El monstruo o el fracaso de la progresía
Opinión
19 Nov 2016. Actualizado a las 05:00 h.
He dicho muchas veces que soy un escritor conservador, católico y provinciano. Antes he sido de izquierdas y nacionalista. Luego vinieron los años bipartitos. Uno esperaba que fueran de miel y trigo, pero resultaron escarcha. No porque en aquel Gobierno no hubiese talento y deseos de hacer las cosas bien, sino porque BNG y PSOE nunca se entendieron en San Caetano. Desde el primer minuto hubo dos guías y ni un solo consenso fundamental para edificar otra Galicia. Hasta se repartieron los medios de comunicación públicos: para unos, la radio; para otros, la televisión. Los modos de actuar no distaban demasiado del caciquismo. En realidad, eran caciquiles. Y uno, que acababa de cumplir cuarenta años, empezó a considerar su rojerío como una majadería. Entonces comprendí mi equivocación mayúscula. Y no solo eso, tuve la osadía de escribirlo: critiqué, como siempre he hecho, lo que me parecía mal de aquel mal Gobierno. Y ahí descubrí la verdad. La única: si no eres de los nuestros (os nosos), ni pan ni agua. Sufrí en mi piel el sectarismo más abstruso, el totalitarismo del pensamiento único, y numerosas humillaciones que no me atrevo a citar. Así, cada día me hice más conservador, y más católico, y más provinciano. Nada quiero saber de estos cínicos que dicen una cosa y hacen exactamente la contraria. Ni de los urbanitas con sabor a marea. Esos que predican amor y libertad, pero solo hablan de su libertad y de su amor por los conmilitones. Qué triste, me dije. Odian todo lo que no se parezca a ellos.
De todo lo anterior deviene el auge de los ultras en Europa y en el mundo occidental. La gente se ha cansado del cinismo, la hipocresía, y abraza los populismos más insensatos y extremos (Trump, Le Pen, Farage, Wilders, Hofer... los detesto). La gente se ha cansado de que el mundo socialdemócrata diga una cosa y haga la contraria. De que hayan dilapidado instituciones básicas para el progreso y la convivencia como la familia. De que se burlen de los católicos y de los que acudimos a misa y, sin embargo, festejen a aquellos que ejecutan homosexuales, maltratan a sus mujeres y se pasan por el forro los derechos humanos. La gente se ha cansado de que los delincuentes estén más protegidos por el sistema que las víctimas. De que quieran redimirnos de la pobreza los que viven como señoritos. La gente se ha cansado de que la disciplina y el trabajo sean penados, y se aplauda a vagos y haraganes. Cansados, también, de que la democracia sea sagrada cuando ganan y obra de «ignorantes e escravos» cuando pierden.
El monstruo del ultraderechismo, del que Galicia y España se salvan por fortuna, lo han creado las huestes de la progresía. Pese a todo, estaré con ellos contra Trump, Le Pen, Wilders... aunque no me permitan caminar a su lado: soy católico, conservador y provinciano.