La Voz de Galicia

En Collioure, ante la tumba de Machado

Vigo

SOLEDAD ANTÓN VIGO / LA VOZ MIS MEJORES VACACIONES

Del día que saludó a Gagarin no hay constancia gráfica por ser un viaje clandestino

24 Jul 2011. Actualizado a las 06:00 h.

Xesús Alonso Montero realizó el que llama «mi gran viaje» en el año 62. Aquella semana y pico que pasó en Rusia, primero en Moscú y luego en San Petersburgo (entonces Leningrado), no fueron unas vacaciones al uso, sino un viaje iniciático. Acababa de ingresar en el Partido Comunista, que decidió incluirle en la delegación que asistiría clandestinamente (como era el propio partido en aquella época) al Congreso Mundial de la Paz. «Allí tuve oportunidad de saludar a Gagarin. Desde entonces no me he vuelto a lavar la mano», ironiza. «Y estuve a cuatro metros de Nikita Kruschev, que inauguró el encuentro».

Curiosamente, de viaje tan señalado en su vida no tiene ni una sola imagen. «El partido nos prohibía hacer fotos. No hay que olvidar que éramos clandestinos», afirma. Tanto que hasta París fue con su pasaporte real, pero a partir de allí, siguiendo instrucciones, exhibió uno falso. Como buen cervantófilo se hacía llamar Alonso Quijano.

Las medidas de seguridad llegaban a tal punto que, una vez en Moscú, ni entre ellos, salvo que se conocieran muy mucho, podían hacerse confidencias por si en vez de con el camarada que imaginaban, en realidad estaban intimando con algún infiltrado. Al final, después de someterse mutuamente a la prueba del nueve entre ellos, unos cuantos terminaron intercambiando información. De política sobre todo, pero también de literatura. Recuerda entre otros intercambiadores a José Agustín Goytisolo o al editor Ricard Salvat.

Entre conferencia y conferencia, tuvieron tiempo para hacer turismo. Por supuesto, para visitar el Hermitage, para hacer escala en la biblioteca Lenin y hasta para asistir a un examen de actores (aún no se llamaba casting) una noche un poco loca en un teatro moscovita.

El caso es que como no existe constancia gráfica de aquel viaje, y dado que la fotografía es condición sine qua non en esta página, Xesús Alonso Montero busca en su memoria (poco, porque Collioure era su segunda opción) otro viaje que le dejó huella.

Curiosamente, tampoco en este caso tuvo nada que ver con vacaciones, sino con un congreso sobre el exilio que se celebró en Barcelona hace doce años. El programa de la cita reservaba para el último día un homenaje a Antonio Machado, así es que estando tan cerca de su tumba (que comparte con Ana Ruiz, su madre) se imponía cruzar la frontera y plantarse en Collioure.

A Alonso Montero le temblaba todo cuando se vio ante la lápida del hombre cuya vida y obra, dice, «han condicionado las mías». Con Cervantes y Rosalía de Castro han sido (siguen siendo) sus nombres propios imprescindibles. «Yo llegué al marxismo por un discurso que hizo Machado en Valencia en el 37», dice. «Plantarse ante la tumba del hombre al que le debes tu dignidad no es fácil de explicar».

Tiene el profesor Montero en su despacho la foto de otra tumba que, en parte, también es de Machado, la de Leonor en Soria. Saca a relucir el nombre de la que fue su mujer porque, de pronto, recuerda una conversación con un médico jubilado, que le mostró lo que considera dos joyas, sendas papeletas de Francés, de primero y segundo de Bachillerato, firmadas por Antonio Machado. «Me contó algunas cosas que aún no publiqué», dice.

Sin solución de continuidad, regresa don Xesús mentalmente a Collioure. Recuerda la emocionada conferencia de Montalbán, que cerró el congreso, y recuerda la inmensa satisfacción de haber tenido la oportunidad de hablar con Adolfo Sánchez Vázquez, al que admiraba en la distancia. «Definitivamente, fue aquel un viaje de una intensidad extraordinaria», concluye.

«La vida y la obra de Antonio Machado han condicionado las mías»


Comentar