¿Qué hacemos con las cenizas?
Opinión
27 Oct 2016. Actualizado a las 05:00 h.
Las primeras trazas del actuar de los humanos sobre la faz de la tierra son de enterramientos. Se puede decir que hay trazas de la existencia de los humanos desde que hay trazas de enterramientos. Los grandes monumentos de la prehistoria son prácticamente todos de enterramientos. La Iglesia, desde sus orígenes, defendió la obligación y el derecho de enterrar a los muertos, muy especialmente para tener localizados los cuerpos de los mártires, que se convirtieron pronto en reliquias muy apreciadas y su conquista motivo de grandes enfrentamientos. La Iglesia considera una obra de misericordia enterrar a los muertos.
Los enterramientos se hacían en el suelo de la propia iglesia, luego en los cementerios, porque no cabían en la iglesia, en donde se enterraban solamente las personalidades de la comunidad. Hasta no hace mucho se negaba sepultura eclesiástica a los no católicos. Ahora se obliga a los católicos a que entierren a sus muertos, aunque ya se permite quemarlos, cosa, hasta hace bien poco, prohibida. «Además del cementerio bendecido habrá, si es posible, otro lugar, cerrado también y custodiado, donde se entierren aquellos a quienes no se concede sepultura eclesiástica», dice el antiguo Código de Derecho Canónico (c. 1212).
La Iglesia trata con respeto y quiere enterrar a los muertos en tierra sagrada porque en el cuerpo habita y reside el alma, sede de la gracia santificante. El cuerpo del cristiano, a pesar de haber sido santificado por el bautismo, ser templo del Espíritu Santo y arca del cuerpo de Cristo en la comunión, se convertirá en polvo: «Polvo eres y en polvo te convertirás». Pero «la vida no termina, se transforma», dice el Canon de la misa de difuntos. Los cuerpos resucitarán y se reunirán en el valle de Josafat para ser juzgados. Los cuerpos resucitados -el alma no resucitará porque no muere- no serán algo material: «En el cielo no habrá hombres y mujeres, sino que seremos como ángeles sin distinción de sexo ni de edad ni de clase social». El cielo y el infierno no son lugares ni espacios geométricos ni geográficos, sino estados, por eso no están ni arriba ni abajo, ni a la derecha ni a la izquierda.
El avance de la costumbre de la incineración de cadáveres se debe a que mucha gente muere lejos de su lugar de origen en donde están enterrados sus seres queridos, y son mucho más fáciles de trasladar las cenizas de un cadáver que este; a que las creencias sobre el más allá no condicionan como hasta ahora la vida en el aquí; y a los precios astronómicos de las sepulturas en los cementerios. Las últimas normativas que ha dictado la Iglesia sobre enterramientos no son una cuestión doctrinal, sino normativa y de buenas costumbres que, sin duda, cambiarán con el paso del tiempo como han cambiado hasta ahora todas las normas y costumbres.
Manuel Mandianes. Antropólogo del CSIC, teólogo y escritor