La moda de las parodias alcanza también a las películas de animación, aunque no debemos olvidar que desde la incipiente factoría Disney de los años treinta ya se burlaban de los cuentos de hadas, con sus inolvidables y eternos cortometrajes de la Silly Simphonies y las Merry Melodies . El reino de los chiflados cabalga con inspiración entre aquellas pequeñas obras maestras y el espíritu de Shrek y lo hace con una estética próxima a Disney pero también propia, distinguiéndose en su diseño, más agresivo, de las actuales producciones americanas.
El reino de los chiflados
resulta una pequeña joya, lastrada por un doblaje al castellano desafortunado que incorpora expresiones del tipo «Hasta luego, Lucas». Pero, por lo demás, no hemos dejado de sorprendernos durante todo el metraje de la loca carga surrealista que conlleva la resolución de cada escena. El delirio ya reside en el propio argumento, donde el Yeti retoza feliz por las nieves, maleducado, incorrecto e insolidario, hasta que el Diablo lo convierte en un Fausto de tres al cuarto y le manda raptar a la princesa Sissi, como moneda de cambio de su condena. Así que todo es posible con tal arranque, con abundantes homenajes cinéfilos bien articulados. Tenemos, por ejemplo, a King Kong, con el protagonista subido a la aguja más alta del castillo de Ludwig y las faldas de la princesa que mece el viento musical a la manera de La tentación vive arriba o el baile erótico a lo Dietrich-Helmut Berger de La caída de los dioses. Las muy perversas connotaciones sexuales que salpican toda la película crean una atmósfera que los niños no van a entender, pero que será perturbadora para los adultos. Los continuos juegos masoquistas de la pareja real y la de la más veterana compuesta por el Mariscal y la madre del emperador son un prodigio de sugerencias muy divertidas como ese juego de golf con frutas del bosque que van a parar a la boca de Sissi.
En fin, una de las sorpresas del año que responde a la involuntaria declaración de amor del Yeti a Sissi: «Sabrosa y salvaje».