La Voz de Galicia

La última canción

Ourense

Isaac Pedrouzo

28 Oct 2017. Actualizado a las 12:43 h.

Algunas veces no hay manera de decir adiós. Sobre todo cuando los bares cierran, se encienden las luces y ni siquiera la canción de premio de una máquina tragaperras sería capaz de animarte de nuevo. Nadie ha hecho una canción para eso. Tampoco una para mí.

La última canción es importante porque quizás no siempre recuerdes las palabras exactas, o tengas que esforzarte en visualizar en tu cabeza la cara ebria de la otra persona. La última canción del disco, de un concierto, la que suena en el adiós del final de la película. Esa canción.

Todos los bares que me gustaban habían decidido cual sería su canción en cada cierre. El Patio Andaluz te echaba con la voz ronca de What a Wonderful World, la Esquina subía el volumen con los gritos de un Bono que todavía llegaba glorioso e impasible a las notas de Bad, el Trolebús corría ingenuos riesgos adolescentes con Dame estrellas o limones y el Rock Club dejaba la tarea a ilustres del cancionero como Henry Mancini.

En el resto siempre sonaban Princesa o New York, New York. Obviedades sin peligro, emoción ni sorpresa.

Por mantenerme a la altura estudié durante días como tratar de escoger la canción perfecta para cerrar el bar donde trabajaba. Tendría que ser conocida pero no manida. Lenta sin ser triste. Necesitaba una canción moderna, moderada, que dejase el paladar como el café de la mañana, como el primer sexo, la sensación de querer repetir y al mismo tiempo adivinarse saciado. La presión de escoger cuando a mí lo que de verdad se me da bien es ser escogido.

Esa actitud pasiva carente de certeza.

Decidí que Karma Police de Radiohead -en aquel lejano año incendiario- todavía no se había convertido en una vieja gloria que camina a trompicones y bandazos hacia el retiro del final de su carrera. Era suficiente para mí: épica, de una era nueva y con un inglés sonoro en la medida justa para poder inventarse la letra y pasar desapercibido vocalizando muecas.

Se acercaba parsimoniosa la hora del cierre del viernes típico de cada Diciembre, el momento de poner la última canción, mi última canción, mi adiós.

La victoria fue memorable. Lenta sin ser triste, moderna, épica.

Terminó y, un segundo antes de encender las luces, escuchamos como desde el baño los gemidos, las acometidas y afirmaciones a Dios que actúan de banda sonora del amor nocturno, llenaban el bar tanto como las agonías de Thom Yorke. Corrí raudo de nuevo al reproductor de cedé y pulsé el botón de «siguiente» esperanzado en maquillar el ruido de la pasión pasajera y exagerada que provenía del lavabo. Pero, como si de la venganza personal de un antiguo enemigo se tratase, sonó Amor de hombre. La ovación en forma de griterío se volvió insoportable, sobre todo cuando la pareja terminó con la tarea y la puerta se abrió. Desde aquel viernes típico de diciembre, y durante muchos meses, el público decidió que mi adiós sonaría en las voces de Mocedades.


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