¿Qué es la belleza? Todo lo que perdemos si erradicamos la fealdad
¿Quién o qué dictamina que Brad Pitt o Zendaya sean guapos? Una exposición en el CCCB de Barcelona nos adentra en la obsesión por los procedimientos estéticos y todo lo que hay detrás... y delante: ¿un mundo que sueña con erradicar la fealdad?
El espacio podría ser el cuarto de baño de tu abuela en los años setenta. Las cortinas son anacrónicas, el color es azul y la ... protagonista lleva una toalla enrollada en la cabeza, una máscara facial y los electrodos de un aparato de tonificación muscular bajo una faja translúcida.
La imagen evoca feminidad, soledad, deseo, desesperación. También es siniestra y destila unas gotas de humor. Su autora y protagonista es la fotógrafa Juno Calypso, una artista británica de 37 años que explora con sus imágenes la naturaleza distópica de nuestra búsqueda de la perfección estética. Está expuesta en la muestra El culto a la belleza, comisariada por Janice Li, Júlia Lull y Blanca Arias en el CCCB (Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona), que reúne cuatrocientas obras con el fin de trazar una historia de la belleza que es, sobre todo, una historia del poder acerca de quién nombra y quién excluye lo que es bello y lo que no. Desde la Venus de Milo a la Barbie hawaiana.
«El concepto de belleza que nosotras asumimos como normal –explica Júlia Lull, doctora en Teoría de la Imagen y profesora en la Universidad Pompeu Fabra–, el que nos interpela en este mundo global, empieza en el mundo clásico con los cuerpos proporcionados, las simetrías, la esbeltez y los géneros muy marcados. Desde ese momento ha cambiado poco. Los patrones hegemónicos del cine y la publicidad siguen teniendo como ideal de belleza este mundo clásico pasado por el filtro de nuestra mirada nostálgica e interesada. En la Ilustración, con la arqueología y la etnografía se va a marcar una línea clara entre lo que es bárbaro y lo que es civilizado, entre lo que es la cultura y entre lo que es la naturaleza. Así que a todos los que venían de otro territorio, los que tenían colores de piel más oscuros, se los considera primitivos y, por lo tanto, no bellos. Es en este momento cuando el canon se va reforzando con un fuerte perfil racista. Un canon que a través de la publicidad y la tecnología digital ha reverberado infinitamente hasta nuestros días con los valores del patriarcado, el racismo, la clase y el poder hegemónico burgués».
Este último paso hacia hoy lo explica con precisión en el catálogo de la exposición del CCCB Marta D. Riezu, la autora de Agua y jabón, Apuntes sobre elegencia involuntaria, ensayo editado por Anagrama: «En esta extraña sociedad moderna –dice Riezu–, la belleza ha pasado de ser algo sagrado e intangible a una serie de prácticas frívolas e incómodas […]. Un organismo sano ya no es suficiente, ya no se celebra. Un cuerpo que funciona pasa a ser solo el inicio; una obra en construcción, un combate voluntarista contra la naturaleza y el tiempo. Antes la tiranía del aspecto se sentaba en el atuendo, pero con la democratización de la moda se impuso un nuevo reto: un cuerpo siempre joven y perfecto».
Los jóvenes han llegado a creer que el bótox puede ser 'preventivo', ya que han aprendido que el envejecimiento visible –en cualquier forma y a cualquier edad– debe tratarse como si fuera una enfermedad
En el siglo XXI, el mercado y la ciencia han puesto a disposición del consumidor una serie de procesos caros, invasivos, tecnológicos y dolorosos que han pasado de inalcanzables a accesibles. De extravagantes a 'necesarios'. El deseo de modificar el propio rostro se propaga en personas cada vez más jóvenes, que viven en constante diálogo con lo que ven en sus teléfonos, y han llegado a creer que el bótox puede ser «preventivo», ya que el envejecimiento visible –en cualquier forma y a cualquier edad– debe tratarse como si fuera una enfermedad.
El 40 por ciento de los españoles se ha hecho «algo» al menos una vez en su vida y lo haría el 60 por ciento si los procedimientos médico-estéticos «no tuvieran IVA», según una encuesta de la Sociedad Española de Medicina Estética. Además, en nuestro país se realizan más de 204.000 intervenciones de cirugía estética al año (el 85 por ciento a mujeres y el 15 a hombres) y, curiosamente, la franja de población entre 30 y los 44 años es la que más recurre a ellas (aumento de mamas, liposucción, blefaroplastia y rinoplastia por ese orden).
La frase «no eres feo, eres pobre» se utiliza frecuentemente en memes, comentarios de redes o vídeos de TikTok al comparar el antes y el después de artistas, deportistas y políticos cuando alcanzan la fama y la riqueza, contrastando un yo anterior (mediocre, descuidado, feo, gordo e implícitamente despreciable) con otro que supuestamente ha mejorado gracias a su cuenta bancaria. Un anhelo permanente, el de la mejora, que se alimenta de la falta de autoestima generalizada y el autoodio de las adolescentes (con sus réplicas no menos graves en la edad adulta), que es la auténtica gasolina de la industria de la belleza.
Lo contaba la escritora Rosa Montero: «Yo fui una de esas niñas que crecieron sintiéndose feas. Incluso muy feas. Recuerdo que, con 14 o 15 años, si iba por los pasillos del metro y alguien me piropeaba por la espalda […], si apretaba el paso para verme la cara, yo volvía el rostro hacia la pared para que no se decepcionara al verme tan horrorosa. Ese bajísimo concepto de mi físico era sin duda una patología que, por desgracia, me temo que padecen y hemos padecido muchas mujeres».
'Feo' es una palabra fea y muy pocas personas la usan con respecto a sí mismas. Es doloroso usarla. Sentirla. Sin embargo, la discriminación basada en la falta de atractivo es indiscutible. A finales del siglo XIX, la legislación estadounidense condenaba la fealdad: las «ordenanzas sobre mendigos antiestéticos» prohibían a los individuos deformes visitar los lugares públicos. Las investigaciones sociológicas han demostrado que las personas atractivas tienen más facilidad para ganar dinero, encontrar pareja e incluso tener éxito en los tribunales. Las personas poco atractivas son juzgadas con mayor severidad, tratadas con mayor crueldad y consideradas de menor rendimiento.
«Una cara sin adulterar ya no es aberración, es un acto de resistencia. La belleza sin adulterar es insobornable, desobediente, sospechosa. Es impermeable al mercado»
Entre las imágenes impactantes de la exposición de El culto a la belleza están las del artista Zed Nelson, que visitó 17 países fotografiando a reinas infantiles de la belleza, cirujanos plásticos, personas anoréxicas, culturistas, madres que acompañan a sus hijas para operarse la nariz en Teherán, trabajadoras de una central nuclear rusa que concursan por el título de Miss Átomo… El culto al cuerpo se explica, según Nelson, por el miedo a envejecer y por el hecho de que el mundo recompensa, desde el punto de vista social y económico, a las personas con mejor imagen. «He viajado mucho –explica el fotógrafo–, y me he dado cuenta de que no solo los lugares empezaban a parecer todos iguales, sino que las personas también se parecían cada vez más entre ellas. La globalización no solo ha llevado Starbucks a Pekín y los centros comerciales a África, sino que también está creando una imagen homogénea inquietante».
Llevar la globalización en la cara
Hace aproximadamente una década, los rostros más visibles de Instagram –los de las influencers– empezaron a parecerse entre sí. Poseían labios carnosos, ojos almendrados, pómulos marcados y una piel impecable; el bótox y los rellenos hicieron que sus labios lucieran más voluminosos, sus ojos más rasgados y sus pómulos más prominentes. Comenzaron a parecer cíborgs, con rostros moldeados por el algoritmo y perpetuamente resplandecientes bajo la luz de la aprobación digital. Pero entonces la imagen de los hombres también empezó a ser cuestionada. Una obsesión que ha permeado movimientos como el looksmaxxing entre los jóvenes de la manosfera, reflejando una cultura de Internet cimentada en la vigilancia algorítmica más que en una auténtica intimidad física.
Pero ¿es lo canónicamente bello realmente bello? ¿O nos estamos perdiendo una gran parte de la belleza por eliminar, excluir y uniformizar las anomalías a ese canon que alimenta la industria de la belleza?
«Una cara sin adulterar ya no es aberración, es resistencia –afirma Marta D. Riezu–. Mantener el aspecto en una esfera privada (no exhibirlo en las redes, no supeditarlo a tendencias) es un acto radical. La belleza es la negación del tiempo, pero estamos hechos de tiempo. La belleza sin adulterar es insobornable, desobediente, sospechosa. Es impermeable al mercado».
Lo pudimos comprobar con el debate que se generó en torno a la actriz Aimee Lou Wood, que interpretó a una joven entusiasta que viaja a Tailandia en la última temporada de The White Lotus. Inesperadamente, toda la conversación en medios y redes sobre la serie se centró en sus dientes. De niña en el colegio la llamaban «dientes de conejo», pero, frente a la uniformización de los actores norteamericanos y sus dentaduras con carillas idénticas y resplandecientes, la británica boca de Aimee Lou Wood se convirtió en algo «transgresor» y «auténtico» de lo que asombrarse y reivindicar. «¡Oh, qué valiente por no haberse puesto aparato!». Es decir, qué valiente por no haberse 'corregido'.