Mantener el título en inglés de las películas norteamericanas para su estreno en España es una práctica absurda que cada vez tiene mayor alcance, como si un loco decidiera que la inmensa mayoría de los espectadores son bilingües. Dicho esto, como excepción, hay que reconocer que la ambigüedad del Two Lovers le sienta mucho mejor a la película que nos ocupa, y el título resulta más adecuado que la plana traducción de Dos amantes.
El director James Gray, especialista en películas de mafias protectoras y familias destructoras, como La noche es nuestra, pequeña joya poco conocida, ofrece ahora una historia intimista pero con el mismo ambiente asfixiante de sus anteriores filmes, que, en el fondo, no dejaban de ser thrillers vueltos hacia dentro, buceando en lo recóndito de personajes angustiados. Así que, cerrando el círculo, Gray construye en Two Lovers su mejor filme, hilvanando una historia de amor ciega como si fuese una serie negra y a partir del relato de Dostoievski Noches blancas, que ya tuvo varias versiones cinematográficas, la más célebre de Visconti.
Es curioso cómo la dualidad humana, el deseo de amparo, la culpa y el autocastigo cobran una forma cotidiana en este cuento negro donde el gran Joaquin Phoenix da vida a un personaje realmente dostoievskiano, un fotógrafo de paisajes sin gente, atormentado, escindido en dos, dubitativo hasta el dolor; un suicida que se enamora al tiempo de dos mujeres opuestas, una que le promete que lo cuidará y otra que necesita ser cuidada. A un Phoenix reconcentrado y de ojos oscuros como un pozo en el que arden luciérnagas le dan poderosa réplica Vinessa Shaw, esa actriz en alza que es como un cruce imposible de Nastassia Kinski con Hilary Swank, y Gwyneth Paltrow, a la que los treinta y muchos años regalan un vigor desconocido.
La película se debate entre lo sentimental y lo irreal, con referencias a Hitchcock y a Lynch; es melancólica, tristona, sucia y abrupta, con brutales momentos de humor negro que giran alrededor de la flaqueza humana, como aquel en el que el protagonista escucha por primera vez, con atención, una ópera, derramando una furtiva lágrima ante el incomprensible mundo de su amor imposible. Y nos obsequia con un tremendo y falso final feliz, amargo como la derrota, agridulce como la búsqueda del refugio perdido.