Dan Brown presenta una España subdesarrollada en «Fortaleza digital»
Televisión
24 Aug 2005. Actualizado a las 07:00 h.
Los hospitales apestan a orines. Tienen catres en lugar de camas. Los policías son corruptos y son habituales los sobornos. Hacer una llamada internacional es una odisea y el regateo es practica común en los mercados. ¿Hablamos de alguna republica bananera? ¿De algún país sacudido por la guerra o en plena posguerra? No. Es la España de la década pasada, según el deformante prisma de Dan Brown. El autor del archifamoso Código Da Vinci retrató esta tenebrosa realidad en su primera novela, escrita hace un decenio y ambientada parcialmente en Sevilla. Se titula Fortaleza digital ( Digital Fortress) y estará en las librerías españolas en marzo publicada por Urano. A las librerías estadounidenses llegó en 1996 y marcó el primer éxito americano de Brown, a quien la fama global le llegaría un decenio después con el «efecto Da Vinci» que convierte en oro todo lo que escribe. El libro exploraba ya la fascinación de Brown por los códigos cifrados, las agencias de inteligencia y el entonces emergente fenómeno de internet. Pero retrata una España decididamente tercermundista en la que fracasa la tecnología, la sanidad es deplorable y la corrupción es un hábito. «Un pulmón perforado era fatal, quizá no en lugares del mundo más avanzados médicamente, pero en España era fatal» se lee en la novela de Brown, que arranca con una muerte en Sevilla, ciudad en la que Brown no debió tener una feliz estancia en función del retrato al que dio pie. Siniestro Becker, el protagonista, es testigo de una muerte en la sevillana Plaza de España y visita un hospital. Fantasmal y patético, según la descripción: «La clínica de la Seguridad Social era como un siniestro set montado para una película de terror de Hollywood (...) El aire olía a orina... Una mujer sangrando... Una pareja joven llorando... Una niña rezando... Becker llegó al final del oscuro vestíbulo. La puerta de su izquierda estaba ligeramente entreabierta y la empujó. Estaba vacío, excepto una vieja marchita, desnuda en un catre, esforzándose con su orinal de cama». Comunicaciones Hacer una llamada internacional en esa España es una odisea. «Como en una ruleta, todo depende del momento y de la suerte», escribe. Practicar el turismo en esa siniestra Sevilla es como jugar a la ruleta rusa y visitar la Giralda puede costarnos la vida. «Las escaleras eran empinadas, aquí habían muerto turistas. Esto no era América, no había señalizaciones de seguridad, ni pasamanos ni avisos sobre pólizas de seguros (..) Si uno era los suficientemente estúpido para caerse, era tu propia culpa. Independientemente de quien construyó las escaleras».