MARSHALL
Vigo
MIGUEL Á. RODRÍGUEZ CONTRAPUNTO
17 May 2001. Actualizado a las 07:00 h.
Las maneras (buenas o malas) perduran en el tiempo como el aroma del buen vino. Álvarez Cascos fue en su día el Alfonso Guerra de Aznar, el látigo que todo presidente necesita a su lado. Como Guerra, también acabó abrasado por los suyos. De la vicepresidencia del gobierno pasó a ser el último en las quinielas por la sucesión y sólo su habilidad personal le mantuvo al frente de uno de los ministerios «poderosos». Pero al titular de Obras Públicas no se le olvidan las formas. Con Vigo le aflora el ramalazo guerrero que lleva dentro. El ministro no contestó las peticiones de tregua que remitió el alcalde vigués, le negó una entrevista personal y, ya en Madrid, humilló de nuevo a Castrillo enviándole a un subsecretario como interlocutor. Apenas unos días antes se abrazaba al socialista coruñés Francisco Vázquez y, días después, se negó a entrar en Vigo cuando inauguró desde Porriño las obras de la autopista. Cascos despachó a la cohorte municipal con un «¡nos vemos en septiembre!» y cuan Mr. Marshall se marchó pitando. Ayer, Figueroa, el portavoz municipal del PP, recién estrenado en el puesto pero ya sabio en los quehaceres consistoriales, tuvo su momento de gloria. La jugada política era perfecta. Escenificada una evidente falta de relaciones con Vigo, nadie mejor que el representante local del PP para hacer comprender al ministro la necesidad de gastarse aquí los cuartos. Pues bien, ahora ya no hay disculpa. Si Cascos no invierte en las heridas que siguen abiertas en esta ciudad, su responsabilidad acaba de convertirse también en la de su partido.