Si exceptuamos el ruido y la furia de los efectos especiales de las películas de acción, en general, el cine actual desaprovecha la expresividad de los sonidos, o el poder de su ausencia. Los tiempos de Bergman, Antonioni o Resnais semejan el recuerdo caduco de un mundo arteriosclerótico. Y sin embargo, el discurso de las pistas sonoras de las películas de los cincuenta y sesenta era mil veces más efectivo que las complicadas alquimias bacaladeras que sufrimos con el dolby. ¿Cómo entender a Bergman sin sus largos y angustiosos silencios? Todo eso parece haber muerto hoy, con los batiburrillos oscarizados a la mejor mezcla de sonido.
Por eso resulta un privilegio escuchar este Mapa de los sonidos de Tokio , donde desde la lluvia hasta los gemidos del placer nos emocionan como pocas películas lo han conseguido en los últimos años. «El silencio de un cementerio en verano no se parece a ningún otro silencio», dice el viejo narrador enamorado de la jovencita asesina que no es capaz de cumplir con su último trabajo: ella también se enamora de la que va a ser su víctima, un español dueño de una vinoteca de caldos españoles en Tokio, bautizada, en homenaje a Buñuel, Vinidiana. El narrador, voyeur que ha espiado toda la historia de su amada y que solo se relaciona con ella con los silencios y los ruidos, los guarda como un tesoro: graba el sonido que produce al sorber los fideos de la sopa, su respiración y también sus pasos. Pero nunca le dirá a la chica una sola palabra de amor, aunque en off nos confiese, mientras acaricia la taza de té de la que ha bebido su amada: «Nunca desee ser tanto otra persona».
Esa otra persona del triángulo, el español perdido en un Tokio más oscuro que la habitual ciudad de neón que estamos acostumbrados a ver en el cine, se reúne con la chica en un hotel llamado La Bastille, una hipnótica cárcel amorosa. Los amantes se refugian en la habitación rotulada como Los Vosgues, que imita el vagón de un metro, con sus asientos de cuero rojo y que transporta a los protagonistas hasta un mundo de juegos amorosos que Isabel Coixet rueda con maestría y donde los actores, Rinko Kikuchi, la chica ciega de Babel, y Sergi López, deslumbran por su valentía y autenticidad. El hotel del amor, sin recepcionista, automatizado pero retro, es todo un hallazgo de diseño. Nos remite al útero-habitación de la calle Julio Verne de El último tango en París , una película que Coixet homenajea sin miedo, con su mirada femenina; también en los diálogos de los amantes: «No sé quién eres, no sé nada de ti». En fin, que estamos ante un filme hermoso y complejo, que seguramente será incomprendido, pero que se sitúa a años luz de las películas anteriores de Isabel Coixet; mucho mejor que las ya óptimas historias de amor fou rodadas anteriormente en Elegy o La vida secreta de las palabras.