Amor y Capote
Ourense
02 Dec 2009. Actualizado a las 02:00 h.
Firmas inmortales. Personas discriminadas y abandonadas en sus días finales. Eduardo Blanco Amor y Truman Capote compartieron vidas paralelas más allá de sus respectivas muertes. Hijos de familias humildes, ambos se hicieron a ellos mismos con los únicos y meritorios argumentos del interés y el talento innato. Un intelecto que los acercó a la élite social e intelectual del momento, siendo la jet del papel cuché la más reaccionaria, al negarles a ambos un hueco que por cuna no habían heredado y en donde su condición de homosexuales siempre jugó en contra. Blanco Amor se crió en una capital de provincia con el lastre social que supone el abandono paternal, siendo Capote el que aprendió a escribir para mitigar el aislamiento de su infancia en una granja del sur americano. Dandis y orgullosos -con rasgos narcisistas-, ante un rechazo que no comprendían, ambos fallecieron -al contrario que su obra y personalidad, hoy mitificadas-, sin el reconocimiento que les hubiese gustado sentir en vida. Existencias que, en ambos casos, se apagaron en la precariedad de una soledad que al ourensano le hizo reconocer poco antes que «soy como un muñeco de hojalata al que se le acaba la cuerda».