Gente corriente
Opinión
02 Oct 2024. Actualizado a las 05:00 h.
Hoy es la fiesta de los Ángeles Custodios en el calendario litúrgico y la fiesta de la Policía en el calendario civil —a quienes deseo agradecer su servicio y trabajo—, y también se conmemora el aniversario de la fundación del Opus Dei. En esta fecha, san Josemaría recibió la revelación que le hizo emprender este camino de encuentro con Dios en lo más común y cotidiano y proponerlo a millones de personas que siguen de una u otra manera este mensaje renovador que alienta su compromiso. Una llamada que cambia la vida y la envuelve de un tono distinto, sin alejarte del espacio natural que ocupas, descubriendo la mano de Dios en las realidades diarias.
El papa Francisco no deja de animar a los miembros, cooperadores y amigos de la Obra para que trabajen en las periferias que pueblan el mundo, que también incluye hacer presente a Dios en el inmenso panorama del trabajo. Se trata de llevar a todos los rincones el mensaje del Evangelio, empezando por nuestros iguales, en lugares tan variados como los de la experiencia real: la fábrica, el comercio, el campo, el pupitre, la oficina, la familia y los hijos, la calle; en definitiva, en el entorno vital de cada uno.
La composición del Opus Dei responde muy adecuadamente a la sociedad en la que se inserta y a la que sirve. Somos personas como los demás, conscientes de tener una vocación basada en la libre respuesta para seguir la llamada del maestro, confiados en su gracia. Gente ordinaria, del común, de la puerta de al lado, corriente y moliente. Seguro que los lectores conocen a uno y tal vez a varios miembros de la Obra en su entorno. Con errores, como todo el mundo, pero con la actitud de rectificar si es el caso; con el deseo de ofrecer buen ánimo y de recorrer con todos los caminos divinos de la Tierra; con respeto a la libertad ajena y celosos de la propia.
Nuestra llamada nos impele a santificar lo de todos los días, lo que distingue la normalidad de cada jornada. Sin aspavientos, ni búsqueda de otra significación que no sea una santidad escondida y silenciosa. La misma que practicó la sagrada familia de Nazaret. Es un mensaje milenario que no pierde actualidad, pues nos dignifica como individuos irrepetibles y únicos ante Dios y ante los demás.