El viejo
Sociedad
29 Nov 2005. Actualizado a las 06:00 h.
EL FRÍO aprieta. Medianoche. Un viejo se mira al espejo de una pensión. En su pelo y en su barba larga casi no hay sitio para más canas. Gana cuatro perras en las esquinas desangrando las notas de una guitarra. Va tirando. Pero será que hoy está helado. O cansado. O asqueado. Ha decidido tirar la toalla. No habrá más calle. Ni música. Ni nada. Apostó y perdió. Fácil. El viejo mira desde su ventana. Aceras mojadas por lagrimones de lluvia. El viento es fuerte y perro. De espaldas, escucha como el televisor ladra las noticias. Las pateras vuelven a convertirse en ataúdes. El asfalto continúa con su salvaje cosecha de almas. Los políticos parecen hooligans. Los grandes futbolistas ya tienen oro en sus botas y portadas en revistas del corazón... El viejo suspira sin despegarse del cristal. De repente, una pareja rompe el vacío de la calle mojada. Tienen prisa. Lloran y ríen. Todo al mismo tiempo. Los dos posan las manos en el vientre de ella. En su embarazo. Un taxi aparece raudo. Suben como un disparo. Rumbo al hospital. Y el viejo piensa que va a suceder un milagro. Por mucho que llueva. Por mucho que azote el viento. Por mucho que le encabrone a uno el telediario. Y se separa del cristal con una media sonrisa. Ya no tiene tanto frío. Ya no quiere tirar la toalla. Mañana saldrá otra vez. Con su guitarra. Porque el mundo gira. Siempre. Y vale la pena bailar con él. Apostar otra vez. A pesar de todo.