Una vez más, la evidencia. Hollywood dispara con el visor puesto hacia la taquilla, pieza fácil de cobrar si le das lo que pide, pero sobre todo si logras descafeinar lo suficiente un producto para evitar las temibles R de restricted que cortan el paso a miles de clientes, empezando por abajo. Esa Norteamérica hipócrita que utiliza la bandera de la moralina para la galería mientras hace de la violencia casi un modo de vida. Si Universal quisiera actualizar el mito del licántropo a partir del clásico de 1941 El hombre lobo , a cargo de Curt Siodmak, habría realizado una inmersión al estilo de Coppola con Drácula de Bram Stoker (1992), trastocando hasta un punto irreversible la iconografía clásica sobre el príncipe de las tinieblas. O como hizo Kenneth Branagh con Frankenstein de Mary Shelley (1994), aunque sin llegar a la altura de aquel.
Cierto que en este El hombre lobo hay miembros cercenados y algunos golpes de efecto, pero ni basta ni es suficiente, ya que el principal problema de la nueva versión está en el guión (de estructura tan canónica como previsible) y en la elección de Joe Johnston como realizador. Aún sin negarle capacidad para rodar con elegancia, carece del gen del riesgo. Su currículo tampoco engaña y en su filmografía hay, entre otros, títulos como Cariño he encogido a los niños, Jumanji y Océanos de fuego, suficientes para descartarlo en el género de terror si la intención no fuera otra que descafeinar al hombre-lobo.
Estamos en medio de la campiña en la Inglaterra victoriana, con un señor que habita en una gran mansión y un pueblo que se ve amenazado en las noches de luna llena por un gran depredador, un hombre convertido en lobo. La maldición asegura que quien sobrevive herido a uno de sus ataques acaba convertido en licántropo.
Óptimo acabado visual
Hasta ahí nada que se ignorara, pero en vez de optar por una puesta al día real, con la carga de sexo y violencia que implicaría, Universal optó por lo más cómodo, reunir a un sólido reparto y fichar a algunos de los mejores especialistas en el área artística para que sus imágenes resplandecieran en pantalla. En vestuario, la elegida fue la italiana Milena Canonero, Oscar por Carros de fuego, Barry Lyndon y Maria Antonieta . De los efectos de maquillaje se encargaron el ya mítico Rick Baker, que acumula seis Oscar, entre ellos la memorable Un hombre lobo americano en Londres .
Con semejantes mimbres, el resultado visual estaba garantizado y así es, pero la limitación de Johnston al mover la cámara hace que apenas se disfrute. Le falta inteligencia para aprovecharlo sin relamerse, lo cual sería igualmente nefasto. Qué habría logrado Coppola. O Chris Nolan e incluso David Fincher. Claro que ninguno se habría plegado a las exigencias de Universal. Hay algo que sí está logrado: la atmósfera de terror gótico al estilo de la añorada Hammer. Ahí aciertan. En cuanto a los actores, desaprovechados. Comenzando por Anthony Hopkins repitiéndose a sí mismo. Se salva Del Toro por razones obvias.