«Una película es sueño». Con esa rotunda declaración de principios comienza Nine, que es un homenaje musical dedicado al mundo de Federico Fellini, un hombre que soñaba películas y las hacía en estado de permanente ensoñación. Nine fue un musical de Broadway inspirado en Stardust memories, el tuneado que Woody Allen le hizo a la película Ocho y medio de Fellini. Así que Rob Marshall, director de Chicago, versión cinematográfica de otro célebre musical de Broadway, ha tenido muy en cuenta todos estos referentes para acometer su particular versión de Nine. Y le ha salido un revoltijo entretenido, un agradecido digest sobre Fellini, con algunos momentos buenos, pero solo templado en su conjunto, agradable de ver, resultón, y, quizás, muy pronto, olvidable. Un sueño menor, seguramente.
«La mejor forma de matar una película es hablar de ella» dice, en Nine, Daniel Day-Lewis que interpreta a Marcello Mastroianni que interpretaba a su vez a Fellini en Otto e mezzo. Y es verdad, Fellini odiaba las críticas, las vivisecciones. «Aún estoy intentando entender mi anterior película», le dijo a Oreste de Fornari en una entrevista y este le contestó que el público también. En 1962, Fellini había dirigido siete películas y media, es decir siete largos y dos sketches de otras, y con su película número ocho y medio se enfrentaba a un impase creativo. Así que decidió hacer un resumen de sus obsesiones en primera persona: la patria perdida de la infancia y el norte desorientado alrededor de la fiebre carnal de su imaginario femenino. Después de Los inútiles , La Strada, Las noches de Cabiria o La dolce vita, en Otto e mezzo Fellini rompió, definitivamente, amarras con el cine naturalista y, desde entonces, sueño y realidad se confundieron para siempre en sus películas.
Hay que hablar de todo esto para entender mejor Nine, pues, sin saberlo, la disfrutaremos menos, quizás incluso la veremos solamente como un musical bien resuelto, lleno de estrellas, que divaga sobre la crisis creativa y el amor y que se queda, finalmente, plano.
Y es que Nine, a veces, se nutre de la película de Fellini, sin complejos, como sucede en la secuencia del flashback del encuentro en la playa del niño con la carnal ogro Saraghina. Pero tiene claras deudas con muchos otros musicales, como el fantasma de Cabaret y Bob Fosse en el número de Be italian, realmente brillante, con medias, rojo y arena, pero poco felliniano.
En realidad, visualmente, en sus números musicales, la película no tiene mucho que ver con el mundo Fellini y nos puede parecer atractiva solo por todos los caramelos que ofrece. Ahí está Judi Dench diciendo que las ideas no aguantan la comparación frente a un culo del Folie Bergere, o Penélope Cruz llamándonos, en ligueros, desde el Vaticano. Nicole Kidman hace de diosa fría otra vez, pero no cuela de sueca y menos de Anita Ekberg.
Kate Hudson canta y baila bien, pero su meneo de flecos por pasarelas de Vogue y Martini se nos antoja evanescente. Marion Cotillard se esfuerza como Giulietta Massina, cantando que su marido enloquece haciendo películas, pero solo nos convence de verdad, cuando, fuera del registro musical, le dice a Fellini-Day-Lewis que «si no fueras tan glotón te morirías». Y Sofía Loren es toda una decepción, un pálido remedo, estirado y machacado por los Uva, de todas las mammas del cine.