La infancia y el terror fusionan bien, especialmente en el cine. Todos somos de nuevo un poco niños cuando entramos en la sala oscura, para esperar el estremecimiento que nos provocan las historias de luz que emergen de las sombras. Así que cualquier película del género donde los niños son víctimas o verdugos, o las dos cosas a la vez, es, en principio, más efectiva que otras vertientes del cine de terror. Docenas de títulos de todos los tiempos nos vienen a la mente como La noche del cazador, Suspense o El exorcista.
Y como ya sabe cualquier cinéfilo, la lista ha aumentado en las dos últimas décadas, desde que aquel niño le dijo a Bruce Willis que a veces veía muertos, desde que Nicole Kidman cerró con llave las puertas para que sus retoños no vieran la luz, desde que un ejército de niños fantasmas con ojos rasgados, provenientes básicamente de Japón, se empeñaron en emerger de aguas fecales o manchas de humedad de casas desvencijadas.
La huérfana es otro jalón en la filmografía de película de terror con niños, dirigida con gran habilidad por Jaume Collet-Serra, un cineasta de origen español que trabaja en la industria yanqui y que ya nos ha regalado un excelente remake de La casa de cera, una de esas escasas y pequeñas obras maestras del género de los últimos años.
En cualquier caso, La huérfana le ha quedado ligeramente peor que la primera, seguramente porque, esta vez, Hollywood le apretó en la estandarización del producto. Aunque ese imaginativo uso de la iconografía de la sangre, en la nieve, con el vino, con la paloma blanca, ya lo quisiera para sí algún director de campanillas.
La película levantó en Estados Unidos una inefable controversia sobre el «ten cuidado a quien adoptas», ya que la jovencita huérfana llega a su nueva familia sembrando un caos bíblico entre los papás y los hermanitos.
Hay que decir que el guión es realmente retorcido y sombrío, también retrógrado, especialmente en su trampa final, y que la secuencia de la seducción del padre adoptivo con la niña maquillada va más allá de cualquier lolitismo. Aunque todo tenga su explicación en la coda del filme, una valentía así, en la pacata industria americana, solo se le permite a un cineasta «de fuera».
Isabelle Fuhrman, la chica que encabeza el casting, está realmente espléndida, aunque no sabemos si esa palabra se ajusta a las inquietantes sensaciones que nos produce. Y tiene un pequeño monólogo inolvidable, de claro discurso: todo el mundo es distinto de lo que los demás creen.