Celos: con el calor se enciende la mecha
La peligrosa pasión del verano

Celos: con el calor se enciende la mecha

Los científicos, en principio, lo tienen claro: los celos son una reacción evolutiva natural que sirve para preservar la especie. Sin embargo, si es así, ¿por qué a veces se vuelven patológicos y destructivos? Se abre el debate.

Por Priscila Guilayn

Martes, 1 de julio 2025, 14:17

De pronto, alguien se convierte en el centro de nuestro mundo y la actividad química de nuestro cerebro cambia. Estamos enamorados. Aumentan la dopamina y la norepinefrina: la primera focaliza nuestra atención en quien nos ha robado el corazón y nuestros pensamientos; la segunda acrecienta nuestra capacidad para recordar nuevos estímulos: ¿qué ha dicho?, ¿me ha mirado?, ¿y cómo…? Esta tormenta emocional hunde a su vez la producción de serotonina, un neurotransmisor vital en la estabilización del humor y en la inhibición del enojo, de la agresividad, de la temperatura corporal, del sueño…

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Los pensamientos obsesivos se acentúan; hay pasión emocional y euforia, pero si algún obstáculo para la relación surge, por mínimo que pudiera parecer visto desde ... fuera, los sentimientos se superdimensionan, más aún cuando ese obstáculo se nos presenta bajo las formas de un tercero. Entonces sí, ante la posible irrupción de ‘otro’, de un competidor que nos eclipse, los celos entran en escena. Y, técnicamente, hasta aquí llegamos: después, al analizar las muy distintas reacciones que las personas tenemos ante el desagradable y punzante sentimiento de no sentirnos también nosotros el centro del mundo de quien lo es para nosotros, los interrogantes se multiplican.

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