El talento en los genes
Opinión
17 Jul 2019. Actualizado a las 05:00 h.
Al socaire de la recurrente controversia que generan los transgénicos, creemos ilustrativo glosar la figura del eximio ingeniero genético Alan Stoundberg. Su intelecto preclaro se manifestó con precocidad cuando a poco de entrar en la universidad aplicó la biotecnología con el fin de crear una zanahoria específica para servir de nariz a los muñecos de nieve, que comercializó con notable éxito, especialmente las zanahorias respingonas y las aguileñas. Y, ante la problemática de las plagas de insectos en los cereales, de su laboratorio salió un maíz con propiedades insecticidas: una de sus hojas tomaba la forma de una mano, la cual blandía una pala matamoscas que manejaba con singular pericia, no dejando vivos ni una langosta ni un gorgojo. Además, este maíz profería unos desgarradores alaridos que ahuyentaban a los cuervos, volviendo innecesaria la instalación de espantapájaros. La única pega estribaba en que, empleados sus granos para hacer palomitas, provocaban tales explosiones que más que el interés de la industria culinaria despertaron el de las fábricas de armamento. Tras algunos moderados éxitos, como un ajo tolerable por vampiros amantes de la ajada y el pollo al ajillo, le acaeció el estrepitoso fracaso de los tomates cherry gigantes.
La bermeja hortaliza llegó a constituir una verdadera obsesión para Stoundberg. Atraído por el mundo de los tomates larga vida, los cuales aguantan mucho tiempo frescos, sacó al mercado unos tan duraderos que hubo casos de hijos que los recibieron de sus padres en herencia. Aunque sin duda los más recordados son unos que destinó a servir de arma arrojadiza en los espectáculos teatrales y musicales (¡también es ser malaúva!). En caso de que el tomate en cuestión errase el objetivo, y luego de trazar una elegante parábola, retornaba a las manos del lanzador propiciando así una nueva oportunidad. El proyecto no logró cuajar porque los desperdicios del susodicho tomate regresaban a la mano cuando se tiraban al contenedor de orgánicos. Tampoco gozó de mucho recorrido su idea de una tomatera de gran porte que llegase cerca del Sol y que daría el tomate ya frito.
Estos sinsabores ocasionaron que abandonara el ámbito de lo estrictamente vegetal para incorporar también la modificación genética en animales. De este modo, creó una gallina con la temperatura corporal tan alta que ponía los huevos ya cocidos. Y, llegado el momento, al bípedo plume le sobrevenía una fiebre que, con la simple subida de unos cuatro grados centígrados, quedaba asado por combustión espontánea y listo para ser paladeado.
Los enemigos de Stoundberg sostenían que se había insertado a sí mismo genes de pez y de ave, y de ahí que fuese un merluzo y un cabeza de chorlito.