RÚA DAS AMEAS
Santiago
ALEJANDRO KIOPAVICH MI CALLE
30 Oct 2001. Actualizado a las 06:00 h.
Hay como un trasiego de siglos en los vapores de sus amanececeres, y el mar parece oirse un poco más abajo. El mar aquel de Compostela, el puerto al que llegó la barca que le vio nacer está allí. Yo lo siento envolvente en el trasiego de los rostros rojos y somnolientos de todos sus marineros en tierra: en el húmedo repartidor de chocolate, en el vendedor de sueños sabor vainilla, en las zapatillas que esperan entrar en buen pie, en la pescantina de perfumada brea, en el viajero presto a la aventura que llevará al fin de la tierra, en el vendedor de horrores cotidanos, en el escrutador ojo del besugo, en los frescos aspavientos de las mujeres aguerridas y dulces, en la paz de las vaporosas pipas, en las artesanas frentes surcadas por el estremecedor encabalgamiento de siglos, en los náufragos de sus noches, en los huérfanos de sus húmedos sueños, en los que siguen soñando despiertos y los que despiertan sin sueños, en sus vigilantes policías, en ti y en mí. La rúa das Ameas no es el puerto de Santiago sólo si tú no portas un náufrago sentimiento en tu corazón de marino exiliado. Allí, un día, intentando quitar con piel el frío, desperté a la humillación. Qué importa a un marinero en tierra. Eternamente, mil veces muerto, volveré a sus amaneceres marinos. redac.santiago@lavoz.com