El amigo de Severo Ochoa y Lorca
Ourense
El que fue médico de muchos barquenses, Gonzalo Gurriarán, tenía un importante currículo profesional y personal antes de la guerra civil
24 Mar 2014. Actualizado a las 14:26 h.
En la clínica de la calle Manuel Quiroga, Gonzalo Gurriarán (O Barco 1904-Igualada, Cataluña 1975) operó hernias, apendicitis, tumores menores, traumas... Formó (o forma) parte de la historia clínica de cientos de barquenses, valdeorreses e incluso bercianos que hicieron de O Barco el lugar al que acudir al médico. Su buen hacer con el bisturí provocó una fama entre los pacientes, que fueron aumentando en número con rapidez desde que abrió su sanatorio en 1939.
Era la vuelta a casa, y la única vuelta posible, para Gurriarán, al que habían abierto un expediente de depuración tras la guerra civil. Le castigaron confinándolo a Valdeorras, truncando así una carrera profesional en ascenso que ya había logrado éxitos profesionales en Madrid y Estrasburgo. Gurriarán, hijo de una familia adinerada, llegó a la capital del Estado después de haber rematado el bachillerato en Cataluña y haber hecho el curso preparatorio de medicina en Valladolid. Ya en Madrid, entra en la Residencia de Estudiantes, donde comparte pasillos, conversaciones y amistad con el poeta Federico García Lorca o el después premio Nobel de Medicina Severo Ochoa. Un ambiente liberal, de cambio, donde conoce también a Juan Negrín, más tarde presidente del Gobierno en la Segunda República (hacia quien no esconde su admiración, y al que une una gran amistad) y donde estudia bajo las órdenes de Teófilo Hernando, que había sido discípulo de Ramón y Cajal. Viaja después a formarse a Estrasburgo, desde donde publica varios trabajos científicos. Allí le llega la noticia de haber logrado, en 1932, el premio de investigación Rodríguez Abaytua, de la Academia Nacional de Medicina, que recibiría también dos años más tarde, ya de regreso en Madrid.
Formaba parte del grupo de nuevos médicos interesados en la investigación, en una búsqueda por mejorar las técnicas existentes. Su trabajo estaba centrado en el aparato digestivo y la cirugía a él asociado; y sus descubrimientos todavía tienen vigencia hoy en día para los que padecen del estómago.
La de Gonzalo Gurriarán era una carrera en ascenso. Tal es así que muchos, al nombrarle, recuerdan en la misma frase a su compañero Severo Ochoa con la intención de equipararles. ¿Quién sabe si hubiese conseguido un Nobel si hubiese seguido investigando en Madrid?
El club Peña Trevinca
Eso ya nunca será. Ni se sabrá. Estalló la guerra civil y Gonzalo se escondió en Valdeorras, pero pronto decidió unirse al frente, sin militarizar. Trabajó como médico y cirujano durante la contienda, y a su remate, le tocó volver a casa. Se cuenta en su biografía, que escribió su hijo Ricardo a base de documentarse y leyéndose las más de 5.000 cartas que guardaba su padre (ya que el pasado no formaba parte de las conversaciones familiares), que terminó por gustarle la vida que le había tocado.
La vuelta no fue fácil. La falta de vida social -apenas reducida a la familia- hicieron que encontrase en las montañas (afición que ya traía de su tiempo en Madrid) un lugar en el que relajarse y en el que ser libre.También, a veces, en el que curar a los maquis.
Pero cansado de tanta soledad, en 1944 impulsó la creación del club Peña Trevinca, todavía vivo y con gran actividad. A su empecinamiento personal -varios datos de su biografía demuestran eso de «el que la sigue la consigue»- se debe que exista el refugio de Fonte da Cova.