Abuelos al pie del cañón
Sociedad
Para ellos no existe Benidorm, Imserso, ni tiempo libre. La única preocupación que tienen estos mayores es la de cuidar a sus nietos y hacerlo lo mejor posible
03 Jan 2017. Actualizado a las 05:00 h.
Son abuelos, tíos abuelos, tíos abuelos segundos, tíos bisabuelos... Algunos hasta dudan del tipo de parentesco que les une a los niños que tienen a su cargo. Están siempre al pie del cañón pero, sobre todo, tienen ganas de sacar adelante a sus nietos, sobrinos nietos y sobrinos bisnietos. Da igual cómo les llamen. Muchos hacen el esfuerzo simplemente por ayudar a conciliar la vida familiar y laboral de sus vástagos. Otros, para atenuar los dramas familiares que hay detrás de cada criatura. Paro, drogas, cárcel... No se consideran superabuelos, porque a veces se sienten agotados y están a punto de tirar la toalla.
Son sencillamente abuelos y se conocieron en los cursos de formación impartidos por Cruz Roja en las siete grandes ciudades gallegas. Un grupo de Vigo se reunió aprovechando las fiestas navideñas para cambiar impresiones y comentar cómo les ha ido al pasar de la teoría a la práctica.
Mari Carmen Bernárdez reconoce que ahora, desde que hizo el curso, cada vez que se pone nerviosa con sus nietas de ocho y trece años se lo piensa. «Me excito enseguida y me pongo nerviosa, entonces procuro conservar la calma y manejar la situación. Así vamos tirando», comenta esta viguesa de 82 años, que sufre por ver a su hija separada y sin trabajo. Tiene vacaciones en multipropiedad, pero como si no existieran. Hace catorce años que no puede disfrutarlas. Tampoco sabe lo que significan los viajes del Imserso.
María González lo tiene muy claro: «Si no fuera por los abuelos, habría una guerra; las administraciones descargan demasiadas cosas en nosotros». El día 9 hace 83 años y es tía bisabuela. Ella, que es soltera, y su hermana de 89 años viuda, tienen a su cargo al hijo de una sobrina de 14 años. «A veces me pregunta qué pasará cuando yo me muera y le digo que no se preocupe, que he firmado un papel por cien años», comenta. Como la abuela anterior, reconoce que a veces pierde la calma y que el curso de Cruz Roja le ha hecho recapacitar. «Con un litro de vinagre no se caza una mosca, pero con una gota de azúcar vienen muchas moscas a comer», apunta. El sentido del humor le ha dado sus frutos: «Antes, cuando no hacía la cama le reñía. Ahora le digo: 'me parece bien que no la hagas, pero mejor juntas dos alfombras, pones una encima de la otra y te metes en medio. Así no tocas la cama para nada' y se ríe». Por las buenas consigue más que por las malas. «Como pesaba 91 kilos, ahora le controlamos y comemos en platos de postre. Quiero que coma de todo, pero poquito. Comer para vivir, no vivir para comer», indica convencida. También echa una mano a otros dos niños de una sobrina nieta.
José Torreiro y su mujer ayudan a su hija en el cuidado de la nieta de siete años. Si se apuntó al curso de Cruz Roja fue para mejorar en todo lo que tenga que ver con la enseñanza y la educación de su nieta. Está convencido de que la abuela la protege en exceso y procura recordárselo para no caer en el error. Cree que tan malo es eso como dejarlos totalmente a su aire. «A medida que crecen hay que ir responsabilizándoles. Los niños aprenden todo lo que se les enseña y muchos errores son de los mayores, padres y abuelos, porque no tienen tiempo. Ellos van a pagar ese desorden», comenta. Sabe que con los niños hay que ser optimistas y realistas. «Cuando se está en el camino no importa lo que haya que hacer. Lo malo es cuando no se está en el camino», dice
Julia Méndez es la más joven del grupo. Tiene 70 años, es viuda y cuida de dos nietos de 5 y 9 años. Su tarea se centra en llevar los al colegio y recogerlos. Lo mismo que hace con las actividades. Suelen comer todos juntos en una casa u otra. Un constante trajín que la mantiene ocupada. «Además de tener más calma, con el curso aprendí que es necesario dejar algún tiempo para nosotras», comenta.