Esta podría haber sido una gran película, pero se quedó en batiburrillo de excesos, en otro intento de Álex de la Iglesia de ofrecernos una obra que saliera victoriosa sobre sus poderosos arrebatos operísticos al más puro estilo de El día de la bestia o Perdita Durango. Estamos seguros de que el presidente de la Academia de Cine lo conseguirá algún día, genio e ideas no le faltan; Balada triste de trompeta está rebosante de ellas y algunas son realmente hermosas, vistas en su entorno bizarro.
Convertir el Valle de los Caídos y sus siniestras esculturas en una suerte del monte Rushmore hitchcockiano de Con la muerte en los talones o, mejor aún, travestir la colosal cruz franquista en un Empire State Building donde dos bestias y una bella reproducen una castiza versión de King Kong es, sin duda, un gran final, como pocos del último cine español.
Sin embargo, uno se queda con la sensación de que podría haber sido maestro, con la ayuda del epílogo de esos dos payasos, la boca herida, la mueca brutal y deformada, que, sin poder distinguir entre risa y llanto, pero muy ferozmente, gritan.
Dos clowns enfrentados
Como en Muertos de risa, los protagonistas, interpretados para llevarse un Goya por Antonio de la Torre y Carlos Areces, son dos payasos enfrentados a muerte que De la Iglesia quiere que seamos todos nosotros, resumidos en nuestro gran drama. Y la mujer que se disputan, el objeto de su amor o de su deseo, los necesita a los dos como son; al cruel lo quiere salvaje y brutal, al triste, tierno y perdedor. «Si no fuera payaso sería asesino», piensan los dos.
Con tales materiales y partiendo del Madrid sitiado de 1937, con el Ejército republicano reclutando soldados entre la troupe del circo, con un payaso armado con un machete luchando en las calles, con los leones liberados de sus jaulas, el narrador mueve solo un número de la fecha y da el salto a la España del tardofranquismo de 1973 para crear imágenes de hondo lirismo, belleza brutal y humor vitriólico, utilizando materiales tan variados como un mordisco en la mano de Franco, la voladura del coche de Carrero Blanco, una película con Raphael, maquillado de payaso, o la lengua enhiesta de Carolina Bang, lamiendo su propia sangre, serpenteando en las sombras chinescas del placer.
Túrmix cinéfilo y vertiginoso
Las películas de la Hammer films, William Castle, El hombre que ríe, El despertar del payaso de Joe E. Brown, el Dr Phibes o Los Payasos asesinos del Espacio y su carrito de helados, son el túrmix cinéfilo y vertiginoso, a la vez veneno y ambrosía, de un guión al que le sobran vaivenes y caprichos, pero que incorpora ingredientes que merecerían un altar. Como ese momento en el que el payaso triste se mutila como quien se maquilla, con la plancha ardiente, haciéndose un traje de clown con la ropa de un obispo y unas bolitas de Navidad. Es como un cruce de un videoarte gallego de los ochenta con un gore norteamericano de los noventa más dos retales de Viridiana.
Por todo ello, aún lamentando el desperdicio general, Balada es una película que cualquier ojo inquieto debe ver, sin perder los primeros minutos, unos créditos maestros fustigados de estremecedora música de Semana Santa y que acompañan un escalofriante montaje, inquietante resumen icónico de cuatro décadas de historia, de Millán Astray a Raquel Welch, De Tip y Coll a Fraga, de Franco a Dalí.
«Balada triste de trompeta». España-Francia, 2010. Director: Álex de la Iglesia. Intérpretes: Carlos Areces, Antonio De La Torre, Carolina Bang, Santiago Segura, Sancho Gracia. Comedia dramática. 105 minutos.