La Voz de Galicia

Acentos

Opinión

Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

16 Dec 2018. Actualizado a las 12:44 h.

Era yo un niño. Vino al colegio un chaval nuevo, procedente de alguna ciudad de Castilla, no recuerdo cuál. Hacíamos corro en torno a él y le pedíamos que hablase, sin más. Nos encantaba escuchar su acento. «Fala como na tele!», decíamos. Por la misma época fui a Madrid con mi padre. El dependiente de una gasolinera le preguntó «¿Lleno?» y mi padre respondió solamente «sí». «Gallego, ¿eh?», repuso inmediatamente el gasolinero -mi padre tenía acento hasta cuando callaba-. Me encantaban estas cosas. Los acentos eran una parte de la fisonomía de la persona. Al fin y al cabo, son una herencia. Dicen mucho, cuentan una historia. Como en el Pigmalión de G. B. Shaw, que estudiábamos en clase de inglés, y en el que el protagonista, el huraño profesor Higgins, era capaz de contar la vida entera de cualquiera simplemente escuchando su deje. «Usted ha estado en Cheltenham, Harrow, Cambridge y la India... Puedo localizar a cualquier persona en un radio de seis millas. De dos millas en Londres. A veces en el radio de dos calles».

A lo largo de la vida he encontrado otros profesores Higgins vocacionales, personas con oído de músicos para el lenguaje. Como aquel taxista en Coruña que, tan solo oyéndome decir «Léveme á estación do tren», me dijo: «...Usté é da zona de Meira». «E vostede da de Corcubión», pensé yo, porque también he hecho mis pinitos. Es una pequeña afición que tengo, esta de estudiar los acentos y fijarme en ellos. En casa tengo el manual para actores de Blumenfeld, que enseña a reconocer e imitar centenares de acentos diferentes. Con los años y la práctica he podido distinguir no ya el acento escocés, sino el de un escocés de Edimburgo de otro de Glasgow o las Tierras Altas, a un bergamasco de un veneciano, a un vienés de un berlinés. No diferencio el porteño del uruguayo, pero siempre que lo oigo aventuro «¿uruguayo?», porque, aunque tengo la ley de probabilidades en contra, si acierto los uruguayos se ponen siempre muy contentos. El acento, si se lleva con orgullo, es un regalo.

Me acuerdo de esto por esa tonta polémica que ha habido hace poco en Francia respecto a los acentos, y que ahora ha vuelto a surgir. Al líder de la izquierda radical, Jean-Luc Mélenchon, le dio por burlarse de la pronunciación de una periodista occitana -la de los poetas provenzales, nada menos, de Jaufré Rudel y Guillermo de Aquitania-. Luego escuché a Mélenchon disculparse torpemente, pero no presté mucha atención. Estaba distraído por su acento. Me imaginaba al profesor Higgins diciendo: «Abuelos murciano y valenciano, padres argelinos, nacido en Tánger; y luego Normandía, Besançon, Ille de France...»

Mélenchon demostró ser un elitista, pero luego resultó que una diputada de la mayoría gubernamental, Laetitia Avia, propuso que lo que ella llama «delito de glotofobia» (burlarse de un acento) se castigue penalmente. O sea, otra vez el prohibicionismo como solución para todo; otra vez el humor como crimen, aunque sea un humor sin gracia. No es así como se enseña a apreciar las cosas, y, de hecho, Laetitia Avia, que, por lo que ella dice, ha cambiado su hermoso acento togolés por el parisino, es en sí misma, paradójicamente, la encarnación del rechazo a los acentos. Lo que hay que hacer con ellos es amarlos, no judicializarlos. Así uno no hace burla de ellos, como Mélenchon, pero tampoco se ofende por las burlas, como Avia; porque a veces ofenderse es como una manera disimulada de avergonzarse. Y un acento, que es la música de nuestra infancia, el rastro de nuestros vecinos y la parte de nosotros que, como un poso, queda en lo que decimos, no es algo de lo que haya que avergonzarse nunca.

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