y es la tendencia de algunas personas de elegir parejas con un estatus social, económico o cultural superior al suyo.

Se trata de una palabra fea para una idea sencilla: casarse 'hacia arriba', 'casarse bien' o el más vulgar 'dar un braguetazo'. Sin embargo, el mayor estudio jamás realizado sobre el asunto desmiente que sea un fenómeno habitual. Gregory Clark y Neil Cummins, historiadores económicos, analizaron 33 millones de matrimonios y 67 millones de nacimientos en Inglaterra entre 1837 y 2021. Su conclusión, publicada en PLOS One: «Nunca ha habido un periodo de hipergamia femenina significativa». Lo más frecuente es que la gente se case dentro de su propia clase social. Es decir, la homogamia (sí, la sociología también tiene una palabra para esto), por lo que, incluso cuando creemos que somos libres de elegir al sujeto amado, nuestro condicionamiento social nos acaba empujando a unirnos a personas con orígenes culturales y socioeconómicos similares porque son los más numerosos en nuestros entornos.

La serie 'Landman' sobre el negocio del petróleo en Texas, de Taylor Sheridan, creador también de 'Yellowstone, es el paradigma de las 'cazafortunas': mujeres casadas con hombres duros, que saben cuál es su lugar y que dilapidan, gracias a su belleza y, sí, también a su inteligencia, el dinero que ganan sus maridos.
La serie 'Landman' sobre el negocio del petróleo en Texas, de Taylor Sheridan, creador también de 'Yellowstone, es el paradigma de las 'cazafortunas': mujeres casadas con hombres duros, que saben cuál es su lugar y que dilapidan, gracias a su belleza y, sí, también a su inteligencia, el dinero que ganan sus maridos.

Entonces, ¿por qué la obsesión histórica con la cazafortunas? «Es un demonio popular conveniente –dice Donovan–. Cuando la desigualdad se dispara, es más fácil señalar a unas pocas mujeres que se casan con millonarios que enfrentarse a los problemas de fondo».

Lo curioso de este concepto de las ciencias sociales, la hipergamia, es que en los últimos años se ha convertido en moneda corriente tanto en el lenguaje de la manosfera como en apps de citas que permiten que las personas expresen expectativas claras sobre lo que buscan, incluyendo nivel económico o educativo. Sucede en todas las aplicaciones, pero se fomenta en las que ofrecen exclusividad como Seeking.com, ya que en su web hablan directamente de la hipergamia como «una relación romántica con alguien cuyos puntos fuertes complementan tus puntos débiles, potenciando el crecimiento, el éxito y el estatus social de ambos a través de la relación».

Amor materialista

Más allá de los lamentos de los incel o de los rocambolescos reality shows de mujeres que practican la hipergamia, lo cierto es que en los últimos tiempos la utopía romántica ha sido sustituida, en ficciones y ensayos de autoayuda, por una mayor exigencia de racionalización en las búsquedas eróticas y afectivas, que incluyen también la satisfacción económica como una de las variables. En tiempos de precariedad se desidealiza el amor, y el viejo dicho de «contigo pan y cebolla» se pone en cuestión.

Antoni Bolinches, psicólogo clínico y autor de libros como Amor al segundo intento, explica que «las primeras parejas de la vida no suelen ser una auténtica elección. Todo lo contrario, son dos planetas que colisionan. Dos situaciones, dos atracciones y dos necesidades que se cruzan. Más adelante, si aprendemos de esas experiencias, entonces sí podemos elegir bien», que consiste, según el especialista, en «seleccionar, entre las personas que nos gustan, a aquellas que también nos convienen».

El cinismo de la casamentera Dakota Johnson en «Amor materialista» salta por los aires cuando se trata de elegir (para ella) entre el candidato perfecto, Pedro Pascal (rico, guapo, encantador), y su exnovio, Chris Evans (también guapo), pero con los bolsillos vacíos...
El cinismo de la casamentera Dakota Johnson en «Amor materialista» salta por los aires cuando se trata de elegir (para ella) entre el candidato perfecto, Pedro Pascal (rico, guapo, encantador), y su exnovio, Chris Evans (también guapo), pero con los bolsillos vacíos...

Entonces, ¿es que acaso el amor se ha vuelto materialista? ¿O es que nunca dejó de serlo?

El amor no es un cálculo matemático, lo sabemos, pero da la sensación de que en el ecosistema de las citas modernas, filtradas por algoritmos, los participantes del juego romántico tienen cada vez menos rubor a la hora de enumerar exigencias en cuestión de ingresos, edad, peso, estatus, creencias religiosas, ideología política, prácticas sexuales...

La utopía romántica ha sido sustituida, en ficciones y ensayos, por una mayor exigencia de racionalización en las búsquedas eróticas y afectivas, que incluyen también la satisfacción económica como una de las variables

La película Materialistas –dirigida por Celine Song– generó debate en las redes sobre la naturaleza actual del «amor moderno». Su protagonista, Dakota Johnson, interpretaba a una matchmaker, una casamentera de lujo cuya labor consistía en emparejar a personas de alto poder adquisitivo en la competitiva Nueva York. Una celestina contemporánea cuya forma de entender el matrimonio, siempre con la calculadora en la mano, aplicaba una lógica nada alejada de los planteamientos de la época de Jane Austen: ellos tienen que ser ricos y altos y ellas, guapas y jóvenes. Pero el cinismo de la matchmaker salta por los aires cuando se trata de elegir (para ella) entre el candidato perfecto, Pedro Pascal (rico y guapo); y Chris Evans, también guapo pero con los bolsillos vacíos y, por lo tanto, menos perfecto.

La conclusión final parecía ser que el amor de verdad es de pobres y que el dinero no puede comprarlo, pero la naturalidad con la que la película retrataba la capitalización de los afectos dejó su (dolorosa) huella en los millennials a los que iba dirigida. La periodista Eva Morell, creadora de Las Fatalistas (contenido disponible en la plataforma substack), escribió un artículo titulado El amor bajo inventario (o por qué 'Materialists' me dejó hecha polvo), donde decía: «A la protagonista la ves calibrar sus renuncias y sus ventajas con una frialdad que irrita y, al mismo tiempo, te resulta familiar. Crecimos con la falsa creencia de que el amor lo puede todo, pero nos hicimos adultos en un mundo en el que todo (también el amor) tiene coste de oportunidad: dinero, tiempo, salud mental. Si eliges pasión, tal vez eliges incertidumbre; si eliges estabilidad, tal vez creas que pierdes otras cosas. Ninguna opción es inocente, ninguna te garantiza nada. Pero todas son correctas».

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