La gran hambruna de la que nadie habla
Viajamos a Sudán: el testimonio de los peregrinos del hambre
Los sueños de libertad en Sudán han terminado en una guerra civil y en la mayor crisis alimentaria del planeta. Casi un millón de personas están en riesgo inminente de morir por falta de comida. Entre bombardeos, saqueos y violaciones, la población sobrevive gracias a pequeños comedores sociales. El epílogo dramático de un país que hace pocos años creyó tocar la democracia.
Antes de que el sol aparezca sobre el Nilo y los morteros sobrevuelen el cielo, Ayman al-Amin Taha entra en el comedor social que dirige y se sienta frente a una olla gigantesca. Cada mañana, a partir de las cinco y media, Taha cocina la sopa que servirá a cientos de personas hambrientas. Mientras este cocinero improvisado se afana con el guiso, las ciudades de Omdurmán y Jartum, antes hermanas, yacen destruidas. Barrios enteros han sido acribillados, camionetas con ametralladoras circulan entre tanques quemados. En Omdurmán, las mujeres hablan de violaciones, de niños reclutados a la fuerza y drogados con metanfetamina. En los pocos hospitales que siguen abiertos, los médicos informan de bombardeos, hambre y miembros amputados. En las carnicerías cuelgan ganchos vacíos y oxidados.
A cinco kilómetros del comedor social de Taha, al otro lado del Nilo, se elevan los rascacielos de la capital, Jartum, abandonada por el Gobierno. ... La guerra comenzó precisamente allí en abril de 2023. Estalló cuando el Ejército quiso incorporar en sus filas a un grupo paramilitar, las sanguinarias Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), que por entonces contaba con 100.000 hombres. Las tensas negociaciones para esa integración acabaron en guerra. Desde entonces, las fuerzas regulares de Sudán, comandadas por el presidente de facto, el general Abdel Fattah al Burhan, luchan contra las RSF, bajo el mando de su antiguo adjunto, el teniente general Mohamed Hamdan Daglo, conocido como Hemeti.
La sangrienta carrera de Hemeti es bien conocida. Comenzó en 2003, cuando sus milicias aplastaron la revuelta de Darfur, donde llevaron a cabo una campaña de violencia étnica contra las comunidades masalit. Sus hombres entraron en las aldeas, masacraron, violaron y saquearon. Cientos de miles de civiles murieron durante el genocidio. El entonces dictador del país, Omar al Bashir, premió al sanguinario Hemeti su eficacia dándole en 2013 el mando del recién fundado grupo paramilitar RSF. Su misión: protegerlo de un posible golpe de Estado por parte de su propio Ejército. Había nacido el monstruo.
Hoy en día, las RSF controlan 8 de las 18 ciudades de Sudán y continúan su avance. Donde quiera que entran, roban y matan. El Ejército, por su parte, controla sus tropas, que también arrasan con vidas y víveres, desde la ciudad costera de Puerto Sudán. Según estimaciones estadounidenses, la guerra ya se ha cobrado 150.000 víctimas en el último año y medio. El 14 de agosto comenzaron en Ginebra las conversaciones para un alto el fuego impuestas por Estados Unidos. Terminaron hace días sin que cesaran los combates. El Ejército sudanés ni siquiera envió una delegación.
Lugares de solidaridad
Esta guerra civil ha creado la mayor crisis de refugiados del mundo. Alrededor de 9 millones de los 48 millones de habitantes han tenido que abandonar sus hogares desde abril del año pasado. Y más de 25 millones viven en inseguridad alimentaria aguda. El Programa Mundial de Alimentos certifica que es la mayor crisis de hambre del planeta.
Cientos de takias, como se llama a los comedores sociales, distribuyen comida. Se financian con donaciones nacionales y extranjeras. Médicos, estudiantes, empresarios: todos acuden varias veces al día para llevarse tres cucharones de arroz y sopa. Estos comedores son lugares de solidaridad. Pero también escenarios en los que la gente cuenta historias de guerra.
Al mediodía, Taha, de 50 años, se planta con seis mujeres detrás de las ollas de aluminio y sirve sopa en cubos, bolsas, cazos... en cualquier recipiente que le acerquen los 'peregrinos del hambre'. El hermano de Taha, un rico hombre de negocios, es quien financia la cocina. «Cada vez viene más gente –dice–. Casi nadie tiene trabajo, casi nadie tiene dinero».
Cientos de 'takias', como se llama a estos comedores sociales, distribuyen alimentos. Se financian con donaciones nacionales y extranjeras. Sirven tres cucharones de arroz por persona al día
Ahora, por lo menos, gestionar el comedor social es menos peligroso que a principios de año. Entonces, milicianos de RSF entraron en la zona arrestando y disparando. Taha solo se atrevía a enviar un pequeño camión con comida hasta uno de los puntos bajo control del Ejército. Los milicianos mataron a tres de sus conductores. «Nadie se atrevía a salir, la gente moría de hambre en casa», cuenta. Pero rendirse nunca fue una opción. «La gente nos necesita».
En marzo, el Ejército recuperó parte de Omdurmán, y el reguero de cientos de personas volvió frente a la olla de Taha. A los ancianos se les permite tender sus cubos primero, luego a las mujeres. El aire huele a sudor.
El hambre como arma y sus víctimas
Temblando, Alí Saleh, de 60 años, sitúa una bolsa frente a la olla de una de las cocineras. La mujer sumerge el cucharón en el guiso tres veces y la llena. Saleh mira con cansancio. «El comedor –explica– me salvó la vida». Los pantalones le cuelgan alrededor de las piernas. Ha perdido ya 20 kilos.
La hambruna pronto podría estallar en 14 zonas de Sudán, advirtió la ONU en junio. Más de 750.000 personas están en riego inminente; entre ellas, 220.000 niños. Un grupo de investigación holandés advierte que dos millones y medio de sudaneses podrían morir de hambre este año. La ONU acusa a ambas partes del conflicto de usar el hambre como arma. Un ejemplo, el Ejército no permite que la ayuda entre en zonas controladas por RSF.
Saleh carga su bolsa y echa a caminar hacia su casa. Ha enfermado de desnutrición cinco veces. Las calles están desiertas y las fachadas, agujereadas. Solo el ruido de la chapa desprendida de los tejados ondeando al viento y los disparos rompen el silencio. En noviembre, dice Saleh, casi se muere de hambre. Las RSF controlaban su barrio. Saquearon las casas, pero sobre todo las tiendas. No había verduras para comprar ni arroz ni nada. De las tuberías no salía ni una gota. No comió durante días. Se recostaba en un colchón y una vez al día bebía sorbos del jugo de tamarindo que aún tenía en casa. «Nunca he tenido más cerca la muerte», afirma. Casi todos sus vecinos huyeron. Muchos, dice, se fueron a Egipto.
El ejército recibe armas de Irán y Rusia. Emiratos Árabes suministra material bélico a las milicias. Para que llegue la paz, dicen los expertos, los aliados de ambos bandos deben ejercer presión
La esposa de Saleh espera detrás de una puerta destartalada. La piel se le ha hundido bajo los pómulos. Ha perdido la mitad de su peso. Es una anciana de 45 años. «Cada vez que mi marido va al comedor –cuenta–, tengo miedo de que no vuelva». Saleh extiende el contenido del saco sobre la cama. Coloca el guiso junto a pepinos y patatas que compró en el mercado con su escasa pensión. «Podemos comprar esto una o tal vez dos veces al mes».
Una revolución fallida
Para que llegue la paz, dicen los expertos, los aliados de ambos lados deben ejercer presión. El Ejército mantiene estrechos vínculos con Egipto y Arabia Saudí, y recibe armas de Irán y Rusia. Los Emiratos Árabes Unidos suministran material a RSF.
Esta mañana, el joven Abdulrahim Mirghani ha ido a recoger pan al comedor. Vive en una pequeña habitación con su hermano. A sus 21 años, se pasa el día sentado junto a su cama, con las cortinas echadas y pensando qué salió mal. Esta guerra es el epílogo dramático de una revolución fallida en la que los sudaneses habían puesto sus esperanzas. Mirghani formó parte de aquello.
El joven recuerda cómo un grito de esperanza se inició en 2018 cuando la población intentó transformar el país en una democracia. Mirghani, todavía estudiante, y otros muchos hicieron lo que nadie esperaba: se manifestaron hasta derrocar al dictador Omar al Bashir. Después de casi treinta años de dictadura, la democracia parecía posible. Sin embargo, dos hombres determinaron el terrible destino del país: el líder del ejército, Burhan, y el jefe de la milicia, Hemeti; precisamente los dos hombres que ahora luchan encarnizadamente entre sí. Entonces, sin embargo, eran aliados y fundaron un consejo para la transición política, formado por civiles y militares. El final del trayecto estaba claro, por lo menos para la población: elecciones libres. Pero ellos tenían otros planes. El Ejército y las RSF dieron un golpe de Estado en octubre de 2021 y disolvieron el Gobierno interino.
Mirghani y sus compañeros volvieron a salir a la calle y exigieron la retirada de los generales. Un combatiente de las RSF disparó a Mirghani y, desde entonces, una cicatriz recorre su brazo. El Ejército volvió a prometer la transición a un Gobierno civil. Pero, cuando los generales ahora en guerra debían renunciar al poder en abril de 2023 y acordar la integración de las RSF en las fuerzas armadas, surgió la disputa. Hemeti se revolvió contra el Ejército.
Al estallar la guerra, Mirghani quería estudiar arte, cuenta. Pero un día una camioneta de las RSF se detuvo junto a él y sus amigos y se los llevaron. Los milicianos los acusaron de ser espías del Ejército. Les vendaron los ojos, los golpearon con culatas de fusil y les pusieron toallas mojadas en la cara hasta que creyeron que se asfixiaban. Mirghani dice que estaba seguro de que no saldría vivo. Dos compañeros de prisión murieron torturados delante de él. Después de 15 días, Mirghani fue puesto en libertad. Todavía no se explica por qué. A pesar de todo, comenta, espera que algún día haya un Sudán con un Gobierno civil. Incluso ahora que la democracia parece más lejana que nunca. «Las ideas –dice– no pueden morir».
Colapso de la sanidad
Mohamed Hassan se pasa una vez a la semana por el comedor social. Antes dirigía un hospital de campaña junto al comedor de beneficencia. Trabajaba con 15 médicos, enfermeras y voluntarios. Allí, este antiguo director de laboratorio se convirtió en médico. Si era necesario, también en cirujano: aprendió a extraer metralla, a tratar heridas. «Siempre tuve miedo de que el próximo paciente fuera uno de mis hijos», afirma.
Después de treinta años de tiranía, en 2019 la democracia parecía imposible. El pueblo salió a la calle y sus manifestaciones lograron un milagro: derrocar al dictador
Hoy, Hassan y tres médicos dirigen el único centro de salud del distrito. Muchos doctores y enfermeras han huido, dice de camino a su clínica. O han muerto. Solo quedan dos grandes hospitales en Omdurmán. Los demás fueron destruidos. «Las RSF los usaron como bases. Por eso, el Ejército los bombardeó». «Entre el 70 y el 80 por ciento de los hospitales de las zonas afectadas por el conflicto ya no funciona», indica un informe de Médicos Sin Fronteras. «Más del 65 por ciento de la población no tiene acceso a la atención sanitaria», añade el documento.
A primera hora, Hassan abre las puertas de su clínica. Los primeros pacientes llegan. Un anciano tiene metralla y una mujer necesita medicamentos contra la malaria para su padre. Hay un horno de esterilización sobre una encimera. Hassan mira a su alrededor con tristeza. «Falta de todo –cuenta–. No tenemos centrifugadora ni microscopio». Del quirófano sin cristal en las ventanas, Hassan limpia el polvo de los pocos instrumentos que atesora. El primer paciente se sienta en una desvencijada camilla; ha pisado un trozo de vidrio. Hassan se pone un par de guantes de látex, coloca el pie del hombre sobre un cubo de basura, abre la herida y le exprime sangre y pus. Él llora de dolor. Hassan no tiene narcóticos. «Solo tenemos yodo».
Escuelas cerradas, sueños rotos
Mientras pela cebollas en el comedor, Taha dice que lo que más le molesta es la violencia contra las mujeres. Miembros de las RSF violaron a innumerables mujeres y niñas en la capital sudanesa y las obligaron a casarse, escribe en un informe la ONG Human Rights Watch. Taha dice que los hombres de su centro comunitario hicieron todo lo posible para proteger a las mujeres de la zona. Lamentablemente, no siempre se logra.
Elaf Yahja tiene 12 años y juega con sus amigos a la sombra de los árboles del comedor social. A lo lejos se oyen disparos. Ninguno de los niños levanta la vista. «Al principio de la guerra tenía mucho miedo –dice Elaf–. Pero ya no». Quiere ser doctora, pero su escuela, como todas las de Omdurmán, está cerrada desde el inicio de la guerra. Recibió su última lección en marzo de 2023. Sus vecinos sí tienen miedo. Por las noches, los milicianos de RSF se llevaban a las niñas de las casas que ocupaban.
© Der Spiegel
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