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César Wonenburger

Un disco con dos sinfonías que seducen al oyente y reflejan las cualidades musicales y personales de sus autores

09 Aug 2002. Actualizado a las 07:00 h.

Las obras que inician esta interesante colección de grabaciones a cargo de la Sinfónica de Galicia muestran lo alejados que a veces se encuentran los gustos de los no siempre bien llamados «entendidos» y los del público en general. Cuando Ludwig van Beethoven (1770-1827) publicó la partitura de su Segunda sinfonía , en 1804, hubo algún genio que escribió acerca de esta obra: «Monstruo mal parido... que incluso mientras pierde su sangre (en el final) rabia y golpea en vano alrededor suyo y de su cola agitada». Nada más alejado de la realidad. Si bien fue compuesta durante uno de sus periodos personales más tormentosos, la Segunda sinfonía está, en cambio, llena de saludable buen humor. Sorprende comprobar cómo, mientras el hombre, cada vez más sordo, pensaba seriamente en suicidarse, el artista era capaz de crear una música que comunica una jovialidad desbordante. Beethoven, además, ya comenzaba entonces a romper amarras con la tradición para explorar nuevos caminos expresivos. Romanticismo Justamente lo contrario de lo que le ocurriría a Antonin Dvorak (1841-1904). Al compositor checo se le acusó siempre de permanecer anclado en el romanticismo cuando lo que comenzaba a llevarse era la ruptura pura y dura con el orden musical establecido. Dvorak se comportó al revés de lo que se esperaba de él, de ahí que muchos estudiosos, y no pocos de sus propios colegas, le negasen el pan y la sal, que el público le proporcionaría toda la vida con generosidad. En lugar de embarcarse en aventuras que, como luego se vio, acabarían en algunos casos propiciando el definitivo alejamiento entre las propuestas de unos compositores encerrados en sus torres de marfil y un público poco receptivo a los nuevos mensajes, el autor de la conocida Sinfonía del nuevo mundo quiso establecer puentes de comunicación entre la música popular y la mal llamada clásica. La Octava de Dvorak, estrenada en 1890, es una obra serena, de un profundo lirismo, que refleja la capacidad de su autor, para crear melodías sencillas y bellas, de esas que seducen al oyente despreocupado e impacientan a los críticos más severos. Su tercer movimiento, el célebre Allegretto grazioso , incluso se ha incluido en la banda sonora de alguna película.


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