La Voz de Galicia

La maldición de «El exorcista»

Televisión

Fernanda Tabarés redacción

La muerte del primer director, la sustitución del segundo, el abandono del protagonista o los desajustes económicos marcan la precuela del célebre filme de Friedkin.

19 Mar 2004. Actualizado a las 06:00 h.

?e El exorcista -William Friedkin, 1973- ha quedado para la posteridad tanto el chorro de vómito verde que eyectaba por la boca la endemoniada Linda Blair como el desasosiego espiritual del padre Carras. Un equilibrio entre lo gore y el terror psicológico al que no consiguieron acercarse las dos prescindibles secuelas que se rodaron con posterioridad y cuya búsqueda ha convertido en un infierno el rodaje y postproducción de El exorcista: los inicios la, en principio, prometedora precuela del clásico de Friedkin en la que la productora Morgan Creek empezó a trabajar en 1997. La muerte del primer director, la sustitución del segundo, el abandono del protagonista, la media docena de escritores que revisaron el guión y los problemas presupuestarios han proyectado una sombra maldita sobre una cinta ambientada en los años posteriores a la II Guerra Mundial. Hace siete años, James G. Robinson encargaba a William Wisher, guionista de Terminator 2 , la historia del padre Merrin, al que en la película de 1975 daba vida Max von Sydow. Se trataba de dibujar el perfil del sacerdote joven en la época en la que tiene su primer encuentro con el demonio. El resultado no satisfizo al productor, que echó en falta alguna muestra más del terror psicológico del filme original. Caleb Carr, el reputado autor de ciencia ficción neoyorquino - The alienista -, rehizo el texto y actuó como gancho para que John Frankenheimer - El hombre de Alcatraz - se convirtiera en director de Los inicios y Liam Neeson en el joven padre Merrin. Pero en el verano del 2002 Frankenheimer moría de una apoplejía y Neeson dejaba de creer en el proyecto. Llegó Schrader A pesar del severo contratiempo, Morgan Creek decidía confiar en un nuevo director. Paul Schrader -guionista de Taxi driver y director de American gigoló - se hace cargo de la película y apuesta con firmeza por la tensión psicológica en detrimento de las cabezas giratorias y las balas de vómito verde. A Schrader le interesaba sobre todo hacer un ejercicio de introspección psicológica en la mente del padre Merrin, al que al principio de la película se situó en Holanda, ejecutando la orden de un superior nazi que le mandaba matar a diez personas para vengar la muerte de un soldado alemán durante la ocupación. La apuesta de Schrader debió de ser tan franca que, cuando los productores revisaron las primeras, pruebas echaron en falta algún toque más gore . «La película no aterroriza lo suficiente», sentenció el señor Robinson. El desencuentro entre la productora y el director fue in crescendo hasta que la primera decidió contratar un nuevo director. Renny Harlin puso sus condiciones: un nuevo guión, nuevos actores y más acción.


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