Se cumple medio milenio del nacimiento de Giuseppe Arcimboldo, uno de los artistas más misteriosos y originales que ha dado la historia. Sus 'cabezas compuestas', formadas por frutas, verduras, animales... adelantaron las vanguardias en pleno siglo XVI.
María de la Peña Fernández-Nespral
Viernes, 27 de febrero 2026, 10:22
Arcimboldo lo tuvo todo. Trabajó al servicio de los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico, para quienes organizaba fastuosas celebraciones: mascaradas, torneos, bodas imperiales. Diseñaba ... vestuarios, construía maquinaria hidráulica para los espectáculos de la corte. Llegó a crear incluso una partitura de colores: un sistema para traducir armonías musicales en gradaciones cromáticas.
Pero sobre todo pintaba. Rostros humanos hechos de frutas, verduras, flores, animales, libros, peces. Cabezas que al girarlas 90 grados se transformaban en inocentes bodegones. El propio Rodolfo II, emperador del Sacro Imperio, se dejó retratar como el dios Vertumno: la cara, de melocotones; la barba, de espigas de trigo. Sus cuadros circulaban por las cortes de Europa como moneda de cambio entre reyes. Los poetas le dedicaban versos. Arcimboldo murió en 1593 en Milán, rico y admirado.
Y entonces desapareció.
Su nombre se evaporó como si nunca hubiera existido. Sus cuadros, considerados años después poco más que chistes extravagantes, se dispersaron, se perdieron, se olvidaron en sótanos húmedos y colecciones polvorientas. Y así fue hasta 1936.
Ese año, Alfred H. Barr Jr. –el fundador del MoMA de Nueva York– montó una exposición que iba a cambiar la historia del arte: Fantastic art, dada, surrealism. Entre las obras de Dalí, Miró y Max Ernst, tuvo la audacia de colgar los cuadros de un desconocido: Giuseppe Arcimboldo. El pintor del Renacimiento que había anticipado las vanguardias en el siglo XVI.
Desde entonces, su prestigio no ha dejado de crecer. Hoy, Arcimboldo es tan reconocible como Dalí. Sus exposiciones convocan multitudes: el público se entusiasma con esas cabezas mitad humanas, mitad vegetales que hunden sus raíces en la tradición milanesa de Leonardo da Vinci.
Giuseppe Arcimboldo nació en Milán en 1527 en una familia de artistas. Su padre, Biagio, era vidriero y pintor. Trabajaba en la catedral de Milán diseñando vidrieras, frescos y mosaicos. El niño creció entre fragmentos de vidrio de colores, teselas y paneles. Desde pequeño ayudó a su padre en los encargos. Aprendió a ensamblar piezas diminutas hasta formar imágenes completas. Esa técnica –juntar fragmentos para crear un todo– sería después la base de su obra.
La vida de Arcimboldo cambió en 1562, cuando se unió a la corte imperial de los Habsburgo, invitado por Maximiliano II. Allí encontró el ecosistema perfecto: una corte fascinada por la ciencia, los gabinetes de curiosidades, la zoología y la botánica. Lo habían contratado para hacer retratos convencionales de damas y caballeros, pero su verdadero éxito llegaría con algo completamente distinto: las 'cabezas compuestas'. Como buen artista poliédrico, en esas décadas también trabajó como diseñador, una suerte de escenógrafo, de bufón de la corte, que, igual que entretenía a los príncipes, diseñaba disfraces, así como los múltiples espectáculos que se celebraban en la corte imperial. Fueron sus años más prolíficos, cuando pintó su famosa serie de Las cuatro estaciones, en 1563, que se conserva en el Museo del Louvre. Retratos alegóricos donde los rostros humanos de perfil están formados por frutas para el del verano, flores para el de primavera, hortalizas en el de otoño y madera para el retrato de invierno.
Poco después, Arcimboldo pintó Los cuatro elementos, su otro gran conjunto: Fuego, Agua, Aire y Tierra. Ambas series tenían una intención propagandística clara: celebrar el poder de los Habsburgo y su dominio sobre la naturaleza. Una década más tarde, Rodolfo II –nuevo patrón de Arcimboldo y hombre tan excéntrico y culto como él– hizo llegar a su tío Felipe II de España varias versiones de estas obras. Cuatro Estaciones y varios Elementos fueron a parar a una sala del Real Alcázar de Madrid. Desgraciadamente no se conserva ninguna de esas pinturas salvo La primavera, una obra de grandísima calidad, propiedad de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en Madrid, y que es el mayor reclamo del museo junto con la obra de Goya. Además de este cuadro en colección pública, hay únicamente dos obras en España de Arcimboldo en la colección privada de la familia March.
Su huella fue indudable y su efecto fue tal que muchos artistas se rindieron a copiar su proceso creativo, sin aportar, sin embargo, nada nuevo a su personal estilo. El artista Philip Haas recreó en el año 2012 Las cuatro estaciones mediante gigantescas esculturas en fibra de vidrio, y Jeff Koons cubrió de miles de diferentes flores la gran escultura icónica de un perro de doce metros situada en la entrada del Museo Guggenheim de Bilbao.
Más allá de ser un pintor que dominaba su oficio, fue un artista atrevido, que, además, dominaba saberes como la botánica y la anatomía. Era un científico del detalle: cada flor, cada animal, cada espécimen que aparece en sus cuadros es botánica y anatómicamente correcto. Para pintar así hacía falta conocimiento enciclopédico, paciencia obsesiva e imaginación desbordante. Y tuvo la inteligencia de adaptarse a los gustos de sus patronos y de encontrar su nicho. «Muchas veces, en el arte, se trata de encontrar un hueco», asegura Miguel Falomir, director del Museo del Prado y antes conservador de pintura italiana. En efecto, encontró su personalidad, la de un pintor distinto que consiguió algo tan difícil como que sus cuadros sean inmediatamente reconocidos.
¿Estamos hoy en una época arcimboldesca? Podríamos pensar que sí, pues en la cultura actual de la inteligencia artificial nada resulta más atractivo que unir fragmentos de algo en ingeniosos collages para crear una imagen distinta y entregarse a 'arcimboldonear'.
Quizá las cabezas híbridas de Arcimboldo también nos estén recordando que no hay tanta distancia entre nosotros y la naturaleza: que nuestras narices se parecen a peras; nuestras mejillas, a las rosadas manzanas de sus retratos; o nuestros labios, a los bellos capullos de rosas de La primavera.
Tiziano es mucho más importante que Arcimboldo, pero ¿quién es capaz de reconocer sus obras a simple vista? Arcimboldo ha sido capaz de dar con el elemento distintivo que lo ha hecho famoso. Casi tanto como Leonardo. Aseguran los conservadores del Louvre que las obras más populares y las postales que más se venden, después de las de La Gioconda, son las de Arcimboldo. El artista milanés murió con 67 años, habiendo recibido todos los honores de su último patrón, Rodolfo II, que lo ennobleció, nombrándolo conde palatino.
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María de la Peña Fernández-Nespral
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