Daniel, el armenio
Relatos de Verán
16 Aug 2019. Actualizado a las 05:00 h.
Narsés llegó a Compostela un dia lluvioso, en noviembre, como cuando salió de Armenia dos años antes. Se hospedó en la posada La Oca en la calle de los Franceses. La catedral todavía estaba en obras, le llamó la atención la gente que llenaba las naves, el sudor, el sufrimiento, las llagas, los escupitajos, la podredumbre de algunos cuerpos y miradas, el ruido desenfrenado que hacían todos.
Se fijó en el coro de piedra delante del altar mayor. Parecía una fiesta, los personajes hablaban unos con otros, tenían un montón de posturas, se salían del marco. Pidió conocer al Maestro Mateo. El maestro le dijo que quería hacer un gran Pórtico que fuera la puerta de las puertas. Había construido una cripta debajo para sustentarlo con arquerías acabadas en punta como se hacían en el norte de Francia. Encima pondría el Pórtico que sería una fiesta, con Cristo recibiendo a todos con mirada acogedora. En la parte baja, habría un hombre con la boca muy abierta recogiendo todo el aliento del mundo. Y unos monstruos que expresarían la energía sin límites, sujetarían toda la escena.
El maestro tomaba apuntes de un grupo de músicos que ensayaban en el claustro. Una noche, Narsés se quedó solo delante de los rostros audaces que se asomaban en los bloques de piedra. Sintió el sonido de las olas en el lago Sevan, las palabras de la dama Ernesta que lo protegía, los brillos de las campánulas que miraba cuando era muy niño. De pronto, le llegó una alegría salvaje, misteriosa, incontenible. Se rio de una forma desenfrenada. El Maestro Mateo lo vio y se puso a tallarlo como su profeta Daniel.
Antonio Costa Gómez, filólogo, 63 años, Salamanca.