El 80 por cien de las estrellas deportivas acaba arruinado. La situación en Estados Unidos es especialmente dramática. A veces, a la bancarrota se unen el alcoholismo, las drogas, la ludopatía... Un especialista en finanzas quiere cambiar las cosas. Se lo contamos.
Por Thilo Neumann
Viernes, 13 de enero 2023, 13:43
Cuando el exjugador de baloncesto Greg Oden recuerda cómo dilapidó su dinero, habla del maletero de su primer deportivo. Se lo compró con 19 años para celebrar su llegada a la NBA. Era un Dodge Charger: cristales tintados, alerón trasero, tele en el salpicadero, equipo de música de alta gama... «Hice que me instalaran en el maletero unos bafles que subían al dar un botón. El portón tenía mis iniciales», recuerda. Solo eso le costó 60.000 dólares. Diez años más tarde, su cuenta estaba casi vacía. «No tenía ni idea de cómo iba mi saldo». Confiaba, añade, en sus asesores financieros... Hasta que cambió su estilo de vida.
Muchos deportistas fracasan a la hora de conservar sus fortunas. Les ha pasado a Boris Becker, Mike Tyson, Maradona, Ronaldinho, Iván Zamorano... Tyson ganó 400 ... millones de dólares sobre el ring y en contratos publicitarios, pero los perdió antes incluso de retirarse. Becker, por cierto, acabó en prisión por recurrir a métodos delictivos para tratar de evitar su ruina.
El 80 por ciento de las estrellas deportivas, según la revista Sports Illustrated, acaba arruinado. Un virus este de la bancarrota que resulta especialmente activo en Estados Unidos. En la Liga de fútbol americano (NFL), por ejemplo, uno de cada seis profesionales se queda en la ruina antes de los siguientes 12 años a su retiro.
El norteamericano Drew Hawkins trabajó en el banco de inversiones Morgan Stanley y lleva tres décadas asesorando a deportistas profesionales. «He visto los lados buenos, los malos y los repugnantes de algunas de las grandes figuras del sector», señala. Un factor fundamental es que, mientras están en activo, muchos no se preocupan de sus finanzas. Creen que el dinero fluirá indefinidamente, pero, de media, una carrera en la NBA no llega a los cinco años; en la NFL, a los tres.
Al iniciar sus carreras, muchos jóvenes deportistas millonarios solo quieren ostentar. Piensan que deben imitar a sus compañeros mayores y comprar «coches de lujo y joyas –subraya Terrell Owens, antigua estrella de la NFL que ganó 80 millones de dólares como profesional y se lo gastó casi todo–. Créeme, es la tontería más grande que puedes hacer».
Circulan multitud de historias absurdas sobre los deportistas y su relación con el dinero. El ex-NBA Gilbert Arenas llegó a tener unas 500 armas de fuego y una piscina para tiburones en su mansión, cuyo mantenimiento se tragaba 80.000 dólares al año. El golfista John Daly se dejó 1,65 millones de dólares en un día en los casinos de Las Vegas. La leyenda del Manchester United George Best, alcohólico hasta su muerte, llegó a confesar: «Me pulí mucha pasta en alcohol, mujeres y coches rápidos».
Los casos de muchos de estos jugadores son prueba de las carencias del sistema educativo, cree Drew Hawkins. La mayoría llega al deporte profesional sin estudios universitarios. Algunos todavía son adolescentes cuando consiguen ese contrato que los hace millonarios de la noche a la mañana. En la NBA, por ejemplo, el salario medio supera los 8,2 millones de dólares al año.
«Hablamos de jóvenes que, por lo general, provienen de entornos muy humildes –analiza Hawkins–. Imagínate, tienes 19 o 20 años, llegas a la élite, donde debes jugar a un nivel de exigencia máximo, y empiezan a lloverte millones en la cuenta corriente». Es el momento perfecto para la aparición de los llamados scammers: asesores que a menudo acaban desplumando a muchos jugadores.
El pasado mes de abril, sin ir más lejos, uno de estos asistentes financieros fue condenado a seis años de cárcel. Empleado del ex-NBA Richard Jefferson, el sujeto falsificó la firma de su cliente para abrir una cuenta a la que desvió más de siete millones. «Empezó con 500 dólares para ver si el jugador se daba cuenta –relata Hawkins–. Fue subiendo las sumas, hasta que un buen día le faltaban 100 millones».
En 2018, Kevin Garnett –leyenda de la NBA y oro en Sídney– demandó a un asesor por apropiarse de 77 millones. El mismo tipo que le robó varios millones a otro mito: Tim Duncan. Acabó preso, por cierto.
Pero no solo los desconocidos ansían el dinero de los deportistas. Familiares y amigos, muchas veces, también reclaman una parte. «Me traje a vivir conmigo a mi primo, a mi mejor amigo y a mi tío», revela Greg Oden. Además, todos los meses les daba dinero a su hermano, su padre, su madre y su abuela y creó un fondo al que podían acudir si andaban cortos de efectivo. «Pero el dinero no les duraba nada», cuenta.
«Cada vez que hablo con un novato, le pregunto –ejemplifica el experto Drew Hawkins–: ¿cuántas familias conoces en las que los padres digan: 'Genial, ahora que mi hijo Joe trabaja en IBM, me retiro y que él me mantenga'? La respuesta siempre es: 'Ninguna'. Pues en el deporte profesional es justo al revés».
Muchos, sin embargo, hacen oídos sordos a consejos de este tipo. Antoine Walker, otro ex de la NBA, se embolsó unos 110 millones de dólares en su carrera, pero en 2010, dos años después de su último partido, estaba arruinado. Entre otras cosas, perdió 20 millones en inversiones inmobiliarias que salieron mal y se gastó otros 36 solo en el séquito que pululaba a su alrededor. Hábito este último que hoy practican futbolistas como el brasileño Neymar, quien cubre todos los gastos de varios amigos y les paga un sueldo para que viajen y salgan con él.
Vin Baker, tras 13 temporadas en la NBA, también cayó hasta lo más profundo. En 1993, este hijo de un mecánico de coches llegó a la élite como gran promesa y figuró durante un tiempo entre los mejores del mundo. Fuera de las canchas, dilapidaba su fortuna en locales de estriptis y casinos. Perdió un millón en una sola noche jugando al blackjack en Las Vegas. A lo que hay que añadir sus adicciones a la marihuana, a las pastillas y, sobre todo, al alcohol.
Baker llegó a tal nivel de adicción que llenaba de ron una botella de plástico para echarle tragos a escondidas durante los partidos. Lo pillaron, cambió de equipo y le dieron varias oportunidades, pero nunca aguantó mucho sin beber. Solo logró dejarlo en 2011, tras su quinta terapia de desintoxicación. Empezó una nueva vida…, pero sin los 97 millones de dólares que había ganado jugando al baloncesto. No le quedaba ni un centavo.
Si la cuenta está vacía y la necesidad apremia, hay quien cae incluso en la criminalidad: en 2021, el FBI destapó una red de fraude formada por 18 exjugadores de la NBA. Usaron recetas falsificadas para sacar millones de un fondo de salud que la Liga reserva para jugadores retirados. El cabecilla de la banda, que había ganado siete millones en sus años sobre la cancha, se enfrenta ahora a una pena de hasta diez años de cárcel.
¿Cómo se puede impedir que estas historias lleguen a producirse? «Hay que estar más pendientes de los jóvenes, llevarlos de la mano», responde Drew Hawkins, fundador en 2018 de la empresa Edyoucore, dedicada a organizar seminarios para deportistas profesionales.
Durante sus talleres, Hawkins les enseña el abecé de las finanzas: ¿cómo puedo encontrar al asesor adecuado? ¿Cómo me hago un plan financiero? ¿Qué porcentaje de mis ingresos debería ahorrar? Colabora con más de una docena de equipos de la NBA, también tiene socios en la NFL. Los costes de sus cursos corren a cargo de los propios equipos. Por lo general, las mujeres cuidan de su dinero mejor que los hombres, dice. «Las chicas, además de ganar menos, saben que tendrán que seguir trabajando cuando dejen el baloncesto», concluye Hawkins.
© Der Spiegel
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