Años de fama y miles de seguidores ocultaban una larga historia de abusos sexuales, secuestros, delitos fiscales... Al líder lo han condenado a mil años de cárcel.
Por Lourdes Gómez
Martes, 1 de marzo 2022, 12:34
Adnan Oktar fue durante décadas un famoso telepredicador musulmán, con canal propio de televisión, que oscilaba entre el antisemitismo, el creacionismo y las teorías de la conspiración en sus furibundas prédicas, acompañado por decenas de «gatitas» que bailaban semidesnudas. Si la apariencia ya era perturbadora, lo que ocultaba detrás era horripilante: una secta que practicaba abusos sexuales, secuestros y todo tipo de delitos con la que Oktar acumuló una fortuna que, a su vez, le permitió sobornar a políticos y autoridades para salir indemne de acusaciones y sospechas. Hasta ahora.
El año pasado Oktar fue condenado a 1.075 años y tres meses de cárcel y fue etiquetado por la justicia turca como «uno de ... los peores criminales de la historia del país». Pero ¿cómo tardó tanto en caer semejante personaje?
Nacido en 1956, Oktar ya mostraba dotes como orador desde pequeño. Hijo de un padre abusivo, a los 20 años se trasladó con su madre desde Ankara a Estambul, donde empezó a predicar y reclutar seguidores para una 'comunidad religiosa' que muchos jóvenes turcos veían como una «emocionante» modernización del islam. Sus ideas variaban (tan pronto acusaba de todos los males a los judíos como convertía a Darwin en precursor de Hitler), pero no el perfil de sus fichajes: todos hijos de familias prominentes, educados y bien conectados. Para 2006, Oktar ya era una celebridad.
Entonces llegó Ceylan Ozgul, una universitaria de 24 años. «Era divertido hablar con él –dice en The Times Magazine–. Un tipo mayor que te toma en serio y te habla de historia, física, medicina...». Ceylan lo ayudó a promover su imagen, pero empezó a sentirse atrapada. Estaba bajo una fuerte vigilancia constante, asegura, con docenas de cámaras de seguridad que seguían todos sus movimientos.
Mientras, los jóvenes más atractivos de la secta, a los que llamaban «leones», se dedicaban a algo más oscuro: captar jóvenes. Ugur Sahin era uno de ellos. Vestido con trajes de lujo y conduciendo deportivos, abordaba a chicas guapas en zonas caras de la ciudad. Les decía que buscaba modelos o comerciales para su empresa. Si alguna lo llamaba, se abría paso en su vida. «El truco es convertirse en su príncipe azul», explica Sahin a The Times. Luego las hacía cortar con sus amigos y las engatusaba para tener relaciones sexuales degradantes, que filmaba y usaba como chantaje. Cuando se las entregaba a Oktar, ya estaban rotas.
Con el tiempo, Sahin se arrepintió y testificó contra él. Pero lo que acabó con la secta fue la fuga de Ceylan Ozgul en 2018. No fue fácil. Su móvil y su ordenador estaban intervenidos. Pero logró comunicarse con su padre a través de una televisión inteligente. Ayudada por él y fingiendo una vista al médico, logró huir. Fue directamente a la Policía. Tenía mucha información. Tres meses después de su huida, policías de la unidad de delitos financieros hicieron una redada en la sede de la secta y en otras propiedades repartida por todo el país. La sentencia fue 'ejemplar', pero miles de personas se siguen declarando 'devotas' de Oktar.
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