La Luna, moneda de plata
Opinión
19 Apr 2026. Actualizado a las 11:51 h.
La Luna la crearon los poetas. Es la moneda de plata que un vate lleva en el bolsillo del chaleco, en el que no lleva su reloj de leontina. La Luna es de los poetas románticos y la conquistó primero la ficción. Jules Verne puso rumbo al satélite terrestre con dos libros en 1865 y en 1870. Asombrosa, como en otras ocasiones, la capacidad del francés Verne de anticipación. Clavó algunos aspectos que luego se hicieron reales con el Apollo 11, un siglo después. Verne mete en el proyectil de forma cónica a tres tripulantes. Tres fueron los que viajaron cien años más tarde. La cápsula de la Nasa también era cónica. Verne los pone en órbita desde Florida. Y los trae de vuelta al océano Pacífico, igualiño que el Apollo 11. En 1902, Georges Méliès hace su película muda sobre los libros de Verne. Y crea esa imagen poderosa del cohete clavado en el ojo de la luna. Ramón Gómez de la Serna mojó en el polvo de estrellas sus greguerías hasta en tres ocasiones: «La Luna es un banco de metáforas arruinado. La Luna es una farmacia de turno en la soledad de los campos. La Luna es el ojo de buey del barco de la noche». La primera y la tercera, muy hermosas. No fue el único. Es muy famosa la definición de los humanos atribuida a Confucio y que se apoya en la Luna: «Cuando el sabio señala la Luna, el necio mira al dedo». La Luna es del aullido de los lobos. Crece y decrece. Maneja las mareas. Es un icono único. Así que nos ha fascinado la misión Artemis 2. Otro clásico dijo que la Luna es como los seres humanos, todos tenemos nuestro lado oscuro. Lorca se llevaba muy bien con el satélite. Casi la tenía por flor en su ojal, antes de que los fascistas le hicieran otros ojales con su miserable munición robándole la vida, la poesía y el teatro. El cómic también pisó la Luna antes que Armstrong. Lo hizo Hergé con dos tebeos. Objetivo: la Luna y Aterrizaje en la Luna. Corrían los años 1953 y 1954. Antes ya lo había publicado en el serial Tintín (1950). Todos tenemos en la memoria el cohete con cuadros rojos y blancos, como si estuviese tapizado por un mantel del típico restaurante italiano. Igual que Verne, Hergé (su nombre artístico viene de la pronunciación de sus iniciales al revés) acertó en muchos aspectos. Tintín emplea la palabra «paso» al tocar el suelo del satélite, igual que Armstrong y su «paso para la humanidad». Ahora, los dos libros de Hergé se pueden conseguir en un solo volumen titulado Tintín en la Luna. Son fascinantes. Es un regalo estupendo para intentar que sus hijos dejen por unas horas las pantallas aprovechando la estela de la nave Artemis 2. Están Haddock y sus improperios, hay una operación de espionaje entre Sildavia y Borduria. Es más clave que nunca el profesor Tornasol. Una auténtica gozada. Hergé clavó la ausencia de gravedad y su efecto, nada menos que en el güisqui del capitán Haddock. Dibujó como nadie esta manera de flotar, la ingravidez. No se trata de quitarle todo el mérito a la ciencia y a los investigadores, que son los que lo tienen. Pero la Luna ha sido cazada de mil maneras. Y una vez más ver la tierra desde arriba nos ha servido para darnos cuenta de lo poca cosa que somos. Un planeta con forma de balón de fútbol, algo deshinchado por los polos.