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Miguel Cabanela: «He operado a más de un rey»

El doctor, que operó la cadera de Juan Carlos I, es un gallego al que 50 años en Estados Unidos no le han erosionado ni un gramo de retranca

La Voz de Galicia

El doctor Miguel Cabanela (Mondoñedo, 1942) se presenta en el parador de Ribadeo en pantalón corto y con una camiseta de Costa Rica. Parece un turista despistado, pero es uno de los grandes médicos que han salido de Galicia, aunque su popularidad le vino por operar la cadera de Juan Carlos I. Se toma una tónica frente al Cantábrico y contesta a todo con las dosis de humor necesarias. Cabanela es un gallego al que 50 años en Estados Unidos no le han erosionado ni un gramo de retranca.

-¿Qué tal las vacaciones, a qué dedica estos días?

-A leer, a pasear. A mi hijo le gusta ir a pescar, pero a mí no. Así que voy de paseo, sobre todo con mi mujer.

-¿No se baña?

-No me gusta meterme en el agua porque está muy fría.

-Seguro que menos que en Rochester, donde usted vive.

-Seguro, pero es que allí tampoco me baño, ja, ja. Los inviernos los pasamos en Florida y allí sí que me baño.

-¿Cómo recuerda su infancia?

-Era un niño normal, aunque hacía bastantes diabluras. Tuve unos padres muy rígidos, por lo que debía moverme en unos parámetros muy limitados. Aunque me los saltaba con relativa frecuencia.

-¿Recuerda alguno de esos «saltos»?

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-Sí, claro. Una vez iba con mi primo César Cunqueiro, despendolados en la bici, y él se metió entre las faldas de un cura que se llamaba José María, pero al que llamaban Fondoso. Y mi primo le dijo: «Perdone don Fondoso», lo cual convirtió una afrenta en algo ignominioso, ja, ja. Pero yo no llegué a los extremos que llegaban mis tíos. La madre les guardaba los zapatos para que no pudieran salir a la calle y ellos salían por el tejado con los zapatos de sus hermanas, que eran de tacón, ja, ja.

-Tiene usted un tío muy ilustre, don Álvaro Cunqueiro.

-Sí. Era mi padrino, más que tío. Estaba casado con una hermana de mi madre. En mi biblioteca tengo toda su obra, y muchos de sus libros, dedicados. Yo le tenía un cariño especial. De pequeño, iba mucho con su hijo y con él a pasear y siempre tenía algo interesante que decir. Yo creo que nunca me perdonó que me fuera a Estados Unidos.

-Cuando se fue, ¿ya pensaba en quedarse allí?

-No, siempre pensé en volver. Pero dése cuenta que, profesionalmente, estaba en un lugar excepcional, en la clínica Mayo. Cuando volví, eran los últimos años del franquismo y aquí no podía hacer las cosas para las que estaba preparado.

-Dicen que habla inglés con acento gallego, ¿es eso posible?

-Desde luego. Yo lo hago. Tuve un residente francés que era un fenómeno imitando. Un día le escuché imitándome a mí. Y sí, hablo inglés con acento gallego.

-También he leído que tiene un escudo propio en su despacho.

-Todos los cirujanos tenemos un identificativo, un escudo que diseña cada uno. El mío es un paraguas, una gaita y unos zuecos. La idea fue mía, pero lo diseñó mi mujer.

-Su mujer es famosa por las cenas que prepara.

-Cuando viene gente de España solíamos invitarlos. No le gusta cocinar, pero lo hace muy bien. Hace un caldo gallego sensacional.

-¿Cómo le explica Galicia a la gente de allí?

-Digo que es verde y con un clima templado, parecido al estado de Washington. El paisano de aquí no es tan diferente al granjero de Minnesota.

-¿Sigue en contacto con el rey emérito?

-Hace un año que no sé nada de él. A mí me llamaron para resolver un problema y el problema está resuelto. Yo no veía necesidad de mantener el contacto y él tampoco la ha visto.

-Será usted monárquico.

-No, no soy monárquico. Era un paciente como los demás, pero en mi vida he tenido un dolor de cabeza tan grande. En parte, por ustedes, los periodistas. Yo no podía andar solo por Madrid. Además, he operado a más de un rey.

-¿A qué otro rey?

-Al rey de la pizza, un italiano que era un cascarrabias espantoso.

-¿Qué tal con Trump?

-No me hable de Trump. Cada vez que leo la prensa allí, me sube la tensión. Es lo peor que le ha podido pasar al país.

-Defínase en pocas palabras.

-Viejo, no resabiado y honesto.

-¿De qué se arrepiente?

-De muchas cosas. Si volviera a vivir la vida dedicaría más tiempo a mis hijos. No tengo memorias de mis hijos hasta que el mayor tuvo 12 años.

-¿Le han pasado factura?

-Sí y no, porque creo que en el fondo lo entienden.

-¿Toda aquella dedicación valió la pena?

-No. No creo que sea tan importante. ¿Para qué ha servido escribir 140 trabajos? La mitad ya están obsoletos.

-¿La gusta bailar?

-Me gustaba mucho. Y aún me gusta. De vez en cuando bailo un tango.

-Dígame una canción.

-Un bolero cubano. Perfidia, por ejemplo.

-¿Qué es lo más importante en la vida?

-La familia.

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