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Borracho tú

La Voz de Galicia

Pasa por delante del televisor y ve a un grupo de japoneses que jalean: «¡Fernando Torres, lo, lo, lo, lo, lo, lo!»; y, de inmediato, a un cortejo de italianos que están encantados con llevarse a Ronaldo, quien besará el escudo del país que engorde con beneficios fiscales su cuenta corriente. Ya en la calle ve pasar a una mujer con un pañuelo con olor a cáncer y, dos minutos después, a una madre que tira de una silla con un chaval de 12 o 13 años con parálisis cerebral; iba pensativa, quizá diseñando cómo dejará atado el futuro de su hijo cuando ella no esté.

«Así es la vida», piensa el protagonista de este artículo. Dura para unos y dulce para otros. En el medio, una clase política que decide por todos, y que la experiencia hace adivinar que serán los lobbies de los más poderosos los que acaben inclinando la balanza. 

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Injusto, sí, pero real. Así que solo le queda aquello de ajo y agua, por lo que tantas veces pasó. Los mandatarios y sus séquitos -¿secuaces, quizá?- no levantarán la alfombra para liberar esos olores nauseabundos, de vomitera. Hacen piña. Su empleo es multimillonario e imponen el corporativismo a pesar de que sus decisiones puedan estar regadas por un exceso de vino, vodka o ginebra.

El hombre se acuerda de Boris Yeltsin intentando pasarse, sexualmente hablando, con cualquier mujer que le tocara al lado, y también de aquel George Bush hijo, que vio la luz (a Dios) y dejó la bebida. Solo hace unos días, recordó, se aireó el gusto por el alcohol de Jean-Claude Juncker, político luxemburgués que ocupa la presidencia de la Comisión Europea, y que alegó una ciática para justificar un caminar tambaleante a modo de coctelera. A ninguno de ellos lo echaron de su puesto. A él sí; colgó su escoba y el paro lo acogió tras aquel día de borrachera.

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