La Voz de Galicia

Todos los carnavales, el mismo carnaval

Opinión

Manuel Mandianes Antropólogo y escritor

02 Mar 2019. Actualizado a las 05:00 h.

El carnaval es una fiesta que el pueblo se concede a sí mismo. Una agitación y un ruido infernal, ambiente de permisividad. Modos de comportamiento tan alocado que, a veces, rayan lo irracional. A no ser la violencia, casi todo está permitido. Una multitud de máscaras en la calle, el carnaval es un teatro viviente. Son los días en que las locuras están permitidas públicamente; aún las personas más circunspectas abandonan su seriedad. Humor, agudeza, borracheras, extravagancias y con demasiada frecuencia grosería llenas las calles de muchos pueblos y muchas ciudades. Las celebraciones del carnaval mantienen, al menos, en cierto grado, la libertad inicial y original, y se vuelven contra todo tipo de autoridad civil, religiosa, política. Buena parte de las comparsas tienen un marcado tono crítico, sarcástico y mordaz.

 Por definición un enmascarado es un revenant, un habitante del otro mundo que vuelve y, por eso, disfruta de una libertad que no tienen los habitantes de este mundo. De ahí, además, el total anonimato de los disfrazados. Está prohibido tocar y mucho más atacar las máscaras. Por ejemplo, está completamente prohibido despojar a un peliqueiro de su vergajo y a una pantalla de su vejiga. Y mucho menos descubrirlos o quitarles las máscaras. Nadie conoce a los del otro mundo, aunque vuelvan a visitarnos. El carnaval rompe con las formas típicas de la vida social, con los hábitos cotidianos que identifican al grupo y al individuo que se disuelve en el acontecer colectivo, y se olvida del mundo; libera de los dioses que hay que respetar, de las leyes que hay que cumplir, de las virtudes y de los protocolos que hay que practicar todos los días.

 Todos los carnavales son el mismo carnaval, aunque en cada lugar, en cada pueblo la actualización y realización del carnaval se tiña y disfrace de máscaras, vestidos y cosas diferentes. La profundidad del carnaval no puede entenderse sino más allá de los detalles o accidentes de cada manifestación carnavalesca. Estos días son un instrumento para que las personas se expresen a sí mismas. En realidad, no son los pueblos los crean el carnaval sino el carnaval el que moviliza a los pueblos. El carnaval es la personificación de esa fuerza desconocida que no tiene nombre, la expresión de un deseo sin límite, un universo sin reglas anterior a la conciencia y a la capacidad de arbitrio. El lado oscuro que no tiene rostro, que no aparece en cuanto tal en ningún sitio ni nunca, lo domina todo y hace que cada yo no sea uno sino varios.

El origen histórico del carnaval es muy lejano tanto en el tiempo como en el espacio. Es una fiesta de libertad, de licencia, desenfreno, unas «saturnales modernas» que, muchas veces, acaba en aturdimiento. «El mayor placer seduce plenamente cuando roza el peligro de modo que goce en su proximidad de una voluptuosidad a la vez angustiosa y dulce», escribió Goethe.


Comentar