La Voz de Galicia

María Lionza

Sociedad

JUAN C. MARTÍNEZ

MEDIO FERRADO

16 Nov 2003. Actualizado a las 06:00 h.

EN CARACAS se debate hoy sobre el traslado de una estatua, la de María Lionza, diosa venezolana del amor y de la fecundidad. ¿Y qué tiene que ver con nosotros, gallegos, europeos periféricos, resfriados, aborrascados y recién deschapapoteados? No mucho, la verdad. Pero una María Lionza de proporciones menos exuberantes se eleva sobre el monumento a Curros Enríquez, obra de Asorey, en A Coruna. Y aquí también ha habido debate sobre el traslado de una gran estatua (bueno, un mínimo debate). Comparando nuestros monumentos, tan visigodos muchos de ellos, dedicados a notables matarifes, con el caraqueño, hay que reconocer que llevamos mucho atraso en esto del culto a la personalidad. María Lionza era la referencia de los jóvenes venezolanos cuando se trataba de calificar con sobresaliente a una bella que pasaba: «¡Mi madre! ¡Cómo está, las tiene que ni María Lionza!». La diosa mestiza preside desde los anos 50 la avenida del Este, por debajo de la Universidad Central, según va uno del centro hacia Sábana Grande. Desnuda (aunque casi siempre cubierta de las flores que le dedican sus adoradores), montada sobre un tapir, la atlética caribeña está erguida, con los brazos en alto. Casi tan al cielo como sus brazos apuntan sus pechos extraordinarios, de esos en revolución permanente contra la ley de la gravedad que tanto nos pesa. En las manos no sostiene un arma ni la cabeza de ningún enemigo, como nuestros espadones monumentales, sino una pelvis femenina, el armazón de ese laboratorio donde una y otra vez se produce el milagro y surge la vida, en todas partes hermosa, apabullante en Venezuela. Eso son monumentos.


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