Carmen Laffón, la artista que «siempre hizo lo que le dio la gana»
Fue la primera mujer en exponer en solitario en el Museo Reina Sofía en 1992. Un verdadero hito. Cinco años después de su muerte, el Museo Thyssen le dedica ahora una gran retrospectiva. Descubrimos a través del entorno de artistas y familiares a una mujer libre entre hombres que quiso y logró hacer una carrera más allá de los cánones de su época.
«Durante treinta años estuvo explicándome la puesta de Sol de Sanlúcar», dice con admiración Heliodoro Navarro, Helio, el fiel ayudante de Carmen Laffón.
Artista especializado en vaciado de escultura, Helio se describe a sí mismo como su discípulo: «Carmen me ha dado todo». Se conocieron en los noventa, cuando Laffón empezó a esculpir en bronce. «La ayudaba a hacer las esculturas y acabé viviendo en su casa de Sanlúcar. Yo era uno más de la familia», cuenta desde el mismo estudio de Sevilla donde trabajaba junto con la artista y que acabó heredando.
Carmen Laffón (Sevilla, 1934- Sanlúcar, 2021) fue la más abstracta de las artistas figurativas de nuestro país. En 1992 el Museo Reina Sofía le dedicó una antológica y ahora, cinco años después de su muerte, es el Museo Thyssen el que la consagra con una retrospectiva, titulada Variaciones, que podrá visitarse hasta el 27 de septiembre.
Pasó toda su vida tratando de captar las infinitas variaciones de la luz y el tiempo, pero el protagonismo de sus cuadros no lo tenían tanto la luz ni el color como el aire que envuelve objetos y paisajes. «El melocotón o la pera me pueden interesar por la forma o la textura, pero más por lo que significan en el espacio», decía acerca de sus bodegones.
«Carmen era incansable. No conocía la pereza –cuenta el pintor Juan Suárez, otro amigo de Laffón y referente de la abstracción geométrica española–. Tenía esa necesidad de buscar formas nuevas en cada obra. Una capacidad de observación que le hacía distinguir la luz de Sevilla, lechosa, de la de Cádiz, rosada, o la de Castilla, muy limpia».
Nunca se quiso alejar del paisaje de la playa de la Jara en Sanlúcar. Amaba «la grandiosidad de la naturaleza sencilla»; y distinguía la luz de Sevilla, «lechosa», de la de Cádiz, «rosada», la de Castilla, «muy limpia»
Nunca se puso límites a sí misma. La naturaleza muerta y el paisaje son los dos géneros fundamentales de su extensa obra, realizada entre 1956 y 2021. Sus interiores están ocupados por objetos cotidianos como cestos, máquinas de coser y armarios, mientras que los exteriores recogen azoteas, vistas urbanas y paisajes. Aunque a partir de los noventa incorpora temas como el Coto de Doñana, la viña, la cal o las salinas, que plasma en grandes formatos.
Tras estudiar muy joven en Sevilla y Madrid, Laffón completó su formación y amplió estudios en París y Roma gracias a una beca oficial.
«Ella no fue nunca una tía cualquiera. Solíamos llamarla 'tía Tití', pero para mí también fue una especie de madre», recuerda Manuel Laffón, el sobrino más cercano de los cuatro que tuvo la pintora, y que ha acabado heredando su casa en La Jara, orientada hacia el estuario del Guadalquivir y frente al Coto de Doñana, donde solía veranear con ella. Laffón se casó dos veces y no tuvo hijos.
Su temprana vocación surgió gracias a don Manuel González Santos, un amigo de sus padres, a quien acompañaba con su caballete. «De vez en cuando, me preparaba un pequeño lienzo para que yo trabajara en él –recordaba Carmen Laffón–. Y de esa forma tan espontánea y natural fue como empecé».
A partir de entonces, ya no se separaría jamás de los pinceles ni de ese mar, el de su paraíso de niñez y juventud en Sanlúcar de Barrameda. Su sobrino explica que para no perder nunca el contacto con este paisaje «tan intrigante, que cambia día a día y que tanto la fascinaba, se construyó su casa sobre el mar, por lo que, cuando sube la marea, rompe sobre ella, como si fuese un barco».
«Hizo siempre lo que le dio la gana. Construyó su vida a su medida. Con una extrema delicadeza, sin molestar, sin ofender y sin presumir. Sabiendo lo que quería y cómo debía llevarlo a cabo»
Carmen Laffón trabajaba en silencio o con música clásica de fondo. Su compositor de cabecera era Schubert y su estudio principal estaba en la parte trasera de su casa de Sanlúcar, 'su arcadia'; aunque también tenía otro espacio de trabajo en un apartamento, en la ciudad, desde donde pintó las vistas de sus cotos. La del Coto de Doñana fue una de las series más importantes de su trayectoria. Laffón adoraba su «paisaje sin adornos, de aparente simplicidad de horizontales infinitas», aunque también pintó en múltiples ocasiones el río en Sevilla y las salinas de Bonanza, que fueron el culmen de su obra. Un mundo que amaba, y que ella misma definió como: «La grandiosidad de la naturaleza sencilla».
El artista valenciano Jordi Teixidor, gran amigo de Carmen, destaca de su trabajo su destreza técnica: «Era una gran dibujante, muy hábil en el dibujo a carboncillo», y coincide con su sobrino en aludir a su inclinación hacia lo sutil: «Nunca hizo alardes de plasmar algo monumental. Siempre partía de algo sencillo».
Aunque sevillana, Carmen Laffón formaba parte del grupo de realistas madrileños, como Antonio López, con los que coincidió en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Pero desde el principio funcionó como una 'tangente', pues muy pronto se acercó a los artistas del movimiento abstracto español de la Escuela de Cuenca, como Gerardo Rueda y Gustavo Torner, y en Sevilla compartió estudio con Zóbel.
«Trabajar con el pensamiento»
Jordi Teixidor evoca la última vez que se vieron, en la sesión de los lunes en la Academia de Bellas Artes en Madrid. «Sabía captar, era un don. Echo de menos su presencia. Me ha dejado una manera de ser artista y sobre todo una exigencia por llegar a la pintura en el sentido más puro».
Carmen Laffón fue la segunda mujer invitada a formar parte de la Real Academia de Bellas Artes. La había antecedido la soprano Teresa Berganza, y vivió con disgusto la falta de incorporación de mujeres hasta más adelante. Pero todos sus amigos coinciden en que nunca se sintió discriminada. «Creo que, en parte, porque he sabido en lo que no debía participar. No he querido salirme de mi sitio». Esa formación tan especial –no fue al colegio; sus padres le dieron una educación en casa con profesores– de saber estar en cada momento es lo que resalta su grupo de amistades. Y también su inteligencia. «Su criterio solía prevaler sobre el de los demás», dice Manuel Laffón al recordar aquel día en que, tras una sesión de la Academia, cuando al parecer su opinión triunfó por encima de la del resto de los hombres de la comisión, el director de cine Luis García Berlanga le dijo: «Carmen, tú con esos trajes de chaqueta tan elegantes y esa figura que tienes, ¡no pensé que nos llevaras al huerto a todos!».
Muy coqueta, tremendamente femenina, alegre y reservada. Así la describen sus allegados. Y muy trabajadora. «Decía que no solo lo era con el pincel o con sus manos esculpiendo, sino con el pensamiento, por lo que se pasaba trabajando 24 horas al día», asevera Manuel Laffón.
«Hizo siempre lo que le dio la gana. Construyó su vida a su medida. Con una extrema delicadeza, sin molestar, sin ofender y sin presumir. Tenía una gran capacidad de saber lo que quería y cómo llevarlo a cabo. Al mismo tiempo, no dudaba si tenía que rectificar», puntualiza Juan Suárez.
Luis Gordillo, pintor sevillano afincado en Madrid y Premio Nacional de Artes Plásticas, conoció muy bien a Carmen, pues compartían pandilla de artistas en Sevilla. Los padres de ambos eran médicos. «El de Carmen era un pediatra muy importante en Sevilla y el mío nos llevaba a su consulta cuando éramos pequeños», relata Gordillo, que aún está sorprendido con la exposición del Thyssen. «Conozco bien la primera mitad de su obra, ese romanticismo denso, con cuadros preciosos, de un diálogo con los objetos muy íntimo y veraz. Pero su obra posterior, la de las salinas, es casi minimalista. Pasar de los bodegones a esas masas de blanco es como encontrarte con otra pintora», dice Gordillo sobre su evolución.
Entre la sal y la cal
La exposición del Museo Thyssen revela ese progreso en su obra. Ya que de sus primeros retratos y paisajes más realistas pasó a pintar desde la playa esos mismos horizontes, pero despojados de figuras y con una mirada mucho más abstracta: «El misterioso punto donde se encuentran figuración y abstracción». Admiraba profundamente a los americanos como Cy Twombly o Rothko. Solía decir que no tenía cronologías. «También me gustan las cuevas de Altamira: las considero modernísimas».
Falleció la madrugada del 7 de noviembre de 2021, a los 87 años, a causa de un ictus. «Estábamos preparando seis lienzos para empezar una vista del Coto de Doñana desde otro lugar más cercano», recuerda Helio con pesar.
«Carmen Laffón no quiso pintar: quiso ser pintora, que es muy distinto –concluye Teixidor–. Pintar, queremos pintar muchos, pero convertirse en pintores se convierten pocos... y menos en artistas. Había en ella una especie de amor a todo lo que pintaba, algo más que la visión de un paisaje o de un bodegón. Por eso perdurará».