La última película de Chus Gutiérrez, autora de Sexo oral , El calentito o Poniente , es una sencilla y noble crónica de convivencia entre culturas, algo muy útil para tiempos de intolerancia como los que vivimos.
En Retorno a Hansala, el dueño de una funeraria de Algeciras lleva el cuerpo de un inmigrante, ahogado tras el naufragio de la patera en la que viajaba, hasta su pueblo de origen, en la montaña de Marruecos. En el viaje le acompaña la hermana del fallecido, que trabaja en España «metiendo peces en cajas». «Hacemos el mismo trabajo» le dice el funerario a la chica. Es el primer gesto de reconocimiento entre los dos, después del desencuentro inicial. «Yo me encargo del trabajo sucio, pero alguien tiene que hacerlo. ¿Piensas que soy un monstruo?», le pregunta el andaluz a la marroquí, avergonzado por el dinero que ganará traficando con la desgracia de los demás. «No, eres como todos, tienes tus razones», contesta ella, con frase digna de Renoir. En la sencillez de diálogos como este y en las interpretaciones, con la empatía evidente de los actores, es donde la película se gana al espectador sin ninguna dificultad.
La historia hace el camino de cualquier road movie, con los interludios necesarios de todo viaje iniciático: hay problemas de idioma, de papeles en la frontera, un robo con el posterior abandono de los protagonistas en el desierto y el paseo por los mercados de la zona, exhibiendo la ropa de otros ahogados para que sus familias los identifiquen. Es curiosamente atractiva la relación mórbida de la pareja protagonista: la muerte los une y lo preside todo. «En la vida, solo hay una cosa definitiva y vivimos de ella», dice un empleado del protagonista, interpretado con su inteligencia habitual por Antonio de la Torre. Retorno a Hansala es, en definitiva, una agradable sorpresa, por su espíritu neorrealista y por unas excelentes encarnaciones de José Luis García Pérez, sin duda un veterano en alza, y de la debutante Farah Hamed, de mirada tan franca que apabulla.