La Voz de Galicia

Irritables

Opinión

Luis Ferrer i balsebre

09 Feb 2026. Actualizado a las 05:00 h.

Parece que nos hemos desayunado todos con un tazón de ortigas. Salir hoy a la calle, cruzar la mirada con el prójimo o, peor aún, asomarse al balcón digital de las redes sociales, es asistir a una coreografía de colmillos fuera, hiperventilación y pupilas dilatadas. La humanidad padece una suerte de hiperestesia colectiva, nos duele el aire, nos molesta el roce de la opinión ajena y cualquier nimiedad actúa como el percutor de un polvorín que no sabíamos que llevábamos encima.

 Por mi profesión, uno está acostumbrado a que el delirio tenga un orden, pero lo de ahora es un caos de baja intensidad. No es que estemos locos, es que estamos irritables e irritados, que es ese estado intermedio donde la inteligencia se nubla para dejar paso al sistema emocional más primario. Vivimos en la era de la inmediatez, y la espera se ha convertido en una afrenta personal. Si el semáforo tarda tres segundos más en ponerse verde, el de atrás pita con la desesperación de quien ve naufragar su vida. Hemos perdido la capacidad de metabolizar el silencio y la paciencia, esa virtud que antaño nos distinguía de las bestias y de los niños malcriados.

Estamos drogados, pero con una droga endógena y amarga: el cortisol, que es el aderezo del estrés. El estrés crónico ha dejado de ser una respuesta de supervivencia para convertirse en nuestro estado basal. La gente no camina, embiste; no habla, no escucha, atropella. Se nota en la clínica, donde el paciente ya no viene a saber cuál es el motivo de su malestar, sino a exigir una reparación inmediata de su bienestar.

Esa piel fina, esa ofensa permanente por el «micromachismo», la «macroagresión» y todos los «ismos» que han colapsado el ágora pública, no es más que el síntoma de una fragilidad narcisista galopante. Nos hemos creído el centro del universo y, claro, cuando el cosmos no orbita a nuestro gusto nos da el berrinche. La irritabilidad es, en el fondo, el sarpullido del alma cuando se siente invadida por un mundo que no comprende. ¿El remedio? Quizás menos pantallas y más asfalto mojado. Menos autorreferencia y más mirada hacia fuera. Necesitamos con urgencia recuperar el humor, que es el único desinfectante capaz de limpiar la costra de la soberbia. El que no es capaz de reírse de su propia crispación está condenado a vivir en una trinchera emocional, solo y enfadado con las nubes. La irritabilidad suele ser el síntoma prodrómico de las depresiones. Bajen las revoluciones, paren la moto. Escuchen su propio cansancio antes de proyectarlo sobre el camarero, la familia o los amigos. Al final del día, tanta bilis no es más que miedo disfrazado de importancia con sabor a cortisol.


Comentar