Por delante de Tarzán, el conde Drácula, el monstruo de Frankenstein, el Zorro y Robin Hood, Sherlock Holmes es el personaje que con mayor asiduidad ha transitado el cine. Con una filmografía de 250 películas, el más célebre de los detectives tuvo casi 80 caras distintas, incluida una negra. Fueron Holmes un nutrido grupo de actores de la talla de John Barrymore, Raymond Massey, Basil Rathbone, Christopher Lee, Peter Cushing, Michael Caine, Christopher Plummer, Roger Moore o, nuestro favorito, Robert Stephens en La vida privada de Sherlock Holmes. Holmes es un icono de la cultura popular del último siglo, hecho con la pipa, el abrigo, la lupa, la gorra de cuadros y el doctor Watson, que es como otro adminículo del personaje. Dicen que cuando los aliados entraron en el búnker de Hitler, encontraron, entre otros entretenimientos, un par de películas del Sherlock alemán de los años treinta.
Si a Hitler y al resto de la humanidad les unía algo es que ese algo debe ser muy especial. De igual manera debe pensar la industria del cine cuando, 110 años después del estreno de la primera película basada en el personaje de Arthur Conan Doyle, vuelve a insistir en un tema tan analógico como la mente analítica. Este Sherlock Holmes que nos llega está muy tuneado, pero contiene todavía la esencia del detective más famoso de todos los tiempos, con sus frases-sentencia grouchianas del estilo: «A este hombre le gustan las mujeres ligeras y los caballos lentos». Holmes se ha enfrentado en el cine a Jack el Destripador, a la Reina Victoria y al mismísimo Freud y en las novelas lo ha hecho con otro tipo de supervillanos (mucho antes de que ese concepto existiera) del calibre del profesor Moriarty, que asoma aquí a la sombra de una secta satánica. Aunque lo parezca, la cosa no es tan disparatada, Conan Doyle era un fanático de los fenómenos paranormales y las ciencias ocultas, podemos verlo en la película Fotografiando hadas. Así que la licencia que se toman los guionistas de esta película tiene una sólida base, como la muy bien manejada documentación y ambientación de la cinta, en la que el Londres preindustrial casa bien con los efectos y fondos creados por ordenador. Hay mil pequeños detalles de la dirección artística que nos fascinan y nos atrapan, haciéndonos olvidar una realización excesivamente virtuosa y a la vez fatua y muy pedante. Y es que, como insiste el nuevo Holmes, «los pequeños detalles son los más importantes».
A pesar de ser muy neo-neo, este Holmes es también muy digno y divertido: la película está hecha con buenos retales, empezando por un casting envidiable. Robert Downey Jr. está excelente, antipático y tierno a la vez, a Watson le sienta bien ese pasado duro de un Jude Law militarote que quiere librarse de la influencia posesiva de su amigo, Rachel McAdams es de lo más cinematográfico y carnal que hemos visto en tiempo y Eddie Marsan recrea a un gran Lestrade ratuno. Además, la fotografía de Philippe Roussellot es un tratado pictórico digno de las antologías, y la música de Hans Zimmer, un derroche de talento mix de música irlandesa. Es lógico que con todos estos ingredientes saliera una película de esas que todo el mundo puede ver. Claro que como diría Holmes: «Común es el crimen, la lógica no tanto».