La Voz de Galicia

Democracia sin prejuicios

Vigo

GONZALO J. ORDÓÑEZ PUIME

OPINIÓN | O |

06 Jun 2003. Actualizado a las 07:00 h.

UNA DE LAS excelencias de la Democracia, como el más perfecto de los sistemas políticos, es su capacidad de corregirse. Corregir sus quiebras. Siendo los prejuicios los más feroces enemigos. Constituye ello la base de todo sistema judicial, de cualquier código ético y ha de ser también del sistema de participación política. Sólo la Justicia puede limitar estos derechos, como ha ocurrido en el País Vasco, pero no por higiene política sino por la salud democrática, cosa bien diferente. Los partidos políticos convencionales interpretan equivocadamente la irrupción de iniciativas independientes, es decir sin adscripción formal previa, como cuerpos extraños y ajenos al sistema. Esto no es cierto. Primero, porque la facultad de asociación es un derecho constitucional y por lo tanto legal y digno de protección. Pero además también es un derecho lícito. A cualquier ciudadano por el simple y noble hecho de serlo, le cabe el honroso derecho y hasta diría deber de luchar por el bienestar de sus convecinos, ofreciendo sus medios, postulando sus servicios y recabando el apoyo popular, base esencial de la Democracia. ¿Qué subyace en esos prejuicios? Sin duda la constatación de que no siempre todos y cada uno de los partidos aciertan a interpretar el sentir de una sociedad. Más aún, el rechazo a aceptar esa asintonía se ha producido. En nuestro caso particular, cuando más de 3.000 porriñeses -un tercio del electorado- refrenda a un grupo humano al que une el cariño por su pueblo, y le otorga tan importante mandato no puede merecer en Democracia reproche alguno de quienes no han acertado a ganar su confianza. El ser escuchada ha sido anhelo de toda sociedad. Y si lo que es hoy España fue cuna del primer parlamento, aquellas famosas Cortes de Navarra y Aragón de 1134, Castilla de 1169 y León de 1188, en donde el pueblo podía hacer oír su voz, si bien mediatizado por equívocos representantes, hoy ese mismo anhelo elevado a norma fundamental en la Carta Magna (artículos 6, 22 y 23) ha de ser faro que ilumine el mar democrático. Porque Democracia es dialogar, reflexionar, escuchar y decidir en función de lo que nos ofrecen. Así, cuando ese ejercicio electoral de reflexión y decisión ha tenido lugar, sólo cabe a los partidos analizar la situación y decidir en consecuencia, sopena de atar su destino y singladura al de aquellos capitanes que todavía maniobran en busca de más procelosas tempestades, ofreciendo sus amuras al embate de sus adversarios. O lo que es más grave, cuando se ignora el clamor popular y se da prevalencia a fuerzas adversas convencionales, por el simple hecho de serlo, sobre aquéllos vecinos que amparándose en nuestra Constitución han sabido ganarse una confianza y un respaldo que los validos no han sabido ni podido.


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