Dice el mito del artista que todo genio tiene un algo de loco visionario, de desequilibrio interior que le hace llegar a crear algo (una pintura, un escrito, una instalación...) que el común de los mortales no pueden compartir sino contemplando sus obras.
Philippe Petit, funambulista francés de innegable carisma, responde al punto a esta definición. Hombre obsesionado con escalar y caminar sobre un vacío cada vez más alto, danzó sobre el alambre en Notre Dame, en el puente de Sídney... en una escala ascendente que culminaría en 1974 con su mayor odisea, en su paseo entre las torres gemelas del World Trade Center.
Un largo proceso
El documental relata el largo proceso hasta conseguir este fin, camino iniciado al conocer el proyecto de las torres, una obsesión que no le abandonará en ningún momento de su vida y a la que arrastrará a amigos, novia y cómplices varios, todos subyugados por su personalidad, en una hazaña a medio camino entre la locura y la heroicidad. Se erige así en líder de una banda intercontinental (franceses, australianos, americanos), con la que planea al milímetro el «asalto» a las torres, de modo tal que el propio filme consigue mantener un ritmo y tensión cual la mejor película de atracos.
Las entrevistas a los protagonistas alternan con algunas reconstrucciones (pocas) e imágenes de archivo (muchas), pues la aventura fue exhaustivamente documentada y fotografiada por el grupo, lo que a su vez dio origen al libro en el que se basa el documental.
Petit nos brinda una performance, una obra de arte perecedera cuya naturaleza radica en parte en su propia transitoriedad, en captar la belleza del momento en un lugar y situación concretos, para el caso una pequeña mancha voladora que a 450 metros de altura surcó los cielos desafiando a la muerte. Tal y como dice el propio artista, «la vida debería vivirse siempre al límite», en una permanente cuerda floja.
Legado hoy irrepetible de una Nueva York previa al 11-S, el filme añade una reflexión final sobre el éxito, lo que supone conseguir el sueño anhelado y los cambios que conlleva, en boca de unos personajes que aún hoy día nos contagian un entusiasmo desbordante hasta el punto de que el espectador no puede sino quedar extasiado ante este paseo sobre el vacío. Después de todo, ¿quién no soñó alguna vez con volar?