Puede que la obsesión de Michael Mann por la perfección, sobre todo su tendencia a repetir cuantas tomas sean necesarias, acabe restando alma a Enemigos públicos. Es más, quizá sobre en el reparto Johnny Deep, actor incuestionable, riguroso y convincente, sin duda alguna, pero quemado en exceso por sus tres entregas de Piratas del Caribe (la cuarta está en camino para el 2011, ahora sin Verbinski en la dirección) vistiendo al irrepetible capitán Jack Sparrow.
Pese a los esfuerzos de Deep por encarnarse en John Dillinger, no podemos dejar de pensar en lo poco que se parece al original, un icono de la cultura popular norteamericana y producto de la Gran Depresión, que Mann (es de suponer) buscó como principal reclamo de un filme que a priori era un desafío comercial para lo que demanda el público actual, en su mayoría juvenil y escorado hacia la simpleza ruidosa aunque bien facturada.
Invertir más de 100 millones de dólares en una empresa sin asegurarse su amortización no solo sería suicida, sino que simplemente nunca se rodaría tal como pinta ahora en Hollywood y en tiempos tan crudos para el dólar. Curiosamente a causa de la quiebra del sistema financiero (mírese sobre todo a los bancos), los mismos que llevaron a la Gran Depresión, de ahí que Dillinger tuviera estatus de héroe por atracarlos.
Fiel a los hechos
En uno de sus asaltos, un cliente se vacía sus bolsillos, y Dillinger le responde «No queremos su dinero sino el del banco». Enemigos públicos se ambienta en los años treinta, quiere ser (y lo es) una película fiel a los hechos originales, que parte del hándicap (nada despreciable) de que el espectador ya conoce a priori cómo acabó Dillinger. Cierto que de los tres o cuatro actores capaces de garantizar un éxito de taquilla, Deep es el más parecido al famoso criminal.
Dicho esto a juego con la comentada obsesión de Mann por mantenerse fiel a los hechos, y que lo llevaron a filmar en muchos de los lugares originales en donde transcurrieron las fechorías de Dillinger. La clave estaba en el guión. En poco menos de dos horas y media, Mann deberá recrear los últimos meses de Dillinger.
De manera impecable en lo formal, con un diseño de producción ejemplar, con su habitual brío narrativo (quizá abusando de la cámara en mano, al estilo reportaje), con una fotografía cuya paleta de colores tiende a los azules administrados con la brillantez de su operador habitual, Dante Spinotti. Y eso que Mann rueda con cámaras digitales de última generación, algo quizá excesivo para una película de época. Como ya sucedía con Heat o Collateral, dos obras de referencia en su cine, algunas secuencias de acción lucen una planificación ejemplar, manejando tiempos y espacios como pocos.
Eso hace de Enemigos públicos una película memorable, aún quedándose a un escalón de la obra maestra. Quizá si Mann rodara con una o dos tomas como Eastwood (ambientó en la misma época su reciente El intercambio , más intensa), su cine ganaría en emoción. Dos referencias finales al guión. Por un lado la relación sentimental de Deep con Billie (la francesa Marion Cotillard). Si bien transcurre tópica, Mann la enriquece con una agradecida pirueta final, suficiente para redimir a la película hasta colocarla a punto de obra maestra. La otra es el agente del FBI, Melvin Purvis, en la piel del siempre sensacional Christian Bale. Por alguna razón Mann lo mantiene a distancia, frío, sin dotarlo de los matices que sin embargo cede a J. Edgar Hoover. Concluyendo, es de las que valen la pena.
«Enemigos públicos». EE.?UU. 2009. Director: Michael Mann. Actores: Johnny Deep, Chistian Balle, Marion Cotillard Duración: 140 minutos.